En la línea de fuego 51
7%

51

No quería ni pensar en ello.

Una vez vestida, salí de los baños y me encontré con el chico esperando en el pasillo. Estaba de espaldas a mí, con un hombro apoyado en la pared y los brazos cruzados en su pecho.

Cuando escuchó mis pasos, se despegó de la pared e hizo un ligero movimiento con la cabeza para que lo siguiera. A pesar de que no confiara en él, no tenía otra opción más que aceptar su ayuda. Así que lo seguí por detrás.

El silencio reinó entre nosotros mientras uno andaba al lado del otro. Él no parecía incómodo, simplemente andaba en silencio, como si ya estuviese acostumbrado a él. Yo, en cambio, tuve que romperlo.

—Gracias —murmuré—. Si no hubieses llegado, no sé qué habría pasado.

—No iba a permitir que asumieras unas consecuencias de algo que no has hecho tú, sino yo.

Fruncí el ceño, confusa. Entonces recordé lo que me había dicho Marlon justo antes de que él apareciera, y todo comenzó a cobrar sentido.

—Así que, ¿fuiste tú quien se coló en el despacho de la directora? ¿Por qué lo hiciste?

—No es asunto tuyo —contestó, tajante. Sus palabras eran frías y directas.

Se detuvo en el botiquín que estaba colgado en la pared del pasillo y lo dejó en el banco de piedra junto al gran ventanal. Me impulsé hacia arriba con la ayuda de mis brazos y me senté en él mientras el chico buscaba el material necesario. Parecía saber bastante sobre el tema, porque cogía todo lo que necesitaba sin dudar.

Empapó una gasa estéril en el líquido que contenía la botella de desinfectante y, con mucho cuidado, tomó uno de 52

mis brazos y comenzó a limpiarme suavemente las raspaduras.

—Pica —me quejé, haciendo una mueca de dolor.

—Es necesario para evitar que se te infecte.

Sonreí un poco al recordar que eso era justamente lo que solía decir mi padre cada vez que regresaba del colegio con las rodillas raspadas y le tocaba curarme. Siempre se quejaba de lo torpe que era.

Después de limpiar las heridas, tiró la gasa usada y tomó una nueva para repetir el proceso en el otro brazo hasta que estuvo seguro de que las raspaduras estaban completamente limpias. Aplicó una capa fina de pomada antibiótica en mi piel y cubrió mi codo con una venda adhesiva estéril.

Mientras lo hacía no pude evitar observarlo. Su cabello parecía más rubio bajo la luz de la luna, que se colaba por los barrotes del ventanal. Sus ojos se mantenían concentrados en su tarea.

Sacudió ligeramente la cabeza cuando un mechón rebelde de su cabello, que se escapaba de su capucha, le cubrió uno de sus ojos. Ese simple gesto provocó todo tipo de reacciones en mi cuerpo.

—Todavía no sé cómo te llamas.

Realmente llegué a pensar que no me lo diría, porque se mantuvo en silencio lo que pareció una eternidad.

Pero, finalmente, escuché que decía:

—Adler.

Asentí con la cabeza y comencé a balancear mis pies, que habían quedado colgando, esperando a que me preguntara cómo me llamaba yo.

—Supongo que estarás esperando a que te pregunte có-mo te llamas tú.