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Dio media vuelta para seguir andando, pero yo no lo hice.
Me crucé de brazos, adoptando una posición de indiferencia.
—¿Cómo se llama?
—¿Quién? —preguntó, girándose con aire aborrecido.
—Tu hermana.
Frunció el ceño, claramente incómodo por la dirección que estaba tomando la conversación.
—Tienes una, ¿no? Eso le dijiste a mi guardaespaldas.
—Ni se te ocurra mencionarla.
—¿Por qué? ¿Te da miedo que descubra el monstruo que eres en realidad?
Pude ver cómo sus ojos relucían cada vez más en una ira inquietante, como si en cualquier momento fuese a estallar contra mí. Pero no me detuve, porque eso era justamente lo que pretendía que hiciese.
—¿Qué pasaría si se enterara de lo que le haces a esas pobres chicas?
Apretó los dientes con fuerza, visiblemente al borde de la explosión.
—Basta.
Mantuve mi mirada fija en él, sin inmutarme.
—¿Cuántos años tiene? ¿Es lo suficientemente mayor co-mo para aceptar que su hermano es un monstruo o lo suficientemente pequeña como para dejarle un trauma?
—¡He dicho que basta! —gritó, con los ojos llenos de furia.
Me agarró de los hombros con fuerza.
—Marlon —escuchamos al final del pasillo.
Él volteó al instante en que reconoció la inquietante voz de la directora. Estaba de pie, sosteniendo unas carpetas y unas llaves a mano.