En la línea de fuego 70
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—¡Claro, idiota, porque tú eres Tontolix!

—¡No tiene nada de malo ser Gordolix!

—¡Sí, porque es Obélix!

—¿Y qué? ¡Obélix es genial!

—¡Pero yo quiero ser Astérix!

—¡Pues te jodes, porque me ha puesto el apodo a mí!

Lily, Beth y yo intercambiamos una mirada cuando empezaron a discutir. No pudimos evitar reír ante la absurda pero entretenida discusión que se estaba dando frente a nosotras. Incluso era la primera vez que veía a Lily sonreír.

—¡Pues, vale! ¡Obélix siempre ha sido mejor que Astérix!

—¿Ah, sí? ¿En qué? ¿En comer?

—¡En fuerza, idiota! ¡Obélix puede levantar menhires co-mo si fueran plumas!

—¡Pero Astérix es el más listo y ágil!

—¡Pues tú de listo tienes lo que yo de pelo!

—¡Pero si tienes más pelo que un oso!

—¡Me refería en la cabeza, idiota!

Beth estalló en carcajadas al oír eso.

Ellos estaban tan sumergidos en la extraña conversación y nosotras en escucharlos que nadie se dio cuenta de que la directora estaba plantada en la entrada de la sala con los brazos cruzados y una ceja enarcada. En cuanto carraspeó la garganta, ambos se giraron de golpe y sus rostros fueron dignos de enmarcar en esa misma sala.

La directora de ese psiquiátrico era una mujer de no más de cuarenta años con una expresión seria y autoritaria. Aparentaba menos edad de la que tenía, manteniendo un aspecto limpio e impoluto. Su cabello era de un tono rubio cenizo, perfectamente recogido en un moño bajo, y no tenía ni una sola arruga en su rostro.