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—¡No! ¡Ella odiaba la sangre! ¡Le tenía pánico, joder! ¡Ni siquiera podía ver las heridas de los demás!
—Adler, deberías. .
—¡¿Y pretenden que me crea que esto se lo hizo ella?!
¡Alguien la mató! ¡Y estoy seguro de que fue ese hijo de puta!
—Su voz temblaba de rabia y dolor, mientras luchaba por entender lo que había sucedido.
Cuando vi que iba a decir algo más, di un paso hacia él y en un acto impulsivo me puse de puntillas y rodeé sus brazos firmemente contra su cuello. Pensé que me apartaría, pero me correspondió el abrazo y hundió su cabeza en mi hombro mientras sollozaba.
—Ella no merecía esto —murmuró.
—Lo sé. Nadie merece algo así.
Cuando se separó de mí, pude ver cómo apretaba los labios con fuerza, sacudiendo la cabeza como si tratara de deshacerse de los pensamientos que le estaban atormentando.
Cogí su archivo, el cual había dejado Adler encima de la mesa, y comencé a leer lo que realmente nos interesaba, las notas de terapia. Eran anotaciones un poco irrelevantes, como la presión arterial y su frecuencia cardíaca, demostrando que se encontraba perfectamente estable y sin cambios significativos en su estado de salud desde la última re-visión.
Me detuve a leer un apartado que captó mi atención.
—Tal vez he estado equivocado durante todo este tiem…
—Adler. Mira esto.
Se acercó y leyó lo que le señalé con el dedo.
—Tu hermana estuvo saliendo con alguien de este hospital.