En la línea de fuego 73
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Beth iba a decir algo más, pero se contuvo cuando le di un toque de atención con la pierna. Soltó un resoplido de frustración y se cruzó de brazos.

Todas nos mantuvimos en silencio, como si ninguna se atreviese a mentir. El silencio en el despacho se hizo aún más audible mientras la directora esperaba nuestra respuesta.

Repiqueteó los dedos llenos de anillos encima de la mesa, impacientemente.

—Creo que no estáis entendiendo la gravedad del asunto.

En un hospital psiquiátrico como este, la seguridad es nuestra prioridad absoluta. Podríais haberos puesto en peligro, tanto a vosotras mismas como a los pacientes que están bajo nuestra responsabilidad.

—Lo sabemos, y lo sentimos mucho —me apresuré en decir.

—Está muy bien el remordimiento, pero no he venido hasta aquí para buscar eso.

De nuevo, silencio.

La directora se levantó de la silla y se acercó a la estantería para colocar un libro que estaba ligeramente salido hacia afuera. La seguí con la mirada mientras se paseaba por el despacho con las manos cruzadas por detrás de su espalda.

—Necesito saber cómo llegasteis a tener en vuestras manos una tarjeta que solo tiene acceso a ella el personal, porque eso no había ocurrido en los veinte años que llevo trabajando aquí. —Se detuvo para mirarnos fijamente—. No me sirven excusas vacías ni mentiras. Necesito la verdad, y la necesito ahora.

Sabía que no saldríamos de aquí hasta que no dijésemos la verdad, o al menos una mentira que sonara lo bastante creíble. Pero lo cierto es que no se me ocurría nada, y al parecer a las otras tampoco.