En la línea de fuego 71
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Vestía con unos pantalones de traje y una blusa blanca perfectamente planchada, sin una sola arruga. Llevaba unos tacones de aguja negros que realzaban su estatura. Su cuello estaba adornado con un collar de perlas, y en su muñeca derecha lucía un reloj de pulsera plateado que parecía bastante caro.

Cuando pasó por delante nuestro para abrir el despacho con su llave, tan solo se escucharon los tacones resonando en el piso. Los dos guardias se mantuvieron rígidos como estatuas, como si por el simple hecho de no moverse la directora se fuera a olvidar de ellos. Estaba claro que su presencia imponía.

La mujer nos hizo una señal y las tres nos levantamos pa-ra entrar en el despacho. Los dos guardias también lo hicieron, pero se quedaron a ambos extremos de la puerta para vigilarla.

Mientras ella se sentaba en su silla y se tomaba su tiempo para sacar una carpeta de uno de los cajones del escritorio, las tres nos quedamos de pie, sin saber muy bien qué hacer.

Rebuscó entre las hojas hasta que extrajo unas cuantas.

Supuse que serían nuestras historias clínicas, que contenían información sobre el historial médico, diagnósticos, tratamientos, terapias y otros registros relevantes del paciente.

Estuvo en silencio durante varios minutos leyéndolas.

—Vaya, no llevas ni un día aquí y ya has infringido las normas de este centro.

No hizo falta que me mirara para saber que estaba hablando de mí. Apreté los labios y bajé la mirada, avergonzada.

—De ti, en cambio, no me sorprende mucho.

Esta vez sí que miró a una de nosotras, a Beth.

—¿Qué puedo decir? Soy bastante predecible —contestó, encogiéndose de hombros.