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—Sí. Perderlos fue. . —titubeé, tratando de encontrar la palabra adecuada—: devastador.
Desvié los ojos hacia cualquier otro lugar por miedo a ser descubierta. Y, sin querer, mis ojos se detuvieron hacia una persona que me llamó la atención entre todas las demás.
Era un chico. Debía tener más o menos mi edad. Debajo de la capucha de su sudadera gris asomaban algunos mechones rubios, ocultando la mitad de su rostro. Tenía los brazos cruzados encima de la mesa, con la bandeja apartada a un lado. Solo se llevaba el vaso de agua a los labios de una forma pausada.
—Ni se te ocurra —dijo Beth, sacándome de mi ensimis-mamiento.
—¿Eh?
—Que no vas a acercarte a él.
—¿Por qué iba a. .?
—Porque a todas las chicas de este hospital se le caen las bragas con ese tío. ¿Es que no lo ves?
Me invitó a que le echara un vistazo al comedor, y al hacerlo me di cuenta de que muchas chicas que estaban reunidas en algunas meses cercanas volteaban para verlo. Sus miradas se posaban en él con interés y admiración, y algunas incluso susurraban entre ellas. Era evidente que atraía la atención de casi todas las chicas de ahí.
Pero él no le prestaba atención a ninguna. O no se daba cuenta del efecto que causaba en las chicas o simplemente no le interesaba. Estaba concentrado en su propia soledad, como si estuviera en un mundo aparte del resto. No devolvía ninguna mirada coqueta ni respondía a los susurros y risitas que llenaban el comedor.
—¿Recuerdas cuando te he dicho que te enseñaría a los demonios que no debes visitar? Bien, ¡pues él es uno de ellos!