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—Beth. . —le advertí.
—¡Si no nos hubiera asustado, ya habríamos salido del almacén hace rato y estaríamos en nuestras habitaciones con nuestras cosas!
—Yo no. . no pretendía asustaros —dijo en un murmuro tan bajo que apenas se escuchó.
—¿Ah, no? ¿Y cómo demonios te pensabas que íbamos a reaccionar?
Lily se encogió aún más en su sitio, sintiendo el peso de las acusaciones. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Era evidente que estaba siendo arrastrada a un conflicto que no buscaba.
—Beth, ya basta —intervine—. Ahora lo importante es salir de aquí sin que nos pillen.
Cuando la luz de una de las linternas se acercó peligrosamente a nuestra posición, nos agachamos de golpe. Sentí un escalofrío recorriendo mi espina dorsal mientras veía có-mo las sombras de las siluetas de los hombres danzaban en las paredes.
Nos vimos obligadas a gatear sigilosamente por el suelo cuando uno de ellos se acercó demasiado a la estantería en la que estábamos escondidas, desplazándonos a otra estantería que pudiese ocultarnos.
—Hay que. . hay que llegar a la puerta —informó Lily con voz temblorosa.
—Muy bien, genio —espetó Beth—. ¿Has llegado a la conclusión tú solita o te han ayudado?
Volteé los ojos.
—Aquí no hay nadie, tío —escuchamos que decía uno de los hombres.
Las tres intercambiamos una mirada esperanzadora.