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—No lo hago —volví a mentir.
Volteó los ojos.
—Si hay algo que debes saber de mí, es que sé detectar mentiras fácilmente. Así que, cuando te sientas preparada, ya me contarás la versión real de cómo te has hecho eso en los codos.
Por un momento detuve mis pasos, sorprendida. Sin embargo, ella siguió subiendo las escaleras como si nada.
Llegamos a la última planta sin habernos cruzado con nadie, cosa que me pareció bastante raro. En realidad, nada de esto me daba buena espina, pero seguí adelante porque necesitaba urgentemente mis cosas.
Nos escondimos detrás de una pared y, con precaución, nos asomamos a ella para ver el pasillo. Estaba desierto.
—No lo entiendo. Debería ser la planta más vigilada y, sin embargo, no hay nadie.
—Tienen horarios rotativos —me explicó—. Ahora mismo les toca hacer el cambio de turno, por lo que tenemos dos minutos para cruzar el pasillo y llegar hasta el almacén antes de que aparezcan otros dos guardias. Los turnos son de ocho horas cada uno. El primer turno de noche es de diez a seis de la mañana, el segundo de seis a dos del mediodía, y el tercero de dos a diez de la noche.
Parpadeé varias veces como una boba.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Ya te he dicho que por las noches deambulo por el hospital —contestó con aire aborrecido—. Y ahora en marcha, no hay tiempo que perder.
Comenzamos a movernos por el pasillo que conducía al almacén, evitando hacer ruido al pisar el suelo. A medida que avanzaba, observaba de reojo las puertas de las habitaciones a ambos lados del pasillo. Eran de metal y estaban ennegre-59
cidas por el tiempo. Tenían una pequeña mirilla para poder ver el interior de las celdas. Y digo celdas porque en realidad no tenía ningún sentido llamar a eso habitación.
La idea de que detrás de esas puertas se escondían asesinos de todo tipo hizo que mi piel se erizara. Pero, al mismo tiempo, una chispa de curiosidad ardía en mi interior al pensar que tal vez Nolan Jenkins se encontraba detrás de una de ellas. Me pregunté en cuál estaría.
Sin darme cuenta, mis pies se detuvieron frente a una y me puse de puntillas para intentar ver a través de la rejilla.
Estaba a punto de asomarme cuando de pronto sentí que alguien agarraba mi muñeca con fuerza y me apartaba de la puerta bruscamente.
—¡¿Qué demonios haces?! —Beth me miraba horrorizada.
—Solo iba a…
—Empiezo a creer que te han ingresado por demente
—confesó, y no sé hasta qué punto lo dijo en serio—. Vamos, mantente cerca y no te distraigas.
Observé la puerta una última vez antes de seguir.
Una vez llegamos al final del pasillo, Beth sacó la tarjeta metálica y la insertó en la cerradura. La puerta se abrió con un chasquido suave y nos adentramos en el oscuro almacén.
Solo una tenue luz se filtraba desde una pequeña ventana cubierta de polvo, iluminando débilmente las estanterías y las cajas de plástico apiladas.
—Vale, este es el plan. Cogemos nuestras cosas y nos vamos de aquí cagando leches.
No tenía intención de quedarme mucho tiempo ahí, así que asentí y nos dividimos para buscar nuestras cosas. Beth se fue por un lado y yo por otro.
Alcé la mirada hacia las altas estanterías, donde había filas 60
y filas de bandejas que parecían interminables. Había tantas que supe que llevaría tiempo encontrarlas. Cada una estaba etiquetada con el nombre de la persona a la que pertenecían las cosas.
—¿No podían estar ordenadas alfabéticamente? —escuché que se quejaba Beth desde algún lugar.
Eso habría simplificado enormemente la tarea, porque no sabía ni por dónde empezar.
Mis ojos escudriñaban las estanterías mientras caminaba a pasos lentos. Debía leer todas y cada una de las etiquetas.
La tarea parecía abrumadora, pero sabía que no podía regresar a la habitación con las manos vacías. No iba a pasar una noche más sin mis cosas, porque hasta ahora me sentía des-protegida.
Mi mirada se detuvo cuando leí el nombre de la etiqueta que marcaba una de las bandejas. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal mientras mis ojos repasaban una y otra vez el mismo nombre.
«Nolan Jenkins»
Ahí estaban sus cosas.
No lo había pensado hasta ahora, pero quizás me podrían ser de gran utilidad.
¿Y si había alguna prueba incriminatoria, algún objeto que lo vinculase a los crímenes que se le atribuían? O, tal vez, un diario en el que confesara todo lo que había hecho en contra de la justicia. Eso podría ser suficiente para Foster y su equipo, ¿no? Lo que significaría que me podría ir de aquí antes de lo previsto.
Tan solo de pensarlo hizo que me entraran unas inmensas ganas de dar saltos de felicidad por todo el almacén.
Empujé un poco la bandeja hacia afuera y le eché un vistazo a su interior. Solo había cosas insignificantes: un par de 61
lentes de sol, unos auriculares conectados a un viejo reproductor de música, un reloj de pulsera sin pilas y… un cuaderno.
Bingo.
Lo cogí con cuidado y expulsé el polvo que se había acumulado en la tapa antes de abrirlo. Nada más hacerlo, se ca-yó algo a mis pies. Me agaché para cogerlo y fruncí el ceño al ver que era una mariposa de papel. Y la había hecho con una hoja de ese cuaderno, porque estaba arrancada.
—¡He encontrado mis cosas! —gritó Beth desde la lejanía.
Hojeé algunas de sus páginas, pero todas estaban en blanco. Solté un suspiro de frustración al darme cuenta de que no me serviría de nada y lo dejé de nuevo en la bandeja.
—¿Qué haces?
Mi corazón dio un vuelco al ver a Beth justo detrás de mí, asomándose por encima de mi hombro. Fingí que estaba colocando bien la bandeja antes de pasar a otra.
—Nada. ¿Qué has cogido?
Al voltearme hacia ella vi que tenía una cámara de fotos en una mano, y en la otra… ¿Una botella de alcohol?
—¿Qué haces con eso?
—Es mi cámara para hacer fotos. Desde pequeña fotogra-fío las cosas que suceden a mi alrededor.
—Me refería a la botella.
—Ah, estaba en una bandeja. Alguien fue tan estúpido que pretendía entrar con una botella de whisky en un manicomio. En fin, no lo culpo. Yo también querría emborracharme en este sit…
—Hola —se escuchó detrás de nosotras.
—¡AAAAAAAAHHHHHHHHHHHH! —gritamos al unísono.
A Beth casi se le resbaló la botella de las manos, y a mí 62
casi se me salió el corazón por la garganta.
Lo que menos esperábamos era encontrarnos con nuestra compañera de habitación. Estaba ahí, de pie, parada a un metro de nosotras, observándonos fijamente con esos enormes ojos celestes.
La repasé varias veces con la mirada de arriba a abajo, como si quisiera corroborar que realmente estaba ahí.
—¡Lily! ¡¿Qué haces aquí?! —inquirió Beth con una mano en el corazón, todavía recuperándose del susto.
—Yo también quería recuperar mis cosas.
Jugueteaba nerviosamente con los bordes de su vestido, evitando el contacto visual.
—Pero, ¿tú no estabas durmiendo? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Os he seguido —murmuró, cabizbaja.
Beth y yo intercambiamos una mirada.
—Lo siento, yo. . no quería asustaros —añadió, su voz era apenas un susurro.
—¡Pues lo has conseguido! ¿Quieres que muera por un infarto o qué? ¡Lo último que quiero es morir en el almacén de un hospital psiqu. .!
Le di un codazo a Beth para que dejara de hablar. La mirada de Lily estaba clavada en el suelo, como si estuviera avergonzada. Incluso parecía estar a punto de llorar. Y los reproches de Beth no la estaban ayudando en absoluto.
Mi primer impulso fue dar un paso hacia ella y colocarle una mano en el hombro, pero después de ver la reacción que tuvo la última vez que intenté hacer eso, me limité a hablarle sin contacto físico.
—No tienes que disculparte, Lily. Es solo que no deberías seguirnos por lugares como este, es peligroso.