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—Si decimos la verdad, ¿dejará que nos vayamos? —le pregunté.
—No funcionan así las cosas, jovencita. No puedo pasar por alto lo que habéis hecho, así que tendré que tomar medidas disciplinarias.
—¿Qué tipo de. . medidas?
—Eso depende de vosotras, de si colaboráis o no. En el peor de los casos, seréis expulsadas. Pero, si me decís la verdad sin tapujos, residiréis unos días en la unidad de tratamiento residencial hasta que hayáis recapacitado. Además, recibiréis terapia individual y grupal.
«Unidad de tratamiento residencial»
—¿Terapia grupal? ¿Con los otros pacientes?
Traté de infundir un toque de temor en lugar de curiosidad, como si lo preguntara por miedo a que nos juntaran con los pacientes de la última planta. Cuando en realidad era justamente eso lo que quería.
—Sí.
Fingí soltar un suspiro antes de hablar.
—Está bien. Fui yo.
Las tres me miraron a la vez. Lily con el ceño fruncido, Beth como si me hubiese salido un tercer brazo, y la directora como si se hubiese quitado un gran peso de encima.
—¿Tú? —cuestionó Beth con incredulidad.
—Sí, fui yo. —La miré de manera significativa para que me siguiera la corriente.
A pesar de no entender por qué motivo había mentido, di-jo:
—Oh, sí, sí. Fue Clarke.
—¿Cómo la conseguiste? —preguntó la directora.
—Vi cómo se le caía la tarjeta a uno de los guardias, y pen-75
sé que sería buena idea ir al almacén a por nuestras pertenencias. Asumo toda la responsabilidad, directora. Así que me gustaría que ellas dos se mantuvieran al margen de esto.
La mujer seguía mirándome analíticamente, aunque al fin pareció quedarse satisfecha con mi respuesta.
—Se agradece la sinceridad, Clarke, pero ellas también han participado en esto. ¿O acaso no estaban en el almacén contigo?
—¡Pero lo hemos hecho porque queríamos nuestras cosas, no para ocultar un cadáver! —exclamó Beth en su defensa.
—Los pacientes no tienen acceso a sus objetos personales…
—. .inmediatamente después de ingresar al hospital psiquiátrico —terminó la frase, rodando los ojos—. Sí, ya me soltó el discursito la mujer de recepción. Y me sigue pareciendo una estúpida norma, ¡pero no puede mandar a Clarke con esos maniáticos del último piso!
—No son maniáticos, son personas como nosotras.
—Entonces no le importará compartir cama con uno de ellos. —Enarcó una ceja.
—Vosotras dos tendréis que hacer servicios comunitarios
—informó, dirigiéndose a Lily y a Beth—. Realizaréis tareas de limpieza y mantenimiento en todas las instalaciones del hospital. Y no me cabree más, jovencita, porque puedo mandar-la a limpiar todos los baños de este edificio.
—Tiene que ser una broma —espetó Beth—. ¿Sabe cuántas escaleras hay en este lugar? ¡Mis tobillos se van a hinchar como dos pelotas de tenis de tanto subir y bajar! ¡Voy a envejecer más pronto que usted!
Mientras Beth parecía estar al límite del colapso, la directora se mostraba impasible. Era como si ya estuviera acostumbrada a la actitud de Beth, y eso que solo llevaba dos se-76
manas en el hospital. Me preguntaba en qué otros líos se habría metido.
—¿Y tú qué? —Beth se giró hacia Lily, indignada—. ¿No vas a decir nada al respecto?
Lily se quedó callada.
—Estupendo. —Bufó de mala gana.
—Bien, pues eso es todo —habló la directora—. Espero que no vuelva a repetirse lo de hoy. Este es un hospital psiquiátrico, no un lugar para curiosear ni corretear por ahí. Hay reglas en este lugar por una razón, y no toleraré que sean que-brantadas.
Lily y yo asentimos con la cabeza. Beth, por el contrario, se limitó a ponerle mala cara.
Me fijé en que la directora guardaba nuestras cosas en uno de los cajones bajo llave. Tuve que maldecir por lo bajo.
Por ahora, seguía sin poder recuperar el maldito bolígrafo.
—Ah, por cierto —dijo Beth de pronto—. A ese almacén le hace falta una buena limpieza. Ese sitio tiene más polvo que un libro en una biblioteca abandonada durante décadas. Incluso las ratas ya han empezado a crear hogares dentro de ese antro.
La directora la observó un momento antes de curvar los labios hacia arriba.
—Tranquila, ahora ya está usted para eso.
Beth apretó los puños a ambos costados de su cuerpo. En cuanto vi que la miraba con un profundo odio, le puse una mano encima del hombro para guiarla hasta la puerta. Los dos guardias nos escoltaron para acompañarnos a nuestra habitación.
Cuando llegamos a la puerta tras haber andado en silencio y sin protestar, el grandullón le dijo a Beth: 77
—Chivata.
—Adiós, Gordolix. —Ella sonrió ampliamente.
Se esperó a que cerrara la puerta. Nada más hacerlo, su sonrisa se borró de golpe y se acercó a mí.
—Vale, empieza a contarme cuál es el plan ahora.
Fruncí el ceño.
—¿Qué plan?
Su cara se transformó en una de completa indignación al darse cuenta de que hablaba en serio.
—¡Te he seguido el rollo porque confiaba en que tuvieses un plan B! Me niego a creer que has mentido a la directora para encubrir a ese chico.
—No me parecía justo. Técnicamente se la quitamos nosotras.
—Sí, pero técnicamente él la robó.
Solté un suspiro y me acerqué a la ventana. Tan sólo se veía el oscuro patio interno.
—Mierda, Clarke. ¿Y ahora qué?
—No lo sé.
—¿No lo sabes? —Soltó una risa sarcástica—. Bien, pues te diré lo que va a pasar ahora. Vas a estar tantos días encerrada entre esas cuatro paredes que el tiempo comenzará a jugar con tu mente. Solo podrás saber qué hora es guiándote por la bandeja que recibas con comida. Que, si es posible, se-rá aún peor que la del comedor. Las noches se volverán una auténtica pesadilla, y los gritos de los otros pacientes serán tu único recordatorio de que no estás sola.
Parpadeé, sorprendida.
Escucharla fue como tener un choque con la realidad.
—Y tú. —Se giró hacia Lily, señalándola con un dedo índice—. No creas que me he olvidado de ti. Por tu culpa nos han 78
descubierto.
—Lo. . lo siento —murmuró, cabizbaja—. Es que me dan pánico las ratas.
—Y a mí me dan pánico los hombres y no grito cada vez que los veo.
Los ojos de Lily se desviaron hacia abajo y sus manos comenzaron a temblar, como cada vez que alguien trataba de confrontarse con ella.
—Beth, déjala en paz.
—¿Ahora la defiendes?
—No es eso, pero…
—¿Sabéis? Mejor me voy a dormir. No hay quién os entienda.
* * *
—¿Vas a hablarme de una vez? —pregunté, dejando la bandeja en la mesa.
Beth apretó los labios con fuerza, fingiendo que los cerraba con una cremallera.
Seguía enfadada conmigo por haberme asignado toda la responsabilidad a mí, aunque lo que no sabía es que en realidad formaba parte del plan.
Pero lo cierto es que no me molestaba que estuviese enfadada conmigo, sino que también lo estuviera con Lily. Después de todo, habían estado conviviendo juntas durante cierto tiempo, y me sentía mal por ello.
—Vamos, Beth. Sabes que la intención de Lily no era que nos descubrieran en ningún momento. Tú la conoces mejor que yo.
Cuando tuvo que abrir la boca para meterse una cuchara-79
da de yogurt, hizo ademán de abrirla con los dedos. Y, mientras masticaba, la cerró de nuevo.
Puse los ojos en blanco.
—Vale, lo pillo. Sigues enfadada.
Beth, de pronto, miró por encima de mi hombro y puso una mueca. Iba a girarme, pero justo en ese momento alguien se sentó a mi lado.
—Necesito la tarjeta —dijo Adler.
Beth fingió que no lo escuchaba y siguió comiendo tranquilamente su yogurt, tarareando una canción de su grupo musical favorito.
Genial, iba a tener que lidiar con esto sola.
—Hola, ¿eh? —Traté de disimular, para desviar el tema—.
Primero se salud…
—La tarjeta, Clarke —insistió con firmeza.
Vale, estaba claro que no tenía ninguna intención de en-tablar una conversación amigable.
—Esto. . bueno, yo…
Él frunció el ceño.
—¿Tú qué?
Jugueteé con la servilleta, nerviosa.
—No la tienes —dedujo con los ojos entrecerrados.
—No —murmuré.
Era difícil saber si estaba enfadado, ya que mantenía su expresión de frialdad en todo momento. Pero era evidente que no le había hecho ninguna gracia.
—¿La has perdido?
—Me la quitaron —le corregí—. Los guardias de seguridad.
Es una larga historia, pero en resumen nos pillaron en el almacén y acabamos en el despacho de la directora. Así que, al 80
final, ninguna de nosotras ha recuperado sus cosas y cada una ha recibido un castigo.
Adler giró hacia Beth para corroborarlo, ya que ella había ido conmigo. Pero, claro, ella no habló. Bueno, sí que lo hizo.
Pero no se la entendió en absoluto.
—Mhm, mhmm.
—¿Qué?
—¡Mhm, mhmmm, mhm!
—¿Y tú por qué no abres la boca?
—¡MHMMMM, MHMMM, MHMMMMMM!
Estaba segura de que la cara de confusión de Adler quedaría grabada en mi memoria bastante tiempo.
—¿Qué tipo de castigo? —me preguntó él.
—A Beth le tocará limpiar las instalaciones del hospital, y a mí me mandarán unos días a la última unidad.
De pronto, Adler se tensó de pies a cabeza. A pesar de la máscara de frialdad que siempre llevaba, detecté un deje de preocupación en sus ojos.
—¿Cuántos días?
—No lo sé.
—¿Y no se te ocurrió preguntarle?
—¡Es que me daba miedo saber la respuesta! —me excusé, aunque en realidad me daba absolutamente igual.
Cuanto más tiempo ahí, mejor. De este modo me ahorra-ría idear un plan para llegar hasta la última unidad y encontrar a Nolan Jenkins.
—¿Por qué le mentiste? —preguntó, enfurecido.
—¿Eh?
—A la directora —aclaró—. Sé que me encubriste, porque sino ahora mismo yo estaría en tu lugar.