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Desvié la mirada hacia mi bandeja y removí los huevos revueltos con el tenedor.
—Porque es idiota —respondió Beth.
—¿No era que tú no hablabas? —Elevé una ceja.
—Solo quería añadir eso.
—¿Y tú por qué necesitas una tarjeta? —Me giré hacia Adler, cambiando de tema.
—Ya te dije que no es asunto tuyo.
Solté un suspiro de exasperación.
Mis sentidos se pusieron en alerta cuando dos guardias se acercaron a nuestra mesa, en especial al ver que uno de ellos era Marlon. Se detuvieron a una distancia prudente, detrás de Beth. Ella se limitó a mirarlos por encima del hombro co-mo si fuesen dos mosquitos antes de seguir comiendo tranquilamente su yogurt.
—Clarke, debes acompañarnos —pronunció Marlon con voz autoritaria.
Sabía que había llegado el momento.
Me puse en pie y rodeé la mesa para dirigirme con ellos, pero entonces Beth me agarró de la muñeca. La miré con sorpresa.
—Cuídate. Aunque sigo pensando que te faltan dos neuro-nas, un hervor y un verano entero.
Marlon, impaciente, se situó a mi lado e hizo ademán de agarrarme por un brazo.
—No la toques —advirtió Adler con una expresión muy seria, lo que hizo que se lo pensara mejor y se limitara a car-raspear la garganta, impaciente.
—Tenemos que irnos.
Los miré por encima del hombro antes de seguir a los guardias hacia la salida del comedor. Con pasos determina-82
dos, atravesamos los pasillos silenciosos del hospital. A esa hora todo el mundo estaba en el comedor.
Mientras esperábamos al ascensor, Marlon le dijo al otro guardia:
—No te preocupes, ya me encargo yo de ella.
No. No. No.
Miré al otro hombre con ojos suplicantes, pero no pareció notarlo. Asintió con la cabeza y se alejó por el pasillo. Mi corazón comenzó a latir desbordado cuando entramos en el ascensor y me quedé completamente sola con él. Era la última persona con la que quería estar a solas.
En cuanto las puertas se cerraron, cada segundo se me hizo eterno. Me resultó extraño que no aprovechara ese momento a solas y permaneciera inmóvil a mi lado. Acabábamos de subir la primera planta, y por ahora…
Marlon se abalanzó tan deprisa sobre mí que no lo vi venir, a pesar de desconfiar en él. Me empotró contra la pared, reteniéndome con su antebrazo por el cuello. Solté un gemido, dolorida, cuando noté un latigazo de dolor en la columna vertebral.
—No creerás que por tener a ese guardaespaldas rubio vas a librarte de las consecuencias, ¿no?
—La directora ya se ha encargado de eso, así que déjame en paz —le pedí, tratando de zafarme de su agarre.
Una de sus comisuras se elevó.
—No me refiero al castigo que te ha asignado ella, sino al mío.
Marlon apretó su antebrazo con más fuerza, haciéndome sentir que mis pulmones no podían llenarse de aire. A pesar de su apariencia tranquila, ahora se veía completamente desquiciado.