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—¿Qué debería hacer contigo? —preguntó por sí mismo.
Se inclinó hacia mí y se acercó tanto que pude notar su repugnante aliento a escasos centímetros de mi piel. Tomó mi rostro con una mano y elevó mi mentón para que lo mirara directamente.
Al ver que no le contestaba, esbozó media sonrisa.
—Porque no creerás que te irás de rositas, ¿verdad?
—Que te jodan —dije, apretando los dientes con rabia.
—Respuesta incorrecta.
Quise gritar, llorar, salir corriendo. Pero el miedo me paralizó por completo. Tan solo podía pensar en qué demonios sería de mí ahora que me habían descubierto. Y tal vez merecía un castigo, pues lo que estaba haciendo era ilegal. Pero no ese. Nadie merece algo así.
—No tienes porqué hacer esto.
—Lo sé, pero le agrega un toque emocionante —respondió con una mezcla de diversión y malicia en los ojos—. ¿Y bien?
¿Qué piensas que mereces por espiar a la gente?
Intenté apartarme de él, pero su agarre en mi mentón era firme.
—No sé qué crees que viste, pero estás equivocado.
—Oh, querida. No es lo que yo haya visto, es lo que tú viste. Te has metido en el despacho de la directora, y eso tiene consecuencias.
Espera, ¿qué?
Antes de que pudiese pensar con claridad lo que acababa de insinuar, se escuchó justo detrás de él el sonido de alguien deslizando el seguro de una pistola.
—Quítale las manos de encima. Ahora.
La sonrisa de Marlon se le borró al instante.
Por un momento me miró con desconfianza, como si yo lo 48
hubiese planeado todo. Pero estaba igual de sorprendida que él.
Cuando al fin me soltó y se separó de mí, contuve el aliento al ver que había un chico sosteniendo una pistola con una mano. Le estaba apuntando directamente en la cabeza mientras lo escudriñaba con la mirada.
Reconocí en seguida ese pelo rubio, esos ojos verdes y esa capucha gris que llevaba puesta.
Por un instante, Marlon se quedó completamente en blanco, sin saber qué hacer o decir. Alzó las manos por encima de su pecho y esbozó la sonrisa más falsa que había visto en mi vida.
—Tranquilo, ¿vale? Dame la pistola antes de que…
—Me pregunto qué haces trabajando en un manicomio cuando deberías estar ingresado en él —masculló con desprecio.
El guardia, con las manos en alto y la falsa sonrisa en su rostro, intentó mantener la calma mientras respondía:
—Vamos, chico. Dame la pistola y acabemos con esto antes de que las cosas se pongan peores, ¿sí?
—Dime, Marlon. ¿Tienes hermanas? ¿Hijas?
El hombre soltó una risa, aunque esta vez sonaba más nerviosa.
—No lo repetiré, dame la…
—Respuesta incorrecta.
La sonrisa de Marlon desapareció lentamente al comprender que no tenía el control de la situación, y que sólo podría salir de ella obedeciendo al chico de ojos verdes.
—Sí —dijo finalmente—. Una hermana.
—¿Y te gustaría que la espiaran mientras se ducha?
—Yo no estaba espiando a nadie, solo…