En la línea de fuego 30
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—No me vengas con gilipolleces, no estamos en la escuela. Limpia eso antes de que me cabree. Y tendrás que darme el resto de chicles que tengas.

—¿Y quién te ha dicho que no lo haya podido coger del suelo?

Ella sonrió angelicalmente, como si fuera justamente eso lo que había hecho.

Marlon hizo una mueca.

—Vaya panda de raritos —murmuró, antes de desaparecer por la puerta.

La chica esperó a que se fuera para meter la mano en el bolsillo de su pantalón y sacar algo. Una caja de chicles.

—Era la única forma de ahuyentar a ese capullo. —Se encogió de hombros—. ¿Quieres uno?

Negué con la cabeza.

—Mejor, me quedan pocos y dudo que pueda conseguir más en esta mierda de sitio. Capaz que piensen que voy a intentar ahogarme con él. —Volteó los ojos—. En fin. Soy Beth, diminutivo de Bethia. Pero no me llames así nunca o lo la-mentarás, ¿lo has entendido?

Parpadeé reiteradas veces antes de asentir.

—¿Y tú eres. .?

Por poco se me olvidó mi supuesto nombre.

—Clarke.

Beth era una chica de finos rasgos y piel pálida con el pelo liso, negro como el azabache. Le llegaba por encima de los hombros, remarcando sus facciones, y contrastaba con sus ojos color ámbar.

Su forma de vestir reflejaba su carácter rebelde y des-preocupado. Llevaba unos tejanos negros, rotos por las rodillas, y una camiseta del grupo musical Chase Atlantic.