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Detuve mis pasos cuando vi que estaban sujetando a una chica que sollozaba entre gritos para zafarse de ellos, rogán-doles que la soltaran. Me fijé en que, en sus muñecas, había cortes profundos que estaban tiñendo sus manos de sangre.
Me giré y seguí mi camino algo aturdida, intentando asimilar lo que acababa de ver.
Llegué hasta los baños a paso apresurado y me apoyé en una de las picas cuando noté una molesta presión en el pecho. Quizás me había sobreestimado y no estaba tan preparada como creía.
Cuando levanté la mirada, vi reflejado en el suelo del baño un espeso charco de sangre. Ahí es donde debía haberse au-tolesionado, donde debía haberse querido morir.
Una mezcla de olor a humedad y metálico me llegó a las fosas nasales, haciendo que todo mi estómago se contrajera.
Me cubrí la boca cuando unas náuseas se manifestaron en mi vientre. Corrí hacia uno de los baños y arrojé el café que me había tomado esa mañana.
Ni siquiera recordaba la última vez que vomité. Y aquí estaba, expulsando hasta el único líquido de mi cuerpo.
—Los primeros días son los peores —escuché a mis espaldas, haciendo que diera un respingo.
Beth estaba apoyada en el umbral de la puerta del baño con los brazos cruzados. No parecía muy sorprendida al tener frente a ella un charco viscoso de sangre.
—A veces pienso que estos sitios están hechos para depri-mirte aún más —prosiguió.
Me limpié la boca con el dorso de la mano y tiré de la palanca del inodoro.
—No estás acostumbrada a ver sangre, ¿eh?
—¿Acaso tú sí? —inquirí con incredulidad.