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El grandullón se aproximó al ventanal que ofrecía unas vistas del oscuro y sombrío bosque que nos rodeaba. Se quedó unos instantes quieto, con aire pensativo.
—¿Sabías que dicen que este hospital está maldito?
—¿M-maldito? —repitió el delgaducho.
Asintió con la cabeza.
—A veces, cuando estoy solo en el turno de noche, siento como si alguien estuviera observándome.
Fruncí el ceño. Yo también había experimentado esa sensación desde que llegué al hospital.
—Algunos afirman haber visto cosas inexplicables en este lugar —prosiguió—. Sillas de ruedas que empiezan a despla-zarse como si alguien las estuviese empujando, libros que caen solos de las estanterías, y puertas que se abren y se cierran sin razón.
—Serán mitos y leyendas.
—No, amigo, lo he visto con mis propios ojos. —Lo miró unos segundos, fijamente—. Una vez, durante mi turno de noche, estaba patrullando el ala de cuidados intensivos, cuando de pronto la luz que tenía justo encima de mí empezó a parpadear. Al principio no le di importancia, el mantenimiento de este lugar deja mucho que desear. Hasta que a la noche siguiente se repitió, después de haber venido el equipo técnico a revisar las luces y decirme que estaban en perfecto estado.
El delgaducho tragó saliva ruidosamente mientras lo escuchaba atentamente.
—A medida que avanzaba por el pasillo, una luz nueva comenzaba a parpadear. Pero tuve que detenerme al ver que una de las puertas estaba semiabierta. Me pareció extraño, ya que nadie de esa unidad puede salir de noche.
Me sumergí tanto en su conversación que por un mo-93
mento se me olvidó que ellos no sabían que yo estaba aquí.
—Lo que vi. . —Negó con la cabeza, su mirada estaba perdida en la distancia, como si estuviera recordando algún evento aterrador del pasado—: no se me va a olvidar jamás.
—¿Qué viste? —inquirió el delgaducho en un susurro.
Soltó un suspiro.
—Una chica. Se había ahorcado con las sábanas de su ca-ma. Estaba colgada del techo. Sus pies no tocaban el suelo, y su pequeño cuerpo se balanceaba ligeramente. Su rostro pálido y desencajado estaba oculto bajo su largo cabello.
Me estremecí al escucharlo, tratando de borrar la imagen de mi cabeza que había descrito. El relato parecía sacado de una película de terror, y la atmósfera en la habitación se volvió aún más opresiva mientras el despacho seguía a oscuras, tan solo iluminado por la luz que provenía del exterior.
—¿No te parece extraño que sea el hospital con más suicidios registrados en el país?
Espera, ¿qué?
Si eso era cierto, iba a matar con mis propias manos a Foster por haberme enviado en un lugar como este.
—¿Me tenías que contar esto a la noche? —cuestionó el delgaducho, aunque su voz sonaba aún más aguda.
Su compañero se encogió de hombros.
—Entonces. . ¿crees que hay d-demonios que les quitan la vida a los p-pacientes?
Miré a mi alrededor, asustada, como si esperara ver algo anormal en cualquier momento.
—Quién sabe, pero está claro que aquí pasa algo —afirmó en un susurro, su voz cargada de inquietud—. Tal vez es un lugar tan triste y sombrío que acaba consumiendo a las personas. O tal vez las almas de aquellos que se quitaron la vida 94
aún vagan por aquí e intentan convencer a los demás de que también lo hagan.
Esa suposición quedó suspendida en el aire.
—¿Y si le proponemos a la directora que contrate a un exorcista?
El grandullón soltó una carcajada y rodeó la mesa para dirigirse a la puerta.
—No digas gilipolleces.
—¡Te recuerdo que eres tú el que ha dicho que existen fantasmas! —exclamó, separándose de la mesa para seguirle a trompicones.
—¡Yo no he dicho eso!
—¡Pero lo has insinuado!
—¡Si le decimos eso a la directora nos mandará un psiquiatra en lugar de un exorcista, idiota!
Los escuché alejarse por el pasillo mientras seguían discutiendo. Cerré los ojos y dejé salir todo el aire que había retenido.
Salí de mi escondite, todavía pensando en lo que acababa de oír. No era fácil de digerir que acababa de infiltrarme en el hospital psiquiátrico con más suicidios registrados. Solo deseaba que durante estos dos meses no presenciara ninguno.
Dejé la cámara encima de la mesa y saqué el bolígrafo de mi bolsillo. Desenrosqué la parte superior y, con cuidado, sacudí el bolígrafo. En mi palma de la mano cayó lo que parecía un imán del tamaño de una lenteja.
Justo antes de mi ingreso, Foster me había enviado una imagen detallada por dentro de cómo era el bolígrafo.
En la parte inferior, cerca de la punta, había un pequeño micrófono y altavoz integrados en la carcasa que me permi-tirían poder comunicarme a través de él. El sonido se trans-95
mitiría al equipo de Foster, y el pinganillo me permitiría a mí escucharlos. En uno de sus extremos tenía un botón dis-creto, en la parte superior, para encender y apagar el intercomunicador cuando fuera necesario.
Con manos temblorosas, me coloqué el pinganillo en mi oreja y encendí el intercomunicador con el botón.
—Inspector, soy Jules. ¿Me oye? —susurré en voz baja.
El silencio en el otro extremo del pinganillo era ensordecedor. Las interferencias se mezclaban con mi respiración entrecortada mientras esperaba una respuesta del inspector.
Cada segundo que pasaba aumentaba la tensión en la habitación. Podía sentir la ansiedad acumulándose en mi pecho.
—Exijo una respuesta inmediata. No tengo mucho tiempo.
Cuando encendía el botón, emitía una señal a la comisaría central de Harpers Ferry, donde se trasladaba la conexión directa con el móvil de Foster. Pero comencé a temer que algo hubiera salido mal o que el inspector no estuviera en condiciones de comunicarse. Tal vez lo tenía apagado o no podía hablar en esos momentos.
—Inspector, necesito que. .
—Señorita Miller, me alegra escucharla —oí a través del pinganillo.
Dejé salir el aire, aliviada.
—Menos mal —murmuré.
Eché una ojeada a la puerta para asegurarme de que no hubiese nadie.
—¿Ha descubierto algo ya del asesino?
—No, pero mañana iré a una terapia grupal. Tal vez al fin pueda verlo.
—¿Al fin? —repitió, incrédulo—. ¿No lo ha visto aún?
Cerré los ojos y apreté los labios. No le iba a gustar en ab-96
soluto lo que le contestaría ante eso.
—No —admití—. No está en ningún área común que me dijo.
—Eso no es posible.
—Sí que lo es. En la unidad de tratamiento residencial no dejan salir a los pacientes.
Guardé silencio, esperando cualquier tipo de reacción por su parte. Pero lo único que obtuve fue un denso silencio que me reveló de alguna forma que no era la primera vez que escuchaba esa afirmación.
—Espere, ¿usted lo sabía?
—Jules. .
—¿En cuántas cosas más me ha mentido? —Sentí cómo mi sangre hervía con cada palabra que pronunciaba—. ¿Hay algo más que deba saber?
Se escuchó un suspiro.
—Cuando dudó sobre si aceptar el caso o no, supe que debía hacerle ver que era mucho más fácil de lo que en realidad es. Por supuesto que no lo va a encontrar en áreas comunes, esos pacientes son demasiado peligrosos como para dejar que vayan deambulando por el hospital. La tomaba por una mujer más lista, señorita Miller.
Apreté los dientes con fuerza.
—Me habría facilitado enormemente la tarea si me hubiese dicho la verdad desde el principio.
—Lo sé, pero debía asegurarme que aceptaba ese caso. Es de suma importancia.
—¿Sabe que es de suma importancia? La verdad. Porque sin ella no se va a ninguna parte. Me ha enviado al hospital psiquiátrico con la tasa de suicidios más alta del país. ¿También pensaba decirme eso?