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Se calló de golpe cuando sintió la presión de la pistola en su cabeza.
—Una gilipollez más y te vuelo la cabeza.
Marlon tragó saliva con fuerza y comenzó a perder el color en su rostro.
—Está bien, tranquilo. ¿Qué. .? ¿Qué quieres?
El chico ladeó la cabeza.
—¿Honestamente? Pues me encantaría atravesarte una bala en el cráneo y que murieras incluso antes de tocar el suelo. Pero, si hiciera eso, estoy seguro de que asumiría unas consecuencias que preferiría evitar. Así que primero quiero que te disculpes con ella.
Marlon ya ni siquiera se atrevió a contradecirle, ahora parecía un maldito perro asustado, así que me miró con resentimiento, pero finalmente murmuró una disculpa forzada.
Todavía apuntándolo con la pistola, el chico añadió:
—Luego, quiero que prometas que no volverás a acercarte a ninguna de las chicas de este hospital, y mucho menos es-piarlas en las duchas sin su consentimiento.
Marlon asintió reiteradamente con la cabeza, como si temiera que en cualquier momento le diese utilidad a esa pistola por una simple respuesta que no quería oír.
—Quiero escucharte.
—Lo prometo —dijo el hombre en voz baja.
—Más fuerte.
—¡Lo prometo! —exclamó con rabia.
—Bien. Si rompes esa promesa, si vuelvo a oír que te acercaste a alguna de ellas o te veo rondando por aquí, te aseguro que mis deseos iniciales se convertirán en una realidad muy desagradable para ti.
Finalmente, el chico bajó la pistola y se la entregó para 50
que pudiese cogerla por la culata. Marlon la tomó, algo desconfiado, pero no dijo nada. Recogió su cinturón del suelo y aprovechó la oportunidad para alejarse prácticamente corriendo de ahí.
El chico me extendió su mano para ayudarme a levantarme. Dudé un poco, pero finalmente acepté y me elevó del suelo con sorprendente facilidad.
Al tenerlo tan cerca tuve que elevar la cabeza para mirarlo por la diferencia de altura, que era bastante notable. Entonces pude detallarlo mejor. Sus ojos afilados eran verdes, salpicados en tonos marrones y amarillentos. Tenía las cejas ligeramente fruncidas, observándome con preocupación. Y
su mandíbula prominente y cuadrada estaba tensa, creando una perfecta línea bien definida.
Y, por algún motivo, algo en él me resultaba extrañamente. . familiar.
—¿Estás bien? —me preguntó, con una voz mucho más suave.
Lo miré con los ojos muy abiertos. Todavía seguía procesando lo que acababa de pasar.
Al ver que no contestaba, me revisó de arriba a abajo en busca de heridas o señales en alguna parte de mi cuerpo.
Detuvo su mirada en las raspaduras de mis codos.
—No es nada —quise aclarar al ver que sus hombros se tensaban.
—Hay un botiquín de primeros auxilios en el pasillo. Sé dónde está. Pero primero, vístete.
Y, dicho eso, se alejó por la puerta para que pudiese dejarme intimidad para cambiarme. Tardé varios segundos en reaccionar. Aunque me sentía aliviada porque hubiese aparecido, aún seguía teniendo un nudo de ansiedad en el estómago. Había estado muy cerca de…