En la línea de fuego 120
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—Qué gran aportación. —Beth volteó los ojos.

—¿Y qué? —inquirí, confusa.

—Que se celebra la fiesta anual.

—¿La qué?

—Es una tradición que organiza el hospital. Después de la cena, abren el comedor por la noche y hacen una maratón de películas de miedo con aperitivos. La mayoría de los guardias de seguridad suelen estar en el comedor vigilando el lugar durante la fiesta.

—Celebrar Halloween en un manicomio, qué oportuno

—ironizó Beth.

—Podríamos aprovecharlo —añadió él.

—Es una buena idea —murmuré, pensativa.

—Yo no iré —aseveró Lily.

—¿Vas a quedarte aquí viendo películas de terror y comiendo caramelitos? —cuestionó Beth en un tono de burla.

—Eso suena mucho mejor que buscar a un asesino, ¿vale?

—Miedica —canturreó ella.

—¡No es ser miedica, sino sensata!

Beth se echó a reír.

—Hablas como mi abuela.

—Ya basta. No vamos a obligar a nadie a venir. —Me giré hacia Adler—. ¿A qué hora empieza la maratón de películas?

—A las once —contestó él.

—Bien. Mañana quedaremos a esa hora en esta misma habitación. Revisaremos puerta por puerta hasta dar con él.

Me puse en pie para encaminarme hacia la puerta. No podía permanecer tanto tiempo fuera si no quería levantar sospechas.

Coloqué la mano encima del manillar, pero antes de girar-121

la sentí que, de alguna forma, él necesitaba escucharlo:

—Vamos a encontrar a ese asesino.

Percibí una escasa sonrisa en el rostro de Adler.

* * *

—¿Sabéis que Halloween se originó a través de un festival llamado Samhain? Marcaba el final del verano y el comienzo del invierno. Se creía que en esta noche los espíritus podían cruzar al mundo de los vivos. Encendían hogueras para ahuyentar a los espíritus malignos y. .

Adler se inclinó hacia mí y me susurró al oído:

—¿Siempre habla tanto?

Beth se giró con la indignación plasmada en su rostro.

—¡Te he oído, capullo!

Estábamos caminando por los pasillos del ala de cuidados intensivos, revisando todas las habitaciones. Ya habíamos pasado por más de cincuenta puertas, y en ninguna estaba Nolan.

Llegamos al final del pasillo y revisamos el interior de la última habitación. Como era de esperar, tampoco estaba ahí.

—¿Y ahora qué? —espetó Beth.

—Tal vez se haya escapado —objetó Adler.

—¿Y no crees que los guardias se hubiesen dado cuenta ya de ese pequeño detalle?

Un escalofrío helado me recorrió la espalda cuando se escuchó el eco de unas risas y murmullos. Y no, no era cosa de mi imaginación. Ellos dos también lo habían oído.

El horror se reflejó en el rostro de Beth, quien había pali-decido por momentos.