En la línea de fuego 143
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* * *

Noté un ligero balanceo, me estaba moviendo. Parpadeé pausadamente, tratando de enfocar mi visión. Los árboles pasaban junto a mí y el viento rozaba mis brazos y piernas desnudas. Pero no tenía frío, de hecho sentía una agradable sensación de calor mientras mi cabeza seguía apoyada en un pecho firme y duro.

El cansancio se apoderó de mí, sumiéndome una vez más en la oscuridad.

* * *

Cuando abrí los ojos, ya no estaba en el bosque. Ahora me encontraba en una superficie blanda y suave. Estaba cubierta por una fina sábana, y mi antebrazo estaba protegido con u-na gasa. Al igual que la herida del pecho.

Al mirar a mi alrededor, reconocí la habitación que ya había visto en varias ocasiones. Beth estaba sentada en su cama jugando con una caja de chicles, lanzándola y atrapándola al aire de forma repetitiva y automática.

—Me sorprende que aún te queden —dije con voz pastosa.

Abrió los ojos al darse cuenta de que me había despertado y se puso en pie de golpe.

—¡Clarke! Gracias a Dios. ¿Cómo te encuentras?

—Algo mareada.

—Es normal. Perdiste mucha sangre y te desmayaste.

Seguía lidiando con la persistente sensación de mareo, y mi cabeza latía con un dolor sordo y punzante. Era evidente que necesitaría tiempo para recuperarme y volver a sentirme completamente en forma, algo que no me entusiasmaba en 144

absoluto, ya que tenía planes importantes que llevar a cabo, como encontrar a un asesino.

Me incorporé con cuidado, apoyando la espalda en el ca-becero de la cama.

—¿Dónde está Adler?

—¿Ya me echas de menos?

Una voz irónica y conocida surgió desde la penumbra de la habitación. Me giré hacia la dirección de su voz. Allí estaba él, apoyado en la pared, observándome con una ceja enarcada.

—¿Nos dejas un momento a solas? —le pedí a Beth.

Ella asintió y salió de la habitación.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

Una de sus comisuras se elevó.

—¿Tienes un corte de cuatro centímetros de profundidad y a ti te preocupa saber cómo estoy yo?

Pero yo no sonreí.

—No debí ser tan dura contigo.

—Supongo que no.

Solté un suspiro.

—Lo siento.

—Disculpas aceptadas.

Se despegó de la pared y se acercó con las manos metidas en sus bolsillos. La cama se hundió cuando se sentó en el borde de ella.

—¿De verdad lo piensas? —preguntó de repente.

Fruncí el ceño.

—¿El qué?

—Que se suicidó.