En la línea de fuego 12
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Una parte de mi corazón se estrujó al escuchar la urgencia en su voz, la esperanza de que cambiara de opinión. Lo que más me dolió es que sabía que no estaba mintiendo, era capaz de hacer eso por mí y mucho más.

Conocía a Landon Baker desde que empecé a trabajar con el departamento de policía de Harpers Ferry, un pueblo ubicado en el condado de Jefferson, situado en Virginia Occi-dental. Aunque mi trabajo me llevara a moverme por varias comisarías, solía ser asignada con frecuencia a la misma, la Comisaría Central de Harpers Ferry. Ahí es donde Landon ejercía como oficial de policía, y Foster ocupaba el cargo de inspector.

Pese a ser uno de los oficiales más jóvenes, destacaba entre los demás. Era en parte por esa razón que Foster demos-traba una notable tolerancia hacia él. De lo contrario, estaba convencida de que ya lo habría despedido debido a su tem-peramento.

Siempre se me había hecho atractivo. Y ya no solo por su metro ochenta ni el cabello castaño y bien peinado que enmarcaba su rostro anguloso, sino por la manera en la que protegía a la comunidad, como si le importara cada uno de los ciudadanos. Pero, sobre todo, por el trato que recibí de él desde que nos conocimos. Siempre había sido muy atento y generoso conmigo.

Para convertirme en detective, tuve que pasar por un exigente proceso de oposiciones, y después fui enviada a la comisaría de mi pueblo. Durante ese tiempo, Landon fue una ayuda incondicional. Compartíamos largas jornadas juntos, patrullando las calles de Harpers Ferry en el coche patrulla y disfrutando de paseos por la comunidad.

Al ser un pueblo tranquilo, nunca sucedía nada, lo que nos permitía abrirnos sin incidentes y conocernos más. Durante esas horas, entre llamadas y reportes, encontrábamos mo-13

mentos para relajarnos, como cuando parábamos a comer hamburguesas o tomábamos café para mantenernos alerta durante los turnos nocturnos.

Pero esta vez no podía aceptar su generosidad.

—Lo siento, pero la decisión ya está tomada.

Apretó los dientes con fuerza y meneó la cabeza, apoyando las manos en el cinturón de su uniforme.

Sabía lo que se le estaba pasando por la cabeza en ese instante, que era una chica inmadura pese a tener veinticin-co años y que muy probablemente no estaba pensando en las consecuencias.

—Bueno, es evidente que no estás de acuerdo con mi elección.

—¿En serio? ¿Qué te hace pensar eso? —inquirió con un toque de sarcasmo.

—Deja de usar el sarcasmo cuando estás molesto conmigo.

—No puedo, es mi manera de lidiar con la frustración.

Una pequeña sonrisa se escapó de mis labios, provocando que él hiciera lo mismo a pesar de las circunstancias.

—¡Landon! —le llamó un oficial—. Te necesitan en el coche de patrulla.

—Luego hablamos.

Asentí y me miró una última vez antes de irse trotando hasta el exterior.

Lo seguí con la mirada mientras me preguntaba cómo podía existir un hombre tan perfecto. La gente del pueblo lo adoraba, era un hombre comprometido con su trabajo y jamás había escuchado salir de su boca un comentario ofensi-vo. Debía ser un holograma o algo así, porque desafiaba todas las normas que asociamos con la belleza masculina.