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Se me erizó la piel cuando noté una fría ráfaga de viento.
Estábamos cerca de la salida.
Continuamos gateando por el conducto, hasta que nos topamos con una rejilla en la que se filtraba la tenue luz de la luna. Me giré y le di una patada a la rejilla. Conseguí que temblara un poco, pero no se abrió. Lo intenté una y otra vez, cada vez con más fuerza, hasta que se vino abajo de un golpe seco.
Me deslicé por el agujero hasta que mis manos tocaron lo que pareció ser tierra mezclada con hierba. Me puse en pie, expulsando la sociedad de mis rodillas y manos.
Cuando miré a mi alrededor, la oscuridad lo envolvía todo.
Solo vi árboles cuyos troncos se alzaban a una altura vertiginosa. La tenue luz de la luna se filtraba a través de sus ramas y hojas, creando sombras extrañas y algo escalofriantes. A lo lejos se distinguían los muros de piedra del psiquiátrico.
Estábamos en el bosque que lo rodeaba.
—¿Soy la única a la que le está dando muy mal rollo este sitio? —comentó Beth.
—Mirad, están ahí. —Adler señaló un lugar en concreto.
Ahí, en mitad del bosque, había un grupo de personas.
Nos acercamos a ellos con cautela, ya que no sabíamos hasta qué punto seríamos bien recibidos.
Sin embargo, lo que menos esperábamos era que una chica pelirroja nos viera y se acercara alegremente hacia nosotros.
—¡Bienvenidos! —exclamó, extendiendo los brazos.
Le eché una ojeada a sus espaldas. Habían formado una hoguera que crepitaba y lanzaba destellos de luz a través de las ramas de los árboles.
Algunas personas estaban bailando la canción que sonaba por diversos altavoces colocados en el suelo. Otros preferían 126
sentarse en los troncos que había alrededor del fuego. Nadie nos prestó mucha atención, como si estuviesen acostumbrados a que viniera más gente.
—¿Qué es esto? —Beth frunció el ceño.
—¿No habíais venido nunca?
Los tres intercambiamos la misma mirada de no estar entendiendo absolutamente nada.
—¡Es la fiesta juvenil de Halloween! —exclamó la pelirroja, como si fuese algo obvio—. Aquí solo existen tres normas: emborracharse, pasarlo bien y, sobre todo, no acercarse a los muros. En ese perímetro hay cámaras.
—Pero, ¿no se celebraba en el comedor? —pregunté.
—Eso es para los mayores y los aburridos —contestó, bo-tando al aire—. Aquí estamos los que queremos pasar una verdadera noche terrorífica.
—¿Entonces la directora no sabe que estáis aquí? —preguntó Adler.
—Nadie sabe que estamos aquí, bombón. —Le guiñó el ojo con una sonrisa coqueta.
Beth me miró de reojo, como si temiera que eso me hubiese molestado.
Lo cierto es que sí lo había hecho.
—¡Nils, trae las cervezas! —gritó la chica.
Un chico de tez morena con rizos oscuros apareció a su lado con una caja llena de birras en sus manos.
—¿De dónde las habéis sacado? —pregunté por curiosidad.
—Todo lo que veis aquí nos lo han facilitado algunas personas del exterior. En las pocas visitas que recibimos les hacemos una lista de lo que necesitamos y listo —contestó ella, como si no fuese gran cosa.