En la línea de fuego 102
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Mis ojos se encontraron con los suyos de nuevo. Podía ver la frustración en su mirada, como si estuviera luchando contra su propia impotencia.

—No es eso —repitió, esta vez más calmado—. Es demostrar que mi hermana no eligió quitarse la vida. Es hacer justicia por ella y por todas las personas que han sido víctimas de ese cabronazo. No puedo permitir que quede impune. Pero, sobre todo, no puedo permitir que nadie más sufra como ella sufrió. No pude hacer nada por ella, pero por vosotras sí.

Se me encogió el corazón escucharlo. Yo no tenía hermanos, pero no podía ni imaginarme el dolor que se sentiría perder a una persona que has visto crecer durante toda tu vida. Tal vez por eso siempre tenía una expresión fría en su rostro, porque supongo que eso es lo que pasa cuando pierdes a alguien, que se lleva una parte de ti que jamás vuelves a recuperar.

—Te acompañaré a la habitación para que puedas usar la tarjeta, y una vez esté abierta me la darás.

Sin darme pie a poder decir nada más, comenzó a caminar por el pasillo.

—¡Espera!

Detuvo sus pasos y me miró por encima del hombro.

—Te acompaño.

—No. Esto no va contigo.

A mi también me interesaba ver esos archivos, porque si Nolan había matado a todas esas chicas y lograba obtener pruebas sobre ello, sería un motivo suficiente para llevarlo ante la justicia.

—¿En serio vas a subir cuatro pisos para luego volver a bajarlos? Por no decir que es bastante complicado que suce-da eso sin que algún guardia te haya visto por el camino.

Mi rostro se iluminó cuando pasó por mi lado y bajó las 103

escaleras para llegar al primer piso.

—Borra esa sonrisa —escuché que decía, haciendo que la ensanchara todavía más.

* * *

—Te hubiese caído bien.

—¿Eh?

—Mi hermana —aclaró—. Me recuerdas un poco a ella.

Siempre tan persistente con todo.

—Entonces supongo que sí. Seguro que hubiésemos acabado haciendo un complot contra ti.

Percibí una sombra de sonrisa en su rostro.

—¿Cómo se llamaba?

—Alyssa.

Adler siguió caminando por el pasillo en silencio. Parecía perdido en sus pensamientos.

—Era de esas personas que son tan buenas e inocentes que te enfadas porque no tienen ni una pizca de maldad. Y

en este puto mundo, con tanta gente mala, no puedes ser así.

Porque se acaban aprovechando de ti aunque no lo merez-cas.

Asentí, dándole la razón.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Supongo —contestó, indiferente.

—¿Por qué estabais los dos en el mismo psiquiátrico?

Adler suspiró antes de responder.

—Ambos compartíamos un pasado difícil. Nuestros padres murieron cuando éramos jóvenes, y fuimos separados. Yo terminé en una serie de hogares de acogida y, después, en el 104

sistema de justicia juvenil por algunas decisiones equivocadas que tomé en mi adolescencia. Ella, por otro lado, fue a-doptada por una familia, pero nunca perdimos el contacto.

» Creíamos que la única manera para volver a estar bien era reuniéndonos de nuevo. Así que ideamos un plan. Soli-citamos una evaluación de trastorno de estrés postraumáti-co para entrar en el mismo hospital psiquiátrico de forma voluntaria. Era la única manera de volver a estar juntos. Y

funcionó, pero lo que no esperábamos es que a ella se le permitiera entrar, pero a mí no.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué? Los dos teníais el mismo derecho a ingresar.

—Por lo que me explicaron, apenas tenían habitaciones vacías. La mayoría estaban ocupadas por pacientes, por lo que solo podíamos acceder uno de los dos, y consideraron que ella era la que necesitaba más urgentemente ingresar al hospital.

—¿Y entonces cómo acabaste aquí?

—Después de que Alyssa ingresara al hospital, la iba a visitar siempre que se me permitía y hablábamos tanto que siempre tenían que venir los guardias de seguridad para cortarnos. Pero, a medida que pasaban las semanas, empecé a sospechar que algo andaba mal. Ya no quería verme con tanta frecuencia, y sus llamadas eran cada vez más cortas.

» Finalmente, un día, llamé al hospital y me dijeron que Alyssa había intentado suicidarse, y que era mejor que dejára-mos de vernos para no interferir en su tratamiento. Eso me dejó. . —Negó con la cabeza—: destrozado.

Escuché cada palabra que decía con suma atención.

—Hasta que un día recibí esa llamada que nos da tanto miedo recibir. Era el hospital informándome que Alyssa había intentado quitarse la vida nuevamente, pero esta vez lo había 105

conseguido.

Pude sentir el dolor.

—Al principio me sentí impotente y devastado por no haber llegado a tiempo y no haber visto antes las señales. Hasta que me enteré de que mi hermana estaba en el mismo hospital psiquiátrico que Nolan Jenkins, y entonces me obsesioné en investigar el caso por mi propia cuenta.

Hizo una pausa.

—Nadie hacía nada, todo el mundo daba por hecho que mi hermana había tenido razones más que suficientes para quitarse la vida. Pero yo estaba convencido de que no era así.

» Por todas las veces que me decía que iba a casarse en una playa paradisíaca, aunque ni siquiera tuviese novio. Por todas las veces que me confesaba que quería tener cuatro hijos y que todos fueran chicos porque, según ella, tienen que afrontar menos problemas que las chicas. Por todas las veces que me aseguraba que sería veterinaria y que llenaría su casa de animales rescatados. Por todas las veces que me hablaba de los planes de futuro que tenía. Así que, no. Me negaba a pensar que mi hermana renunció a todo eso.

Sentí un nudo en la garganta al darme cuenta de que había sido una chica muy ambiciosa. Era triste pensar que no pudo llegar a cumplir todo lo que se había propuesto.

Antes de que pudiera reaccionar plenamente ante la situación, Adler me rodeó la cintura, acorralándome con su cuerpo en un rincón oscuro. Mis ojos parpadearon reiteradas veces, sorprendida. Entonces vi que dos guardias pasaban de largo, charlando como si nada. Ni siquiera habían sospechado de que estábamos aquí.

Nuestros rostros estaban tan cerca que pude sentir su cálido aliento mezclándose con el mío. Cada vez que me fijaba en esos ojos verdes, tenía más claro que los había visto 106

en alguna otra parte.

Se aclaró la garganta y se separó al darse cuenta de que había mantenido sus manos en mi cintura.

—Tenemos que movernos, no podemos quedarnos aquí.

Asentí con la cabeza, porque no me salía la voz.

Seguimos cruzando con cautela los pasillos del hospital hasta que llegamos a esa pequeña sala. Saqué la tarjeta metálica y abrí la puerta con ella. Segundos después, estábamos los dos en el despacho.

—Vale, ahora falta lo más difícil. La directora tiene todos los archivos guardados en un cajón bajo llave. Así que hay que encontrarla. La última vez no lo conseguí, estuve bastante rato buscándola hasta que tuve que irme. La verdad es que fue una auténtica pérdida de tiempo y. .

Se cortó a sí mismo cuando me siguió con la mirada mientras me dirigía hacia la estantería, sacaba uno de los libros de la estantería y cogía la llave que había oculta dentro.

Me miró con la boca muy abierta.

—¿Cómo. .? ¿Cómo demonios la has encontrado?

—Mi padre siempre decía que tenía cualidades para ser investigadora privada —me limité a decir, encogiéndome de hombros

—¿Y lo fuiste?

Lo miré de reojo mientras me agachaba e insertaba la llave.

—No. Opté por una carrera más convencional. Trabajé en marketing durante unos años antes de. . antes de todo esto

—respondí, manteniendo mi voz en un susurro y tratando de que sonara creíble.

—¿Por qué estás aquí?

—Mis padres fallecieron en un accidente de coche, y su-107

pongo que no supe gestionar del todo la situación.

Adler asintió, y una expresión de comprensión cruzó su rostro.

—¿Y tú? ¿Qué hiciste antes de. . bueno, de todo esto?

Se apoyó en la mesa, cruzándose de brazos, mientras yo estaba a su lado buscando los archivos.

—Yo era un chico muy conflictivo en mi adolescencia

—contestó Adler, con un tono de voz que revelaba cierta pesadez en su pasado—. Perdí a mis padres a una edad tem-prana y eso me dejó bastante jodido. Me metía en problemas, andaba con la gente equivocada, y cometí errores que me persiguieron durante años.

» En los hogares de acogida la cosa no mejoró. Cambiaba de hogar con frecuencia y no lograba congeniar con nadie, ni siquiera con mis cuidadores. Me convertí en un niño problemático al que nadie quería abrirle las puertas de su casa, así que cuando cumplí los dieciocho años me fui a vivir solo. Hacía pequeños trabajos mal pagados y apenas lograba llegar a fin de mes. Créeme cuando te digo que lo mejor que me ha podido pasar es estar aquí.

Lo miré unos segundos tras confesarme eso último. Tenía que ser muy triste que tu vida fuese tan difícil que lo mejor que te podía haber pasado era acabar en un sitio como este.

—¿Has encontrado algo ya? —me preguntó, en un intento por cambiar de tema.

Desvié la mirada y me centré de nuevo en la carpeta que tenía en mis manos.

—Aquí deberían estar los historiales médicos y psiquiátricos de todos los pacientes del hospital. Si encontramos el de tu hermana, nos puede proporcionar información sobre el diagnóstico, el tratamiento y la evolución de su salud mental.

Tal vez encontremos un descuido en la atención médica o. .