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Quise advertirle que no era quién él creía, que le había mentido hasta con mi nombre, pero entonces se inclinó hacia mí y me besó.
Al principio no lo correspondí. Simplemente me quedé a-hí, asimilando que nuestros labios se acababan de unir. Pero lo cierto es que anhelaba ese beso tanto como él, así que lo profundicé agarrándole del cuello de su camiseta.
Fue un ardiente encuentro, un beso lleno de emociones reprimidas y deseo, como si finalmente hubiéramos liberado las barreras que nosotros mismos habíamos construido entre nosotros.
Colocó una mano en mi nuca, sus dedos acariciando suavemente mi piel y enviando señales eléctricas por todo mi cuerpo.
Sus ojos brillaban con anhelo cuando se separó de mí. Fue un beso corto, pero bastó para dejarme sin aliento. Nos miramos un breve instante, asimilando lo que acababa de pasar.
Pensé que diría algo, pero carraspeó la garganta con un gesto incierto y se puso en pie, dirigiéndose decididamente hacia la puerta. Cuando la abrió, pasó a toda velocidad junto a Beth. Ni siquiera se despidió de ella.
—¿Y a ese qué le pasa? ¿Va a perder el tren o qué? —ironizó, mirándolo con extrañeza.
Cuando Beth vio mis intenciones de levantarme, se apresuró en llegar hasta mí para ayudarme. Tenía que volver antes de que se hiciese de día y descubrieran que no estaba en mi habitación.
—¿Puedes andar?
Asentí, todavía algo aturdida.
—¿Estás bien? —me preguntó al contemplar mi rostro.
—Sí, sí.