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No supe si fueron los nervios o el miedo a ser descubierta, pero solté de mala gana:
—¿Es que tal vez no les parezco lo suficiente demente?
—No eres la clase de chica que suele venir aquí —reconoció el guardia, lanzándome una mirada lasciva a medida que sus ojos recorrían mi cuerpo—. Aunque, como bien dicen, las más guapas son las que están más locas.
Alcé las cejas, mostrando una clara indignación.
—¿Disculpa?
Él se limitó a sonreír con astucia. Mientras tanto, la mujer estaba hojeando los papeles que había dejado encima del mostrador.
—Trastorno de estrés post traumático —musitó sin despegar la vista de la hoja.
—Así es.
Debía hacerme pasar por una chica cuyo pasado era lo suficientemente trágico como para acabar en un manicomio tras haber sido diagnosticada por ese trastorno. No me iba a resultar tan difícil. Al fin y al cabo, mi pasado no es que fuera de color rosa.
Viéndolo positivamente, algo que me ahorraba fingir.
Solo recé para que Foster hubiera hecho su trabajo de manera meticulosa. Había depositado toda mi confianza en él para que proporcionara la información necesaria sobre mi nueva identidad, y a poder ser que fuera creíble.
Esperaba que todos los documentos falsificados, las historias inventadas y los detalles que había preparado cuadra-ran perfectamente.
La mujer levantó un momento la mirada para clavarla en mí y forcé una sonrisa, intentando parecer tranquila y segura de mí misma. En mi mente, repetía el nombre falso, la his-26
toria de por qué estaba aquí y las respuestas a las preguntas que podrían surgir. Mi vida dependía de esa actuación.
Luego siguió leyendo más y más. Empecé a perder la paciencia. ¿Qué había tanto que leer? Cada segundo que pasaba se sentía como una eternidad, y mi mente daba vueltas en círculos mientras imaginaba todas las formas en que esta situación podría descarrilar.
Si me descubrían no sólo perdería el trabajo, me mandarían a prisión tras acusarme de falsificación de identidad, alla-namiento e invasión de la privacidad, entre otras muchas cosas. Por no decir que eso implicaría no poder obtener el dinero para mi padre.
—En ese caso, bienvenida al hospital psiquiátrico Henninger —sentenció finalmente.
Cerré los ojos y dejé salir el aire que hasta ahora no me había dado cuenta que había retenido en mis pulmones. Tal y como me indicó la mujer, dejé mis pertenencias en una bandeja de plástico.
—Eso también —me ordenó, señalando la libreta y el bolígrafo que llevaba a mano.
Mierda.
—Es mi diario —mentí—. No puedo convivir sin él.
El guardia me lo arrebató de las manos descaradamente y le echó un vistazo. Alzó una ceja, incrédulo, al darse cuenta de que todas las páginas estaban en blanco.
—¿Y cómo es que todavía no has escrito nada en él?
Piensa en algo, rápido.
—Es un diario muy especial —contesté con la máxima naturalidad posible, encogiéndome de hombros—. Solo lo u-tilizo para anotar los momentos más significativos de mi vi-da, y hasta ahora no ha ocurrido ninguno lo suficientemente emocionante como para merecer un espacio en estas pá-27
ginas en blanco.
—Bueno, aquí no te hará falta. Puedes resumir este sitio en una palabra.
Me cogió el bolígrafo de las manos y escribió algo. Después, me lo mostró con una amplia sonrisa.
Había escrito «infierno» en grande.
—Lo siento, señorita Emmett —habló la mujer—. Los pacientes no tienen acceso a sus objetos personales inmediatamente después de ingresar al hospital psiquiátrico.
Antes de venir aquí me informé sobre las políticas específicas de ese hospital y los objetos personales que se permitían llevar. En ningún lugar mencionaban eso.
—Pero…
—Marlon le acompañará a su respectiva habitación —me cortó.
No me quedó más remedio que dejar la libreta y el bolígrafo junto con el resto de cosas.
Me pregunté si Foster estaba al tanto de esto, pues sin esas dos cosas no había forma de plasmar en escrito todo lo que descubría. Y, sin el pinganillo que contenía dentro el bolígrafo, quedaba completamente incomunicada con el exterior.
El guardia inspeccionó mi mochila, donde llevaba ropa cómoda, mi cepillo de dientes, pasta dental y desodorante, antes de dármela de nuevo y guiarme por los pasillos.
Mientras andaba, miré hacia atrás y vi por encima del hombro a la mujer sonriéndome. Aunque su boca estuviera curvada hacia arriba, sus ojos no reflejaban la misma alegría que su sonrisa.
Aproveché para echarle un vistazo al lugar. Por dentro no era mucho menos aterrador de cómo se veía por fuera. Los 28
pasillos eran tan largos y oscuros que no eras capaz de ver hasta dónde llegaban, y a falta de ventanales el lugar se veía sombrío pese a ser de día. No me quería ni imaginar cómo sería de noche.
No había mucha información en internet sobre Henninger, pero al ser investigadora privada no me resultó muy difícil encontrarla. El hospital se dividía en seis pisos para atender a diferentes pacientes con necesidades específicas.
En el primer piso se encontraba únicamente la unidad de admisión, es decir, los pacientes que acababan de ingresar al hospital. Así que ya sabía a dónde me estaba dirigiendo.
El segundo piso estaba ocupado por la unidad de agudos, pacientes que requerían de atención inmediata debido a una crisis psiquiátrica. Ahí es donde me mandarían al cabo de unos días.
En el tercer piso se hallaba la unidad de trastornos ali-mentarios, personas con bulimia, anorexia u otro tipo de trastorno.
El cuarto piso estaba reservado para los pacientes con problemas de salud mental y abuso de sustancias.
En el quinto piso residía la unidad de geriatría, destinada a pacientes mayores de sesenta y cinco años con problemas de salud mental.
Y, finalmente, en el último piso, el seis, estaba la unidad de tratamiento residencial, esos pacientes con trastornos graves que podían afectar significativamente su capacidad para llevar una vida normal fuera del hospital, por lo que necesitaban un tratamiento más prolongado. Ahí se encontraba la persona que estaba buscando, el motivo de mi ingreso.
Pasamos por un estrecho pasillo cuyas puertas eran iguales, no se diferenciaban entre sí, hasta que se detuvo en 29
una de ellas y giró el manillar para abrirla.
No fue una sorpresa para mí que no tuviera ningún método de seguridad más riguroso, como tarjetas magnéticas, cerraduras electrónicas o incluso una simple llave tradicional. Sabía que en este hospital las puertas no estaban hechas para retener a las personas dentro de la habitación.
Podían salir siempre que quisieran. Excepto en la última unidad, claro. Ahí cambiaba la cosa.
Al entrar vi que había dos chicas en la habitación. Una de ellas estaba recostada en una de las camas. No sé si estaba dormida o simplemente descansando, tan sólo veía su espalda.
La otra se encontraba de pie, apoyada en la pared con los brazos cruzados. Estaba mascando algo en su boca de una forma bastante exagerada. Por lo que, cuando nos quedamos en silencio, solo se escuchó ese ruidito.
—Más vale que eso que tienes en la boca no sea un chicle, Donovan —le advirtió Marlon.
—¿Y qué va a ser sino? —respondió ella, como si su pregunta fuese de lo más absurda.
—Escúpelo. Ahora.
Ella se lo sacó de la boca y sonrió ampliamente mientras lo pegaba en la pared que tenía detrás, sin quitar los ojos de él.
Al ver que Marlon se la quedaba observando con una ceja enarcada, dijo:
—Es una obra de arte efímera, ¿vale?
—¿Una qué?
—Oh, Marlon, me decepcionas. La belleza de lo efímero es que se desvanece por sí misma. En unos días, este chicle será historia y nadie se acordará de él.