En la línea de fuego 116
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—¿Cuándo? —preguntó Beth.

—Ayer por la noche.

Ella se giró en redondo hacia mí, fulminándome con la mirada.

—¿O sea que te cubro las espaldas para que no te pillen y tú decides meterte otra vez en la boca del lobo?

Apreté los labios con fuerza y me encogí de hombros, sin saber qué decir.

—¿Has visto a Nolan en la terapia grupal? —me preguntó Adler.

—No.

—Mierda, pues tenías razón.

—No exactamente. En los registros del sistema aparece su nombre, así que tiene que estar aquí sí o sí. La pregunta es dónde.

Beth y Lily intercambiaron miradas de confusión.

—Espera un momento, ¿estás diciendo que el asesino más temido del país está en este hospital? —preguntó Beth.

—Debería, pero no lo hemos visto por ninguna parte.

Lily se cubrió todavía más con la sábana de la cama de Beth. Parecía un cachorrillo asustado.

—¿Nos dejáis un segundito? —le preguntó Beth a los demás, levantándose de la cama y agarrándome por la muñeca.

Salimos de la habitación y nos quedamos afuera del pasillo.

—¿De qué va todo esto?

—Ayer descubrí que la hermana de Adler se suicidó, pero él cree que en realidad la mató Nolan Jenkins, un asesino que se dedica a matar a chicas que no superan los treinta años.

Revisando algunos archivos, nos dimos cuenta de que Alyssa se suicidó por un motivo que todavía se desconoce. Por eso 117

Adler cada vez está más convencido de que Nolan está involucrado en su muerte. El problema es que nadie lo ha visto.

No está en el ala de cuidados intensivos ni asiste a ninguna terapia grupal.

Me observó fijamente con los ojos entrecerrados, analizando cada palabra que había dicho.

Cada vez que me miraba de esa forma, me ponía nerviosa.

Sentía que en cualquier momento descubriría mi verdadera identidad.

—Ya veo. . —murmuró.

—¿Qué pasa?

—Que ya sé por qué no dejas que lo descubra él solito y te empeñas tanto en ayudarlo.

Oh, no.

—¿Ah, sí? —inquirí con voz temblorosa.

—No te hagas la inocente, Clarke. Se nota a leguas que estás aquí por algo, no solo por su hermana o este misterioso asesino.

Tragué saliva con fuerza. Mi corazón latía rápidamente.

—¿Y por qué crees que estoy aquí?

—Porque te gusta.

Vale, eso no me lo esperaba. Pero debo admitir que me alivió enormemente que en realidad creyera que estaba aquí por eso.

Aún así, mis mejillas se encendieron.

—No me gusta.

—Ya, claro. —Volteó los ojos—. Os ayudaré a investigar qué pasa con ese chico, pero te advierto de que, como me entere que ese asesino está suelto por el hospital, renuncio al plan.

—Eres la mejor. —Sonreí, dándole un abrazo.