En la línea de fuego 108
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—No voy a perder el tiempo buscando eso —me cortó, tajante—. Sé perfectamente que a mi hermana no le pasaba na-da.

Suspiré.

—De acuerdo. ¿Y por dónde crees que deberíamos empezar?

Se mordió el labio, pensativo.

—No lo sé.

—Pues menos mal que he venido contigo —murmuré.

Abrí todavía más el cajón y saqué otra carpeta.

—¿Qué es eso?

—Los registros del hospital —contesté—. Si leemos las anotaciones que iban haciendo los terapeutas y psiquiatras que trataban a tu hermana, podrían contener información valiosa sobre su estado emocional, sus pensamientos, lo que solía hacer en el hospital y, lo más importante, con quién se juntaba últimamente.

Eso último pareció captar su atención, por lo que dejó que buscara el archivo sin protestar.

—Es ella —aseveró cuando vio que estuve a punto de sal-tarme su informe.

Lo sacó con cuidado y lo observó durante unos segundos.

Entonces me di cuenta que, lo que realmente estaba viendo, era la imagen que había de ella.

Alyssa era una versión femenina de Adler. Compartían los mismos rasgos finos en sus rostros, como la forma de su barbilla, los labios finos y esos ojos tan peculiarmente verdes. A pesar de las similitudes físicas, ella tenía su propia esencia.

Su cabello lacio caía en cascadas alrededor de su rostro, y sus labios formaban una ligera sonrisa. A diferencia de Adler, su expresión era más cálida y acogedora, lo que la hacía pa-109

recer una persona amable y comprensiva.

—Os parecíais bastante —comenté.

—Es lo que tiene ser mellizos.

En el archivo salía su nombre completo, Alyssa Hall, y su edad. Tenía veinticuatro años cuando falleció, que fue en el octubre del año pasado, por lo que intuí que Adler tenía la misma edad que yo.

—Suicido reactivo —murmuró, leyendo la causa de su muerte.

El suicido reactivo ocurría en respuesta a una situación particular, como la pérdida de un ser querido, una ruptura amorosa o una crisis financiera. Así que, según el informe, la causa de la muerte de Alyssa se debía a la pérdida de sus padres.

Pasó a la siguiente página y cerré los ojos un instante al ver que habían imágenes impactantes y desgarradoras. Las fotografías documentaban la escena en su habitación y revelaban que Alyssa se había cortado las muñecas con un cristal. Había sangre por todo el suelo.

Le puse una mano en el hombro al darme cuenta de que seguía con la mirada fija y ausente, como si estuviera atrapado en un recuerdo doloroso. Noté un ligero temblor en sus manos mientras sostenía la imagen.

—No deberías ver esto —le aconsejé con una voz suave y aprensiva.

—Ella no. . no se hizo esto. —Negó con la cabeza—. Tuvo que ser alguien. Mi hermana no se cortó, ella no. . no pudo hacerlo. Simplemente no pudo.

Por primera vez, detecté un brillo especial en sus ojos. Se estaba conteniendo las lágrimas.

—Adler. .