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—Es curioso —siguió—, crees que espiar a las personas está mal, y sin embargo, eso es justamente lo que haces tú.
De pronto, todos los muros que había alzado se vinieron abajo.
Un escalofrío recorrió mi espalda al darme cuenta de que acababa de descubrir mi verdadera identidad. No sabía cómo ni cuándo, pero lo que sí sabía es que tenía que salir de ahí cuanto antes.
Entonces mis piernas se movieron solas incluso antes de que pudiese controlarlas, y comencé a correr hacia la única entrada en un intento desesperado por salir de ahí.
Ahogué un grito cuando me alcanzó y tiró de mí con brusquedad, lanzándome al suelo en un golpe seco. Por suerte la toalla estaba bien sujeta, pero mis codos se ras-paron con las baldosas del suelo.
—¿A dónde te crees que vas?
Sentía mi corazón bombear tan deprisa que retumbaba en mis oídos. Estaba empezando a sentir una inmensa angustia en el pecho, y la cosa empeoró cuando empezó a desabro-charse el cinturón.
—Mereces un castigo por entrometida, ¿no crees?
—Si me haces algo, voy a gritar —le advertí, aunque mi voz vaciló un poco.
—¿Y crees que alguien va a oírte a estas horas de la noche?
Arrojó el cinturón al suelo, lanzándolo unos cuantos metros atrás.
Se me pasó por la mente la idea de cogerlo, ya que había una pistola sujeta en él, pero no estaba a mi alcance. Había ido a parar muy cerca de la puerta y, desgraciadamente, la puerta estaba lejos de mí. Así que no podía ni huir, ni protegerme.