En la línea de fuego 99
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Al tenerlo de frente, me encontré con un encapuchado amargado.

—¡¿Estás loco?! —exclamé en un susurro nervioso, dándole un empujón.

Aunque lo hubiese hecho con todas mis fuerzas, apenas conseguí moverlo un centímetro, lo que hizo que me cabrea-ra aún más.

—Eso debería preguntarte yo. ¿Qué haces deambulando por el hospital a estas horas? ¿Cómo has logrado salir de tu habitación?

Me crucé de brazos, poniéndome a la defensiva.

—No es asunto suyo. —Enarqué una ceja, imitando la respuesta que solía darme él.

—En realidad, sí que lo es. Si has salido, es porque muy probablemente hayas conseguido una tarjeta metálica, lo que significa que muy probablemente la tengas encima ahora mismo.

Lo miré, desconcertada.

¿Él tampoco me había dejado esa nota? Confié en que, si no había sido Beth, sería él. Ya que no conocía a nadie más en este hospital. Al menos, a nadie más con intenciones de ayudarme y no joderme la estancia aquí.

Pero, entonces. . ¿quién había sido?

Chasqueó los dedos muy cerca de mi rostro al ver que me había quedado unos segundos pensativa.

—¿Vas a dármela o no?

—¿Eh?

—La tarjeta.

—¿Por qué iba a dártela?

—Me debes una, ¿recuerdas?

—Pues no puedo darte esta, lo siento. ¿Cómo voy a entrar 100

a mi habitación, sino?

—Eso no es problema mío.

Entreabrí los labios, lista para recriminarle lo muy capullo que solía ser conmigo. Sin embargo, cambié de opinión en el último momento, y en lugar de iniciar una discusión, simplemente solté un suspiro y dije:

—Está bien.

Adler alzó una ceja. Supongo que no se esperaba que terminara cediendo.

La saqué del bolsillo y se la extendí para que la cogiera, pero justo cuando iba a hacerlo la aparté a tiempo para que quedara su mano suspendida en el aire como un idiota.

—Pero solo si me dices para qué la quieres —añadí.

—¿No puedes dármela y ya está?

—No. Contesta.

—Eres una entrometida. ¿Te lo han dicho alguna vez?

—¿Es para volver de nuevo al despacho de la directora?

—le interrogué, ignorando su comentario.

—Sí —admitió.

—¿Y qué buscas ahí?

Tensó la mandíbula.

Pasaron varios momentos de silencio, lo suficiente como para hacerme pensar que tal vez nunca obtendría una respuesta. Pero finalmente lo hizo:

—El archivo de mi hermana.

Parpadeé, sorprendida.

—¿Tienes una hermana?

—Tenía —corrigió—. Murió hace un año.

Por primera vez, pude ver una pizca de dolor en su habitual rostro frío e inexpresivo.