EL ANCIANO, EL JOVEN Y LA ENFERMERA #6
La situación del teniente con quemaduras era grave, así como la de Betty, de momento parecía estable, pero por experiencia sabía que eso podía variar sustancialmente en pocas horas, más aún bajo la climatología del Sahara.
El teniente se prestó voluntario para llegar al campamento y traer ayuda, pero con un desgarro muscular en su muslo no llegaría lejos, yo, con diferencia, era la que mejor se encontraba para tal proyecto, por lo que le pedí me explicara cómo llegar utilizando su brújula.
Tomé un arma, cargué cuatro cantimploras con agua y unas latas de carne, mojé una sábana en uno de los bidones reventados de agua y me la puse en la cabeza.
Betty y yo decidimos que dada la cantidad de agua que había desaparecido en el ataque, debía llevar solución salina para hidratarme, ellos harían lo mismo, me sugirió un turbante encima de la tela mojada para mantener la humedad, el teniente me consiguió el uniforme de un compañero muy pequeño que me quedó bastante bien, intenté evadirme de la gran mancha de sangre, me tapé el rostro lo mejor posible para evitar quemaduras, metí ropa de abrigo para la noche y me preparé para el inclemente Sahara.
- Ten mucho cuidado Luisa, bebe pequeños sorbos, si no malgastarás el agua. El soldado Evans me mantendrá despierta, no te preocupes por nosotros, estaremos bien, debes centrarte en ti y evitar la deshidratación aprovechando la noche.
- Señorita Fontaine, recuerde que debe descansar al menos cada dos horas hasta que oscurezca, siempre intente protegerse bajo una sombra, hidrátese, no se exceda, aunque va a querer hacerlo, necesitará controlarse hasta que oscurezca.
Tenga, llévese esta pistola de bengalas, queda una, puede que la vean si está cerca del campamento y sí ya no están siendo atacados, recuerde siempre 70 grados noroeste.
No tiene más referente que la brújula y el mapa, cuídelos, ya le he señalado los referentes por si se pierde y nuestra ubicación, lleve esta linterna también.
Nos faltaban 30 kilómetros, en el desierto a buen ritmo puede que llegue en 13 horas y hora y media en traer ayuda, la esperamos, yo cuidaré de su amiga y del teniente Rogers.
Estará despierta no se preocupe, tengo muchas historias fascinantes que contarle.
- No teman, en 14 horas y media recibirán ayuda, os lo prometo, debo salir ahora, no debemos perder más tiempo.
- Luisa, eres la persona más valiente que conozco, no quisiera que te expongas tanto, pero si a alguien debo confiar mi vida es a ti, y por el amor de Dios, deja que te suture esa herida, no servirá de nada que te hidrates si vas dejando un reguero de sangre por todo el desierto -afirmó Betty-
- Ya lo haré yo, no te preocupes.
- Véndame el tórax y yo podré suturarte.
- Está bien, necia enfermera.
- No más que tú -dijo Betty y ambas procedimos a curar a la otra, no sé cómo pudo en su estado y hasta arriba de morfina, ya no quedaba nada de esa enfermera temerosa que conocí meses atrás-
- Cuando regrese te prometo que contestaré a todas tus preguntas.
- Madre de Dios nena, sí que debes estar preocupada por mí para prometerme algo así. No es necesario ser tan melodramáticas, basta con un te quiero.
- ¡Te quiero tonta y aguanta valiente! - dije y salí sin mirar atrás-
A más de cuarenta grados, la sensación térmica era mucho mayor porque el aire de poniente era fuego, de todos los malditos días endemoniadamente sofocantes, fuimos atacados el peor.
A la hora había consumido una cantimplora, lo estaba haciendo francamente mal, decidí ponerme la vía para la primera tanda de solución salina.
Empezaba a sentirme mareada, aturdida, caí en varias ocasiones mientras subía las dunas, en una caída la vía se salió de la vena y se rompió el contenedor, por lo que debí usar otra.
La tela en mi cabeza se había secado hacía media hora pese a nuestro invento y dado mi lamentable estado en tan poco tiempo, decidí orinar en la tela, no quería desperdiciar agua, pero tampoco quería desmayarme por el calor, además ya estaba acostumbrada a toda clase de olores.
A las dos horas descansé bajó la nimia sombra de una roca, a las 5 horas había consumido casi toda el agua, era una locura, no pensaba con claridad, todo eran malditas montañas de arena, recordé mi alucinación de aquel día, mi último en Irlanda, ahora al contrario imaginaba que las dunas eran las verdes colinas de Irlanda, en una de ellas vi la figura de un hombre, Killian pensé, que me espera en nuestra colina.
- ¡Killian espera, voy por ti! -grité-
- Halt! -respondió en alemán-
Debía ser el piloto del avión que derribaron en nuestro ataque, busqué torpemente mi arma, él se adelantó y disparó al aire-
- Ich bin Krankenschwester und arbeite bei dem Rotes Kreuz[31] -recordé que llevaba el uniforme militar, ningún elemento indicativo de la Cruz Roja, estaba jodida-
Me apuntó con el arma, yo hice lo mismo, nos quedamos así durante varios segundos, no pensaba con claridad y ni a esa distancia y mareada acertaría, lo sabía, pero intentaba mantenerme en pie y que no notara mis temblores, tal vez ninguno de los dos tenía claro que hacer o tal vez él sí, de repente dio un paso adelante, yo presioné el gatillo y en ese momento cayó redondo, me quedé al menos dos minutos sin saber muy bien que hacer.
Decidí seguir mi camino, pero ni bien anduve veinte pasos, fui hacia el alemán, no parecía estar herido, pero debía estar deshidratado, le di de beber agua, en un principio el chorrito cayó por sus labios, hasta que poco a poco iba tomando consciencia de que el líquido elemento estaba realmente en su boca y empezó a tragar.
- Te dejo un poco de agua, lo hago porque puedes ser un Yale perdido en el delirio de otros, aunque ahora mismo seguro estás delirando. Dudo mucho que te salve la vida, y tal vez haga que pierda la mía y la de mi amiga, pero pudiste disparar y no lo hiciste, capullo.
- Was?[32]
- Ich habe Wasser für dich gelassen, du idiot![33]
Le quité su arma y seguí rumbo noroeste, llevaba caminando siete horas, con pequeñas paradas, lo hacía muy lentamente, me sentía realmente agotada, empecé a tener calambres musculares, sabía que pese a hidratarme vía intravenosa el calor asfixiante hacía que lo perdiera rápidamente, además con el esfuerzo de la caminata no podía enfriar mi cuerpo, pese a intentar refrescar mi cabeza, estaba perdiendo potasio, una hora más tarde al empezar a beber mi último trago de agua empecé a vomitar y quedaba al menos una hora de sol, decidí buscar algo de sombra y descansar, había perdido demasiadas horas y no creía haber hecho ni dos kilómetros por hora.
En cuanto desapareció el sol, empecé a caminar desesperadamente, necesitaba recuperar tiempo, tenía miedo de usar la linterna y atraer al enemigo, la luna era llena y me permitía ver la brújula, intuir la línea del horizonte, de vez en cuando encendía la linterna, tres horas después pasé de la deshidratación a tener un frío intenso, la temperatura había descendido drásticamente, me abrigué y seguí caminando, no paraba por nada, me quité el turbante humedecido en orines y seguí.
Seguí, sin casi pensar más que en seguir hasta que mis piernas no pudieran más y al cabo de un tiempo fue así y caí rendida al suelo, estaba desorientada, mareada, busqué la última solución salina en mi morral, esperaba encontrarme mejor, pero al meter la mano sentí la pistola de bengalas, no sabía si estaba cerca o lejos, no podía pensar con claridad, pensé que posiblemente esa era mi última opción, y la lancé.
Vi como ascendía e iluminaba el desierto y volvía a bajar, llenándolo todo otra vez de la negrura, pensé en Gerry, me puse la vía y cerré los ojos.
- Luisa, amor mío. Luisa despierta -no sabía cuánto tiempo llevaba acostada, pero escuché su voz, y me dejé llevar por la ensoñación-
- No te vayas Gerry, quédate un poco más, en un momento continuo.
- Descansa cariño, he seguido la bengala y ¡por supuesto eras tú!
- La he encendido para ti, si hubiese tenido más, las hubiera lanzado todas.
- Mi amor, dime si hay algún otro superviviente.
Abrí los ojos como platos, ahí estaba Gerry, con el casco con una gran cruz roja, mirándome con infinita preocupación y ternura, a su lado otros cuatro soldados, uno de ellos miembro de la Cruz Roja también.
- ¿Son reales? -pregunté confundida-
- Lo somos -dijo con una enorme sonrisa en los labios-
- Betty y otros dos soldados, están a 30 km de aquí al suroeste, en mi morral hay un mapa con su ubicación, ella tiene una fractura expuesta en la pierna, y un fuerte golpe en la cabeza, uno de los soldados tiene quemaduras de segundo y tercer grado en un cuarenta por ciento de su cuerpo, debemos ir a toda prisa.
- Tú te quedaras en la estación, yo iré a por ellos, ¿de acuerdo? En tres horas estoy de vuelta, dejaré instrucciones, descansa que ya has cumplido con tu deber, mi Coronel. Te amo -me besó y yo se lo devolví, pese a mis labios agrietados y llenos de ampollas-
Una vez en la estación, empecé a sentirme mejor, no pude dormir por la expectación, así que me quedé esperando a que los trajera a salvo.
- ¿Luisa O’Donell, acaso eres tú? – no había escuchado esa voz en siete años, pero al momento la reconocí, me giré y lo vi, arruinado, envejecido y herido se encontraba Samuel, el tío de Killian, a mi lado- Debe ser la divina providencia que ha decidido que expurgue mis pecados, debo hablar con alguien conocido antes de morir, no quiero ir al infierno.
Automáticamente todas mis alertas se activaron y volvía a estar despejada. Me levanté y me puse a su lado.
- Sí, soy Luisa, ¿qué le ha pasado, Samuel?
- Hoy hemos sido atacados, ¡imagina, un hombre como yo peleando en esta guerra!
, pero nos han enviado a todos los reservistas a morir en este infierno.
Luisa, ahora mismo estaba pensando que todo esto es un castigo divino y al girarme te he visto y he creído que Dios tal vez quiere perdonarme a través de ti.