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Bajé la mirada cuando noté que su mano envolvía la mía.
Tenía inyectada la vía intravenosa por donde se le adminis-traban los fármacos.
Cuando volví a alzar la mirada, vi que me estaba observando fijamente con una cálida sonrisa en su rostro, como si supiera exactamente en lo que estaba pensando y quisiera transmitirme tranquilidad.
—Voy a estar bien.
Una lágrima se escapó de mis ojos y me la limpió con el pulgar de su mano, dejándola unos instantes en mi mejilla.
—¿Qué te preocupa? —me preguntó suavemente.
Solté un suspiro entrecortado.
—No me gusta verte así, es frustrante. Me gustaría hacer algo por ti, pero no puedo.
—Cielo, ya lo has hecho. ¿Es que no te das cuenta? Tú siempre fuiste la hija que nunca pude tener. Cuando mi mujer falleció, me sentí más solo que nunca. Adelgacé trece kilos, no salía de casa ni para hacer la compra, y lloré tanto su pérdida que un día me levanté con los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos.
Hizo una pausa y bajó la mirada, como cada vez que hacía cuando hablaba de ella.
—Fue el amor de mi vida —continuó, y noté que su voz se quebraba—. Y estaba convencido de que nunca podría tener otro amor como el que compartí con ella. Entonces apareciste tú, con esos preciosos ojos azules que me recordaban al agua del mar y esa sonrisa inocente que apenas la habías mostrado al mundo. Y esa niña fue la que llenó un rincón de mi corazón que pensé que estaba cerrado para siempre. Fue un amor diferente, pero igual de valioso.
Las lágrimas fluían por mis mejillas.
—Eras una niña tan bonita e inocente que me costaba 19
pensar que tus padres te hubiesen abandonado. Cada vez que te preguntaba por ellos me decías que no te acordabas, pero estoy convencido de que simplemente te dolía hacerlo.
—Negó con la cabeza, pensativo—. Cuando llegaste de ese orfanato, no hablabas con nadie y te pasabas el día encerrada en tu nueva habitación. Entonces, de algún modo, me vi reflejado en ti. Y supe que tenía que ayudarte.
» Fue un proceso lento, pero poco a poco comenzaste a confiar en mí. ¿Sabías que al principio te comunicabas conmigo con dibujos? No hablabas, solo dibujabas. Y cada vez que me entregabas uno de esos dibujos, me sentía más cerca de ti. Recuerdo que en ellos siempre aparecían dos personas: tú y yo. Nadie más. Fue ahí cuando me di cuenta de que, para ti, yo era tu único mundo, y tú te acabaste convirtiendo en el mío.
Se me hacían algo lejanos esos recuerdos, pero no pude evitar emocionarme al escucharlos.
—Tú hiciste que me sintiera vivo, Jules. Por eso la idea de morir ya no me asusta.
Cuando terminó de hablar, era un maldito mar de lágrimas. Era como si, de repente, hubiesen salido a flote todas las emociones que retuve durante tanto tiempo.
Me acerqué a él y lo abracé con fuerza, sintiendo la liberación en ese abrazo.
—Sabes lo mucho que odio llorar —susurré con voz quebrada.
—Llorar no es malo, hija. El dolor tiene que expresarse de alguna forma. Así que hazlo siempre que lo necesites.
Cuando nos separamos, busqué algún rastro de miedo en sus ojos, pero en realidad no lo encontré. Sus palabras eran ciertas, ya no le asustaba morir.
Me puse en pie, secándome las lágrimas con la mano.