En la línea de fuego 84
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La habitación estaba iluminada con una luz fluorescente fría y desagradable. Tan sólo había una cama individual en medio, un retrete en una esquina y un lavamanos con un espejo encima. El espacio era extremadamente reducido, con una ventana pequeña y protegida por barrotes, y estaba tan alta que ni siquiera saltando podría alcanzarla para ver el exterior.

—Disfruta de la celda, porque me voy a encargar de que pases el resto de la estancia aquí.

Tras decir eso, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria, dejándome sola en ese espacio claustrofóbico.

—Lástima que eso es justo lo que quiero, imbécil —mascullé en voz baja.

Me acerqué al espejo y acaricié mi cuello mientras veía cómo se me estaban empezando a formar rojeces. Dejé salir un suspiro y me lavé el rostro con agua fría.

Estaba tan agotada que decidí tumbarme un rato, y cuando desperté ya había oscurecido. Lo supe por la única ventana que había.

Mientras me incorporaba, mis ojos recorrieron la oscura habitación y se detuvieron en una bandeja en el suelo, con comida igual de apetitosa que la del comedor y un vaso de agua.

Me levanté y cogí el vaso para darle un sorbo. Estaba se-dienta. Sabía que la alimentación y el estado físico eran cruciales para mantener mi energía, así que me obligué a probar ese trozo de carne reseca que me habían puesto. Arrugué la nariz mientras lo masticaba. Estaba más duro que una jodida piedra.

Cogí la servilleta para limpiarme, pero apenas lo hice me detuve en seco al ver que había un papel doblado debajo de ella. Con cuidado, lo desplegué y leí el mensaje que había es-85

crito a mano. Decía:

"Debajo del colchón tienes una tarjeta metálica"

Solo se me ocurrió una persona; Beth.

Una sonrisa iluminó mi rostro mientras agradecía a quien fuese que estuviese ahí arriba por haberme puesto en mi camino a una chica tan ingeniosa como ella.

Levanté el colchón y vi que, efectivamente, había una tarjeta. Estaba pegada a los barrotes de la cama con cinta adhesiva. La arranqué y me la guardé en el bolsillo.

Hice ademán de recostarme de nuevo y esperar a que llegara el día siguiente para que me mandaran a terapia, ya que estaba aquí para eso, pero me quedé inmóvil cuando a mis espaldas escuché el chasquido de la puerta abriéndose.

Tragué saliva con fuerza, notando cómo un nudo se cerraba en mi garganta.

No me atrevía a girarme por miedo a que la persona que acabara de entrar fuera Marlon. Pero, para mi sorpresa, cuando finalmente reuní el valor para mirar detrás de mí, vi que no había entrado nadie, y ahora la puerta estaba abierta un palmo.

Con pasos titubeantes, me acerqué a la puerta y, con cuidado, la abrí del todo para que pudiera salir. El pasillo estaba desierto y sumido en un silencio inquietante.

—¿Beth? —susurré.

Tenía que ser ella quien me había abierto, pero no sabía a dónde demonios se había metido. Tal vez se había escondido en alguna habitación vacía. Así que, tras asegurarme de que realmente no había ningún guardia por la zona, cerré mi puerta para no levantar sospechas y comencé a andar sigi-86

losamente. Como tenía la tarjeta metálica, podría abrirla de nuevo en cuanto regresara.

—Beth, ¿estás ahí? —inquirí en voz baja mientras revisaba las habitaciones, una por una.

Cuando llegué al final del pasillo, bajé las escaleras y le eché un rápido vistazo a las otras plantas, pero no había nadie. Estaba convencida de que era por el cambio de turno.

Chica lista.

Finalmente llegué a la primera unidad, donde había estado al principio. Crucé la sala vacía y, cuando pasé por el pasillo que conducía al despacho de la directora, mis pies se detuvieron solos. Saqué la tarjeta de mi bolsillo y la observé unos momentos, pensativa. Si quería recuperar mi bolígrafo, esta era la oportunidad.

Mientras me debatía sobre si hacerlo o no, vi por el rabillo del ojo una sombra proyectada en la pared que se estaba acercando. Me oculté detrás de una de las paredes y asomé lentamente la cabeza.

Apreté los dientes con fuerza al ver cómo Marlon se reía a carcajadas mientras sostenía un móvil en su oreja. No se había dado cuenta de que estaba ahí.

—¿Te hiciste a esa? ¿En serio? Te consideraba más listo, hermanito —se mofó con sarcasmo.

Tuve que contenerme para no salir de mi escondite y a-porrearlo de guantazos hasta que aprendiera a hablar de las mujeres con respeto.

—Algún día pásate por aquí, y verás por qué motivo cogí este trabajo. Las chicas son unos bombones. Ya sabes el dicho, hermanito, las más guapas son…

Dejé de escuchar lo que decía en cuanto se alejó por el pasillo, y en parte lo agradecí. Dudaba que pudiese seguir escuchando esa conversación sin intervenir.