118
—¡Quita! —se quejó, removiéndose para que la soltara.
Entramos de nuevo en la habitación. Adler estaba sentado en una de las camas con los codos apoyados en sus rodillas mientras leía una hoja con el ceño ligeramente fruncido, concentrado.
Lily le echaba un vistazo a los archivos desde la lejanía, manteniendo unas distancias con él, como si ese chico le causara miedo.
Me senté al lado de Adler. Beth se acomodó donde estaba antes, con Lily y su habitual cara de espanto.
—Vale, ¿tenéis idea de dónde puede estar? —nos preguntó Beth.
—No —admití.
—¿Y si lo han trasladado a otro hospital? —sugirió Lily.
Se ruborizó de pies a cabeza cuando los tres la miramos.
Bajó la cabeza, avergonzada.
—Bueno, era solo. . una suposición. No me hagáis mucho caso.
—En realidad, es lo más sensato que he escuchado hasta ahora —reconocí—. Tendría bastante sentido, pero no creo.
Sus cosas estaban en el almacén. Recuerdo que vi su bandeja cuando buscábamos nuestras pertenencias.
—No puede ser tan difícil encontrarlo. —Adler negó con la cabeza, pensativo—. Este hospital no es tan grande.
—Ahí te equivocas, Tin Tin. Este hospital parece un cas-tillo, y seguro que es de esos que tiene pasillos ocultos y. .
— ¿Tin Tin? —repitió, incrédulo.
—¿Sabes quién es?
—Sí, pero no me parezco a él.
—¡Venga ya, eres igualito! Solo te falta un perro blanco.
Solté una risita sigilosa al darme cuenta de que Beth tenía 119
una extraña costumbre de comparar a las personas con personajes de cómics.
—¿Y tú de qué te ríes? —me preguntó él, completamente serio.
—Es que. . sí que te pareces.
Beth soltó una carcajada.
—¡Te lo he dicho!
Él nos fulminó con la mirada a las dos.
—¿Podemos centrarnos? —Suspiró.
—Sí, perdón —contesté, tratando de mantenerme seria de nuevo—. Yo propongo que revisemos cada habitación, tal vez no nos hemos fijado bien.
—Vale —dijo Beth.
—Y te encargarás tú.
Se le quitó la sonrisa de golpe.
—Espera, ¿qué?
—Bueno, te han asignado un castigo, ¿no? Y uno bastante valioso, porque te permite pasearte por los pasillos sin que los guardias sospechen de ti.
Beth se rascó la nuca con cierto nerviosismo.
—¿Qué pasa? —pregunté, al ver su extraña reacción. No solía ponerse nerviosa sin un buen motivo.
—Que hoy nos han retirado el castigo.
—¿Y por qué a mi no se me ha comentado nada?
—Porque, según la directora, a los cabecillas del grupo se les prolonga el castigo.
Maldije por lo bajo y me llevé las manos a la cabeza, frustrada. Estaba intentando pensar en algo cuando escuché que Adler decía:
—Esperad un momento. Mañana es Halloween.