En la línea de fuego 33
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—Solo la mía.

Me dedicó una triste sonrisa que no tardé en descifrar, y entonces me arrepentí enseguida de haber hecho tal pregunta.

Tragué saliva con fuerza, sin saber qué decir.

—Es casi la hora de comer. Y, aunque probablemente tengas de todo menos hambre, es obligatorio asistir al comedor.

Vamos. —Me hizo un ligero movimiento con la cabeza—. Te enseñaré este infierno por dentro y a los demonios que no debes visitar.

No pasé por alto que, de las pocas personas con las que había interactuado, dos de ellas ya se habían referido a este lugar como «infierno».

Me levanté a duras penas y la seguí. Cuando cruzamos el pasillo, sentí un escalofrío. Todavía resonaban en mi cabeza los gritos desgarradores de esa chica. No sabía si había llorado por el dolor físico que sentía, los problemas que la atormentaban por dentro o simplemente porque no le habían dejado terminar lo que empezó.

Pasamos por una pequeña sala en la que se bifurcaban dos caminos; uno que llevaba al patio interno del hospital y otro que conducía al comedor, que se entraba por dos puertas de madera bastante pesadas.

Beth se me adelantó y las empujó, dando paso a un lugar espacioso con varias mesas y sillas esparcidas por la estancia. En uno de los extremos, un grupo de personas uni-formadas repartía la comida en bandejas que debías coger por tu cuenta. El lugar estaba tristemente iluminado por unas lámparas tenues colgadas en el techo que apenas lograban alumbrar algunas mesas.

Cada una tomó una bandeja vacía y nos colocamos en la fila. No estaba segura de qué esperar en cuanto a la comida, 34

pero me había preparado mentalmente para lo peor.

—Bueno, bienvenida a Henninger, donde la comida es tan aterradora como el hospital en sí.

La mujer que le estaba sirviendo la comida la fulminó con la mirada, pero Beth no se inmutó y continuó con sus comentarios sarcásticos.

—Mira, aquí viene el manjar del día. Yo lo llamo el puré incógnita, porque quién sabe qué demonios estarás comiendo.

La mujer suspiró con exasperación antes de pasar a servir a la siguiente persona en la fila, que resultaba ser yo.

En cuanto puso una cucharada de aquel puré viscoso y amarillento en mi bandeja, las náuseas que había sentido minutos atrás volvieron con más fuerza aún. Era difícil ignorar su olor y la apariencia poco apetitosa que tenía. A pesar de tratar de ocultarlo, Beth se dio cuenta y me miró, divertida.

Me condujo hacia una mesa que había libre en el centro de la sala y nos sentamos con las bandejas frente a nosotras.

De verdad que lo intenté, pero ni siquiera pude coger el cubierto para darle una cucharada.

Beth me miró comprensivamente, notando mi evidente lucha interna.

—El primer día que vine yo tampoco lo probé, pero te aconsejo que comas. Al menos un poco. Porque, si no lo haces, más tarde te darás cuenta de que no puedes comer hasta la noche. Y será ahí cuando habrás deseado probar ese mugriento puré.

—¿Hasta la noche? —repetí—. ¿Cuántas comidas hacen?

—Sólo tres. Desayuno, comida y cena.

—No pueden saltarse comidas. Eso es ilegal.