En la línea de fuego 87
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Miré por encima del hombro antes de decidirme y adentrarme en el pasillo para llegar al despacho. Una vez plantada delante de la puerta, dudé un poco.

¿Y si había cámaras de vigilancia?

Colarse en el despacho de la directora sería motivo suficiente de expulsión. Aunque, pensándolo mejor, Adler también lo había hecho —por un motivo que aún desconocía—.

Así que, en teoría, no debería haber ningún problema.

Con el corazón latiendo con fuerza, entré en el despacho.

La luz de la luna se filtraba por las persianas entreabiertas, proporcionando un poco de luz entre la penumbra. Rodeé la mesa y empujé el cajón para abrirlo, pero algo me lo impidió.

Estaba cerrado con llave.

Mierda, ¿cómo no había caído antes?

Examiné el lugar en busca de cualquier objeto útil que pudiera usar para manipular la cerradura. Sabía que no había tiempo que perder, así que abrí todos los cajones que no estaban cerrados bajo llave y registré las estanterías del escritorio, pero sólo había libros, carpetas y documentos.

Esto no era como en las películas, donde encontrabas una horquilla o un clip y conseguías manipular la cerradura. Esto era la realidad, y la realidad es que estaba jodida.

Solté un suspiro de frustración y me llevé las manos a la cara, tratando de mantener la calma y pensar. Seguramente la directora tenía las llaves a mano, pero todo el mundo tiene una llave de repuesto por si pierde la otra. Solo tenía que encontrarla.

Me acerqué a la estantería y la inspeccioné detalladamente. Todos los libros que había tenían polvo en los lomos. Estaba claro que hacía mucho tiempo que no los leía.

Pero había uno que estaba sorprendentemente reluciente, como si lo hubiese cogido varias veces. Era el libro que la 88

directora colocó bien al estar ligeramente salido hacia afuera cuando estábamos esa madrugada en su despacho.

Me puse de puntillas para cogerlo. Sonreí victoriosamente cuando abrí la tapa y vi una pequeña llave.

—Muy astuta, directora —murmuré.

Con la llave a mano, me agaché para colocarla en la cerradura. Encajaba perfectamente. La giré y al fin el cajón se abrió.

Ahí estaba mi bolígrafo.

Lo guardé en mi bolsillo y dudé un momento antes de coger también la cámara de Beth. Me apresuré en dejar el libro junto con la llave donde estaba. No iba a dejarlo así, sería demasiado evidente que alguien había estado aquí.

Salí del despacho tan rápido que choqué con el cuerpo de una persona. Alcé la mirada, alarmada.

—¡Beth! —exclamé en un susurro de alivio, poniéndome la mano en el corazón.

—¡Clarke! ¿Qué. .? ¿Qué haces aquí?

Me barrió con la mirada de arriba a abajo con la boca completamente abierta.

—¡Te estaba buscando! Mira, no sé cómo has conseguido que llegase esa nota a mí, pero no quiero saberlo.

La adrenalina todavía fluía por mis venas, así que comencé a hablar sin parar.

—Seguro que has chantajeado a Tontolix y a Gordolix para que lo hicieran. —Sonreí, pues casi que podía imaginármela—. Cada vez me sorprendes menos, todo hay que decirlo.

—Clarke…

—Pero bueno, lo importante es que he podido recuperar mi bolígrafo. Era de mis padres, ¿sabes? Le tengo mucho cariño.