En la línea de fuego 57
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—¿Por qué no hay guardias de seguridad? —le pregunté en voz baja.

—En esta planta sólo está Marlon, pero hoy no sé a dónde está.

Sonreí para mis adentros al pensar que debería estar oculto en algún lugar del hospital, rezando para no encontrarse con Adler.

Beth se conocía tan bien este lugar en tan poco tiempo que era fascinante. A medida que íbamos pasando por algunas zonas del hospital, me explicaba lo que sucedía cada día en ellas y la probabilidad de que se llenara de gente de-pendiendo de la hora que fuera.

Por un momento pensé lo buena que sería en mi trabajo, ejerciendo de investigadora privada. Era muy observadora y se le daba bien recordar detalles, una de las cualidades principales que se valoraban en ese trabajo.

Miré hacia arriba y solté un resoplido al ver las escaleras que nos esperaban para llegar hasta la última planta. Comenzamos a subirlas sigilosamente. Bueno, al menos yo. Porque Beth no paraba de hablar.

—. .y un hospital psiquiátrico debería ser un lugar colorido, lleno de ventanales y macetas con flores. ¿Qué lógica tiene que sea tan aterrador? Las personas que están aquí ya son lo suficientemente depresivas como para que encima…

—¿Podemos centrarnos?

—Sí, perdón.

Seguimos subiendo en silencio. Sin embargo, no tardó mucho en volver a abrir la boca.

—¿Crees que hablo mucho?

—No —mentí.

—No mientas.