En la línea de fuego 23
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Rodeamos una fuente de agua con unas pequeñas estatuas angelicales esculpidas en piedra. Me causó gracia la ironía, porque ese sitio debía ser de todo menos un paraíso.

El coche se detuvo justo enfrente de la entrada del edificio. La fachada del hospital se extendía en una línea larga de ladrillos carcomidos por el tiempo y la negligencia. Las ventanas eran pequeñas y estrechas, enmarcadas por piedra desgastada con moho. Algunas de ellas tenían rejas oxidadas.

Estaba convencida de que, si buscabas en internet «los hospitales más aterradores de todos los tiempos», el primero en salir sería ese.

Me desabroché el cinturón y volteé para despedirme de Landon, pero él ya me estaba mirando en silencio con el miedo y la preocupación palpando en sus ojos.

—Estaré bien —aseguré, intentando sonar lo más convincente posible.

—¿Me estás intentando convencer a mí o a ti misma?

—Supongo que a ambos —admití.

—Pues no te está funcionando.

Él apartó la mirada al frente y tensó la mandíbula.

—Voy a matar a Foster.

—No lo harás.

Soltó una risa irónica.

—Ponme a prueba.

Si no fuese policía, me hubiese preocupado de verdad.

—Había otras opciones, Jules. Siempre las hay.

—Lo sé, pero no siempre se te ofrece una oportunidad así.

—Desde luego —murmuró.

El abrazo que me dio después me resultó bastante reconfortante, y no supe lo mucho que lo necesitaba hasta que 24

nos separamos de nuevo. Deseé por un instante congelar el tiempo y seguir aferrada a él hasta que todo esto terminara.

—Ten cuidado, ¿vale? Y si en cualquier momento quieres renunciar al plan, avísame y te sacaré de aquí.

Asentí con la cabeza y tomé un profundo suspiro antes de salir del coche.

Noté la mirada de Landon clavada en mi nuca mientras avanzaba rumbo a la puerta. Hasta que no estuve dentro no escuché el motor, como si quisiera protegerme de cualquier peligro externo, cuando el peligro real se encontraba dentro de esos muros.

Una sensación de ansiedad se apoderó de mí mientras veía cómo el vehículo de Landon se alejaba por el camino de tierra y me encontraba sola frente a la imponente fachada del hospital.

Ya estaba ahí.

Ya no había marcha atrás.

Una mujer adulta sentada tras un mostrador estaba charlando con el guardia de seguridad, un hombre alto y robusto. Él estaba de pie a su lado mientras le susurraba algo al oído y la mujer sonreía satisfecha. A mi parecer estaban demasiado cerca como para ser dos simples personas que ejercían su trabajo.

Me aclaré la garganta ruidosamente, haciendo que al fin se separaran y me prestaran atención. En cuanto me vieron, me miraron con recelo.

—Buenos días. Mi nombre es Clarke Emmett. He venido para ingresar de forma voluntaria en este hospital.

La mujer me echó un vistazo, desconfiada. El guardia, por su parte, se mantuvo erguido, con los brazos cruzados sobre su pecho mientras alzaba una de sus pobladas cejas. Ambos parecían dudar de mis palabras.