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Una sonrisa triste se asomó en sus labios, como si no se lo creyera. Y eso me dolió. Porque él había cuidado de mí desde que me sacó de ese orfanato a los trece años, así que lo menos que podía hacer por él era exactamente lo mismo. Y, aunque no fuese mi padre biológico, me había tratado como a una hija. Había sido mi apoyo constante a lo largo de los años. Ahora, era mi turno devolverle todo ese amor y cuidado.
—Lo digo en serio —agregué con determinación.
—Lo sé, Jules. Y aprecio que estés dispuesta a cuidar de mí, de verdad. Pero no quiero que te sientas atrapada o limitada por mi enfermedad. Tienes una vida que vivir y un trabajo importante que hacer.
—Nunca te veré como una carga. A estas alturas deberías saberlo.
—Vamos, mírame —me pidió, señalándose a sí mismo—.
¡Soy un auténtico coñazo!
—Ni se te ocurra bromear con eso.
Mi padre suspiró y clavó la mirada en la televisión, aunque sabía que no estaba prestando atención al programa de subastas que se estaba emitiendo.
—Oye, y. . ¿Landon sabe que te vas?
—¿A qué viene esa pregunta?
—No creo que le haya hecho mucha gracia.
—Si tú supieras. . —murmuré, recordando la discusión con Foster.
—Ese chico te quiere mucho. Lo sabes, ¿no?
Hubo un silencio entre nosotros.
—¿A dónde quieres ir a parar?
Mi padre siempre había mostrado un gran interés por la relación entre Landon y yo. Muchas veces, cuando llegaba a 17
casa después de una larga jornada laboral, me preguntaba si habíamos trabajado juntos en algún caso, por no decir que lo mencionaba constantemente en nuestras conversaciones.
Estaba convencida de que, de algún modo, quería que termi-náramos juntos. Supongo que pensaba lo mismo que yo, que era un hombre demasiado perfecto para ser verdad.
—Solo quiero asegurarme de que, cuando yo no esté, te deje en buenas manos.
Me entristeció escuchar eso, pero me esforcé para que no lo notara.
—Todavía falta mucho para que eso pase.
Se rio suavemente por mi respuesta, pero se cortó a sí mismo cuando le entró un ataque de tos. Al ver que se pro-longaba más tiempo que en otras ocasiones, me levanté y fui a por un vaso de agua. Mientras lo llenaba con la jarra, noté que mis ojos se humedecían y una desagradable sensación de angustia se apoderaba de mi pecho.
Era consciente de que mi padre cada vez estaba peor.
Ahora ya ni siquiera se podía reír a carcajadas sin que un repentino ataque de tos se lo impidiera. Incluso necesitaba mi ayuda en muchas ocasiones para levantarse o sentarse. Y
verlo tan vulnerable me destrozaba.
Me tomé unos segundos antes de volver al salón.
—Gracias —dijo débilmente, sosteniendo el vaso.
Mientras daba unos cuantos sorbos, noté que mis ojos ardían por las lágrimas que se me estaban acumulando. Las había estado reteniendo durante mucho tiempo: cuando nos echábamos a reír recordando anécdotas del pasado, cuando lo observaba en silencio durmiendo plácidamente…
De algún modo me hacía recordar que esos momentos con él no serían eternos, que algún día terminarían. Y no me veía preparada.