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Mira quién fue a hablar.
—No sé, pero si tienen intención de servir otra vez este puré en el almuerzo o la merienda, casi que prefiero que no haya.
Si no iba a morir en manos de un asesino, iba a morir de hambre. Así que seguí su consejo y cogí la cuchara, obligándome al menos a probarlo. Cuando vi que el puré era más pegajoso de lo que aparentaba ser, hice una mueca, pero me lo metí en la boca de todos modos. Lo mastiqué con verdadero esfuerzo.
—¿Cuándo nos devuelven nuestras pertenencias? —le pregunté, tratando de no pensar en su extraña textura ni en su repugnante sabor.
—Ni idea. A mí todavía no me las han devuelto.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Dos semanas.
Catorce días eran demasiados. Necesitaba recuperar al menos el bolígrafo que me permitiría comunicarme con Foster.
Mientras comíamos, observé a los otros pacientes a nuestro alrededor. Algunos estaban absortos en sus propios pensamientos, otros charlaban amistosamente con las personas que tenían a su lado, mientras que unos pocos apenas tocaban sus bandejas.
Por ahora seguía sin verlo.
—¿Aquí también hay personas que han cometido delitos graves? —pregunté.
—Hay de todo. Pedófilos, asesinos, maltratadores, piró-manos…
Pese a saberlo, me estremecí al pensar que estaba rodeada de personas que habían cometido actos atroces. Cada par 36
de ojos que se posaban en mí hacía que me replantease por un segundo mi situación.
—¿Y no hay ninguna medida de seguridad más estricta para ellos?
—Los que residen en la última unidad no pueden salir de sus habitaciones, así que les llevan ellos la comida.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿No pueden salir? ¿Nunca?
Negó con la cabeza antes de darle un sorbo a su vaso de agua.
—Nunca. Así que no te preocupes.
¿Que no me preocupara? ¡Me estaba saliendo todo mal!
Foster me dijo que había áreas comunes donde podría encontrarme con él. El comedor era una de ellas. ¿Cómo iba a acercarme a él, entonces?
—¿Por qué estás aquí? —preguntó, curiosa.
Me removí en el asiento, incómoda.
—Mis padres fallecieron en un accidente —expliqué—. Decidí venir aquí de forma voluntaria. No podía estar ni en mi propia casa. Todo me recordaba a ellos.
Bajé la mirada para fingir que me había costado contarle eso. Pero, cuando noté que entre nosotras reinaba un incómodo silencio, volví a mirarla y me di cuenta de que me estaba observando con el ceño fruncido.
¿Habría sonado creíble? ¿Acaso a las personas que les había sucedido de verdad eran capaces de decirlo así, sin más?
Estaba a punto de agregar algo más a mi piadosa mentira, cuando Beth finalmente dijo:
—Qué raro. No suelen aceptar a personas que ingresan de forma voluntaria. —Meneó la cabeza, como si hubiera despertado de un trance. —Siento lo que has tenido que pasar.