En la línea de fuego 20
3%

20

—Debería irme ya, mañana me iré temprano.

Él asintió.

—Descansa.

Me incliné para darle un beso en la frente, cerrando los ojos por un breve instante.

Crucé el pasillo y fui directa hacia mi despacho. Me senté en la silla, me puse las gafas y comencé a inspeccionar con calma todos los documentos que me había facilitado Foster y su equipo de investigación sobre el asesino.

Su nombre era Nolan Jenkins.

Tenía veintiséis años y había residido toda su vida en un barrio tranquilo de Toronto. A simple vista podía parecer un individuo normal y corriente. Llevaba la barba afeitada, creando una sombra que enmarcaba su mandíbula, dándole un aspecto pulido. Su cabello era tan oscuro que parecía negro como el azabache, y estaba peinado con un estilo sencillo, ligeramente corto por los lados. No llevaba piercings ni tatua-jes, y en su piel no había rastro de cicatrices o marcas.

Sin embargo, la descripción detallada de los crímenes que había cometido era aterradora. Cada uno estaba documenta-do meticulosamente, incluyendo la fecha, el lugar, la víctima y la forma en que se había perpetrado el crimen.

Algunos de los detalles eran tan escalofriantes que apenas podía creer lo que estaba leyendo. Y las imágenes que acompañaban la descripción de los crímenes eran impactantes.

Mostraban escenas horribles, con mucha sangre y evidencia de violencia extrema. Algunos de los cadáveres tenían partes del cuerpo, como el cuello, las piernas y los brazos, giradas de una forma espantosa e inhumana.

Había un post-it pegado en una de las hojas donde ponía escrito «el depredador de las mujeres». Por lo que me contó Foster, se le conocía con ese apodo porque sus víctimas eran 21

solo chicas que no superaban los treinta años.

Ya podías haber elegido a un hombre para hacer este caso, inspector.

Luego hojeé el análisis psicológico del asesino. Según los expertos, se le diagnosticaba con un trastorno antisocial de la personalidad. Esto explicaba en parte su comportamiento violento y sin empatía hacia sus víctimas.

El informe también revelaba sus patrones de comportamiento, su falta de remordimientos y su tendencia a manipular a las personas que lo rodeaban. Era un retrato sombrío de un individuo profundamente perturbado y peligroso.

Pero lo que realmente me llamó la atención no fue el análisis psicológico del asesino, sino el hecho de que todo eso era mentira. Era solo una máscara para ocultar su verdadera naturaleza y esconderse de las consecuencias.

Desvié la mirada hacia la fotografía que tenía encima del escritorio, capturando ese momento especial cuando mi padre y yo viajamos por primera vez. Éramos bastante más jóvenes. Yo debía tener catorce años y él rondaría los cuarenta.

Detrás de nosotros se erguía la majestuosa Torre Eiffel, iluminada con preciosos colores y haciendo que la imagen fuera aún más mágica.

Me quité las gafas que usaba para leer y me froté los ojos.

Esa noche no pude conciliar bien el sueño, no podía parar de pensar en lo que me depararían las próximas semanas.