En la línea de fuego 122
17%

122

—Vale, yo me piro —balbuceó. No había ni rastro de la Beth segura que conocía—. No pienso quedarme aquí para averiguar qué ha sido eso. Eso sería propio de Lorraine Wa-rren, no de mí.

La agarré firmemente de la muñeca, impidiéndole huir.

—No podemos separarnos ahora. Eso sí que sería propio de una película de terror.

—Viene del conducto de ventilación —nos informó Adler.

Empezó a avanzar sin apartar la mirada del techo, siguiendo el extraño sonido. A Beth y a mí no nos quedó más remedio que seguirlo.

Bajamos las escaleras, pero nos detuvimos en el último peldaño cuando un grupo de personas pasó por delante nuestro, cruzando el pasillo a toda velocidad.

Los tres nos miramos a la vez, confusos. Adler probablemente tenía pensado seguir ese ruido, pero yo decidí seguirlos a ellos sin saber muy bien por qué.

—Clarke, ¡espera! —bramó Adler, siguiéndome por detrás.

—¡No me dejéis sola! —escuché que decía Beth, dando pasos rápidos para alcanzarnos.

Cuando giramos una esquina, Beth y Adler me estaban siguiendo los talones. Por lo que, cuando me detuve en seco, por poco chocaron con mi espalda.

—¿Por dónde han ido? —inquirí.

El pasillo estaba vacío, y era imposible que hubiesen tomado otro rumbo porque al final de todo había una pared.

Ese pasillo no tenía salida.

—Han tenido que entrar en alguna habitación.

—¿Todos? —cuestioné, incrédula—. Eran como diez personas, Adler.

—Sí, no creo que quepan tantas personas en estos cubí-123

culos —comentó Beth.

Adler pasó por mi lado y se acercó a una de las puertas.

Era la única que estaba entreabierta. Mi corazón latió con fuerza al recordar lo que se encontró ese guardia de seguridad cuando hizo lo mismo, y mi primer impulso fue impedírselo.

Sin embargo, cuando abrió la puerta y vi que estaba vacía, dejé salir el aire.

—¿Qué pasa? —me preguntó él al notarme tensa.

—Nada.

Entré en la habitación. Las de esta unidad eran individuales. Tan solo había una cama, una mesita de noche y un pequeño armario con tres cajones.

Me fijé en un detalle. La mesita de noche no estaba bien empotrada contra la pared. Era como si la hubiesen movido.

Desvié la mirada hacia arriba y vi la rejilla del conducto de ventilación, que era lo suficientemente grande como para que cupiera una persona.

Arrastré la mesita hasta que quedara a la altura del conducto, sintiendo el peso de la mirada de los otros dos. Me subí en ella y me estiré lo máximo que pude hasta alcanzar la rejilla. Desenrosqué los cuatro clavos, que estaban prácticamente sueltos, y lancé la rejilla al suelo.

Mis dedos se cerraron en torno a los bordes del conducto de ventilación y me impulsé hacia adentro.

Mi cuerpo se deslizó en la oscuridad del conducto mientras dejaba atrás la habitación. Desde ahí se hacían aún más audibles las risas y los murmullos. Ahora ya sabía de dónde provenían y quién las estaba causando.

Extendí la mano para ayudarlos a subir.

—No sé si es buena idea —dijo Beth, dubitativa.