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Mentí en lo primero. En lo segundo no tanto.
—Cuando he visto que han entrado en el despacho y no salían, pensé que te habrían pillado.
—Tranquila, se me da bien pasar desapercibida.
Salí del despacho acompañada de Beth, la cual sonrió ampliamente cuando al fin tuvo la cámara en sus manos.
Mientras andábamos por los oscuros pasillos, no pude evitar estremecerme al recordar lo que habían estado co-mentando esos guardias de seguridad. Miré por encima de mi hombro, desconfiada.
—¿Crees en los fantasmas? —pregunté repentinamente, haciendo que me ganara una mirada incrédula por parte de Beth.
—¿A qué viene esa pregunta?
—He oído decir que este hospital está maldito.
—¿Y tú te lo crees? —Soltó un bufido.
—No, pero. . no sé. A veces me siento observada.
—Eso es porque el encapuchado se la estará cascando por ahí cuando te ve.
Volteé los ojos.
Una vez llegamos a las escaleras, nos dividimos para ir ca-da una a nuestra respectiva habitación. Subí las escaleras a paso rápido, atenta en todo momento por si debía ocultarme de algún guardia. No pude evitar echarle ojeadas a mis espaldas, sintiendo la familiar sensación de que alguien me observaba. Los latidos de mi pulso parecían aumentar de intensidad con cada peldaño que ascendía.
Mi corazón dio un vuelco cuando una mano cubrió mi boca, amortiguando el grito que pegué por el susto. Mi respiración se entrecortó mientras mis ojos se abrían con sorpresa y mi espalda chocaba contra la pared.