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—Es que no tengo nada mejor que hacer a las dos de la madrugada que ponerme a limpiar todo el hospital —objetó con sarcasmo—. ¿Tú que crees? Estoy cumpliendo el castigo de nuestra queridísima directora.
—No puedes estar cerca de su despacho.
—¿Es que guarda el Santo Grial ahí dentro o algo así?
—Largo. Ahora.
—Vale, vale. No seas tan cascarrabias, Gordolix.
—¡Deja de llamarme así!
El sonido de las ruedas del carro de limpieza deslizándose por el suelo llegó a mis oídos, pero luego, todo se quedó en un extraño silencio. Había escuchado a Beth irse, pero no a los otros dos.
Oh, no.
Cuando comprendí las intenciones que tenían, me separé de la puerta. Justo en ese momento escuché el característico click al pasar la tarjeta por el lector. Llegué a tiempo para deslizarme por el suelo y esconderme debajo del escritorio.
Se quedaron en el umbral de la puerta, revisando con las linternas el interior del despacho, supuestamente vacío.
—No hay nadie, vamos —dijo el delgaducho en voz baja.
—Espera.
Sus pasos empezaron a resonar. Permanecí completamente quieta, casi sin respirar. Pegué mis rodillas lo máximo que pude contra mi pecho cuando uno de ellos, el delgaducho, se acercó peligrosamente a mi escondite.
Los pasos se detuvieron justo delante del escritorio, tan cerca que sus botas por poco chocaron con mis bambas. Mi corazón latía con tanta fuerza que temí que se escuchara entre el silencio abrumador. Traté de no moverme ni un centímetro cuando se apoyó en la mesa.