En la línea de fuego 128
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—¿Qué?

—Que no te pega.

—¿No? —Alcé una ceja, divertida—. ¿Y, según tú, qué nombre me pega?

Si decía Jules, iba a volverme definitivamente loca.

Se lo pensó un momento.

—Nicole, o tal vez Scarlett. Son nombres de chicas guapas.

—Gracias por el cumplido, supongo.

Le dio un trago a su cerveza y lo imité. Hacía mucho tiempo que no bebía, mi trabajo apenas me lo permitía. Quizás podría aprovecharlo y desconectar un poco.

Aunque la noche era fría y el aire fresco, la cercanía de la hoguera que crepitaba frente a nosotros nos proporcionaba una agradable sensación de calidez.

—¿No me vas a preguntar por mi nombre?

—Te pega el nombre de Nils.

Pareció bastante sorprendido cuando mencioné su nombre, cosa que me hizo bastante gracia.

—¿Cómo. .?

Su mueca de confusión fue sustituida por una de diversión.

—Lo ha mencionado mi amiga —murmuró al recordarlo, claramente avergonzado.

Ambos nos echamos a reír. Noté la mirada de Adler clavada en nosotros cuando nos escuchó.

Permanecimos en silencio un rato, sumidos en la música que se escuchaba a nuestro alrededor, mientras le dábamos unos sorbos a nuestras cervezas.

Beth continuaba disfrutando de la música y la compañía 129

de los demás jóvenes, sin prestar demasiada atención a nuestra conversación. Se movía con soltura y alegría al ritmo de la música, y su risa ocasional se mezclaba con la de los demás.

—Cuando conoces a alguien aquí, lo primero que te suele preguntar es por qué motivo estás en este hospital. —Hice una pausa—. Y, después de eso, automáticamente te miran con otros ojos. Si tienes un trauma, creen que te pasas el día llorando. Si tienes anorexia o bulimia, asumen que no eres capaz de disfrutar de la comida. Si tienes ansiedad, te miran como si fueras un manojo de nervios a punto de colapsar en cualquier momento. Si tienes esquizofrenia, piensan que escuchas voces constantemente.

» Me parece absurdo, ¿sabes? Tu identidad no debería basarse en eso, porque tu verdadera vida está ahí fuera. ¿Y si aquí dentro creamos identidades distintas? Como si nos pu-siéramos una de esas máscaras de Halloween y al salir del hospital nos la sacáramos.

Oh, mierda.

Maldito alcohol.

Cuando pensé que me había ido demasiado de la lengua, Nils habló:

—Cada uno tiene su razón para estar aquí, pero eso no debería definir quiénes somos. Todos merecemos la oportunidad de ser algo más que nuestros diagnósticos. Así que debería ser al revés. Deberíamos quitarnos las máscaras aquí dentro y dejar de juzgarnos entre nosotros.

Lo miré con algo de asombro por el simple hecho de compartir ese mismo pensamiento. Era reconfortante saber que no era la única que pensaba eso.

—¿Qué te parece si nos quitamos un momento nuestras máscaras y exploramos nuestras cosas en común? —añadió, 130

con un brillo especial en sus ojos.

Iba a contestar, cuando alguien habló primero:

—¿Qué te parece si nos dejas un momento a solas?

No me había dado cuenta de que Adler estaba plantado frente a nosotros. Tenía la mandíbula tensa y me miraba fijamente, ignorando por completo la presencia del chico.

Nils carraspeó, incómodo.

—Sí, claro. Voy a por más birras.

Se levantó para alejarse de ahí.

Adler se sentó donde hacía apenas unos segundos estaba Nils.

—¿Qué haces? —espetó.

—Hablar con gente. ¿No puedo?

—Teníamos un plan. —Me miró de manera significativa.

Solté un suspiro y le di otro trago a mi cerveza, ahora casi vacía, antes de responder.

—No está en el hospital, hoy nos ha quedado claro.

—Sabes que eso no es posible. Seguramente no hayamos mirado bien o. .

—Olvídalo, ¿quieres?

Su mandíbula se tensó.

—¿Quieres volver a repasar todas las habitaciones? —pro-seguí—. ¿En serio? Porque eso es justo lo que hemos hecho hoy. ¿Y sabes que hemos conseguido? Nada.

—Tal vez para ti no sea importante ese chico. .

—No tienes ni idea —murmuré.

—. .pero se trata del imbécil que mató a mi hermana. ¡No puedo simplemente dejarlo ir! ¿Qué pasaría si fuera un familiar tuyo?

—No tengo familia, sólo alguien que es como. . mi padre.