En la línea de fuego 124
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—Si no venís conmigo, voy a ir sola. Pero no pienso volver ahor. .

—No vas a ir sola —dijo Adler, tajante, como si no hubiesen más opciones.

Beth suspiró y, finalmente, se subió a la mesita. Aceptó mi mano y la impulsé hacia arriba. Adler no necesitó la ayuda de ninguna de las dos, pues ya era lo bastante alto como para que entrara solo.

Comenzamos a avanzar por el interior del conducto, gateando por el estrecho y oscuro lugar, mientras perse-guíamos las risas y los murmullos que resonaban en la distancia. Detrás de mí tenía a Beth, y detrás de ella estaba Adler.

Cada movimiento hacía que pequeñas partículas de polvo se levantaran. Tosimos varias veces, pero intentamos no detenernos en ningún momento.

Sin embargo, me vi forzada a hacer una pausa cuando el conducto se bifurcó en dos caminos.

El ruido parecía más audible en uno de los conductos, así que confié en mi intuición y elegí el camino de la izquierda, esperando que nos condujera hacia la dirección correcta.

En uno de los extremos del conducto había otra rejilla.

Desde ahí pudimos ver el comedor. Adler tenía razón, estaban celebrando la festividad de Halloween. Habían apartado las mesas a un lado, dejando el espacio del medio libre para colocar varias sillas. Ahí estaban sentados varios pacientes.

Me fijé en que la mayoría eran personas mayores. No había jóvenes.

Los únicos que había visto hasta ahora eran ese grupo de personas con las que nos habíamos cruzado, pero no sabía a dónde habían ido a parar.