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—Podría preguntarte exactamente lo mismo —contestó, cruzándose de brazos y mirando con recelo al chico que tenía a mi lado.
Estaba claro que no quería saber por qué estaba aquí, sino por qué estaba con él.
—Me he resbalado en las duchas —mentí—. Él sabía dónde estaba el botiquín, y me ha ayudado a curar las heridas.
—¿Me ha ayudado? —repitió Adler, incrédulo.
—Bueno, puede que lo hayas hecho tú. Pero yo también he colaborado, ¿vale?
—¿En qué?
—En dar tema de conversación.
—Oh, ¿en serio? Vaya, eso es de gran ayuda —ironizó.
Lo fulminé con la mirada.
—Pues sí, porque si no fuese por mí nos habríamos quedado en silencio todo el rato.
—¿Y cuál es el problema?
Iba a protestar cuando Beth comentó para sí misma:
—A veces me levanto por las noches para echarle un vistazo a este sitio de mierda y darme cuenta de que tengo todavía más motivos para cortarme las venas.
Me giré hacia ella con una mueca de sorpresa y horror a partes iguales, la cual se limitó a encogerse de hombros.
—Espera un momento. ¿Eso es una tarjeta metálica?
—preguntó Beth al ver que Adler se estaba metiendo algo en el bolsillo.
—Sí —contestó él sin titubear.
—¿De dónde la has sacado?
Me giré hacia él esperando una respuesta, pues yo tampoco tenía ni idea. Pero eso explicaría cómo había entrado 55
en el despacho de la directora.
—Se la he robado a un guardia.
—¿No será que tienes un pacto con ellos o algo así?
—cuestioné, desconfiada.
—¿Por qué iba a tener un pacto?
—No sé, tal vez por eso siempre se te ve hablando con ellos.
—¿Y tú cómo sabes eso si eres nueva?
—Porque me lo han dich. . —me corté a mí misma—. Espera. ¿Y tú cómo sabes que soy nueva?
A él le vino de perlas que Beth irrumpiera en la conversación, porque parecía no querer decirme la respuesta a eso.
—Vale, me estáis causando dolor de cabeza. No quiero saber cómo demonios has conseguido la tarjeta pero, ya que la tienes, podemos darle un buen uso.
Adler y yo intercambiamos una mirada.
—¿A qué se está refiriendo tu amiga?
—No lo sé.
—Pues deberías.
—No soy adivina, idiota.
—No me me llames idiota.
—¡Es que tus preguntas lo son!
—Por dios, ¿podéis dejar de pelear de una vez? —cuestionó Beth, rodando los ojos—. Juntos sois como dos moscas cojoneras.
La miré, claramente ofendida.
—Vamos a colarnos al almacén de la última planta —aclaró ella al fin.
—¿En la unidad de tratamiento residencial? —cuestionó Adler.