EL ANCIANO, EL JOVEN Y LA ENFERMERA #5
Habían pasado seis meses desde que Gerry se había ido al frente, nuestros contrincantes habían avanzado, encontrándose muy cerca de Alejandría.
El Cairo era un caos, la embajada y el Cuartel General Británico se dedicaron a quemar todos los documentos previendo la próxima invasión del eje, en lo que luego otros denominaron Miércoles de Ceniza.
Nosotros intentábamos evacuar a todos los enfermos y heridos, sentíamos que nuestra derrota era inminente, el Gral.
Rommel al mando de los Afrika Corps estaba a punto de conseguirlo.
Gerry se encontraba cerca de Alamein, pequeño poblado que no tenía más importancia que la logística.
Estaba a 100 km de Alejandría, era un puerto y tenía una estación de tren, hasta ese lugar habían avanzado nuestros enemigos y yo tenía la necesidad de estar a su lado.
Por ese motivo, en cuanto pidieron enfermeras para la extracción de varios soldados heridos, me presenté voluntaria.
Betty hizo lo mismo, desde el baile en el Cairo llevaba correspondencia con el soldado Stevens, yo lo conocía porque casi me pega un tiro por la muerte de su mejor amigo, era un buen hombre que si no hubiese sido por la intervención de Gerry posiblemente hubiese cometido el mayor error de su vida, nunca se lo comenté a Betty, no era necesario y ese pequeño acto de desesperación no borraba la fortaleza que había demostrado en aquellos 240 días en Tobruk, sabía que Betty lo entendería, pero preferí olvidarlo, ya se lo había perdonado aquella noche en Quassasin.
En el mes de julio la octava división australiana se había incorporado a la línea norte y con él el soldado de Betty, desde entonces tanto ella como yo, esperábamos con ansias sus cartas cuando llegaban convoyes de abastecimiento al Cairo.
Más que temerosas íbamos ansiosas, emocionadas, pronto los veríamos y sería una sorpresa, la situación no era la mejor, por eso sabíamos que al vernos se preocuparían, hasta posiblemente se enfadarían, pero en un primer momento, luego no les quedaría más que aceptarlo y ser felices, al menos esa era la conclusión a la que llegamos.
Teníamos previsto quedarnos cuatro días, luego no volveríamos al Cairo, sino que llevaríamos a los heridos al puerto de Alejandría y de ahí a los barcos hospital.
No nos encontrábamos a mucha distancia del campamento de Gerry, pero si bien existían buenas carreteras por la costa, eran peligrosas, la movilización en camiones repletos de víveres, combustible y medicamentos se efectuaban bajando hacía el sur y adentrándose en el desierto, intentando así evitar posibles ataques, pero entre el rodeo y las dunas las pequeñas distancias se convertían en enormes.
A sólo treinta kilómetros de nuestro destino escuchamos los motores de la Luftwaffen acercándose.
Entre el sonido del inicio del bombardeo y la explosión al caer en el camión cisterna primero del convoy, y nuestro camión que se encontraba al final, no nos dio tiempo a discernir lo que se nos acababa de venir encima, la tierra tembló estrepitosamente, la energía de la explosión hizo que nuestro camión se volcase, cayendo irrefrenablemente por una duna.
Nosotras dentro, íbamos golpeándonos con la estructura del camión, con cajas, frascos, camillas y todos los objetos que llevábamos para trasladar a los heridos.
Al caer sobre uno de los tubos que sujetaban la lona exterior, pude aferrarme a él, mi cuerpo tal como si fuese el de una muñeca de trapo se movía descontrolado, sentía un dolor punzante en mis manos y muñecas al cambiar continuamente de dirección debido a la inercia de la caída, pensaba que en cualquier momento no podría más y me soltaría, pero tal como empezó, de repente, todo hubo terminado.
El camión quedó bocabajo, tras el golpe por la caída y un breve momento de desconcierto, me revisé rápidamente, tenía un corte en el brazo de unos 3 centímetros, magulladuras en piernas y costillas, y pese al dolor descarté que tuviese algún tipo de fractura.
Llamé a Betty, pero no me respondía, mientras gritaba su nombre la buscaba entre la montaña de objetos que habían quedado apilados en el techo, de pronto vi un brazo y con el corazón en un puño me apresuré a quitar todo lo que tenía encima.
Estaba viva pero inconsciente, sabía que moverla era peligroso, la revisé y tenía una fuerte contusión en la cabeza, probablemente eso le produciría una conmoción, esperaba que no fuese así, al menos tenía una costilla rota, al levantar varias cajas de madera me percaté que en su pierna tenía una fractura expuesta de la tibia y el peroné, busqué entre las cajas las que llevaban el material necesario para entablillar la pierna.
Aproveché su inconsciencia para reducir la fractura. Con un grito de dolor Betty despertó.
- ¿Cómo te sientes, dime cuántos dedos tengo? ¿Qué día es hoy? ¿Cómo te llamas?
- ¡Maldita sea Luisa!, olvídate de los dedos, ¿qué le pasa a mi pierna?
- Tienes una fractura expuesta, no te muevas, te la voy a entablillar. La buena noticia es que no hay hemorragia, voy a limpiarte bien la herida antes, te pondré sulfadiazina, te dolerá.
- Dame la puñetera morfina, por el amor de Dios Luisa y no me enumeres lo que vas a hacer, lo sé perfectamente y sé que dolerá, tienes que transmitirme calma, pero no te pases.
- Tienes razón -me puse a buscar desesperada las ampollas de tartrato de morfina, la mayoría de las cajas tenían los frascos rotos, hasta que hallé una indemne, y se la inyecté-
- Aguanta, Betty.
- Adelante Luisa, no pienses que soy yo, y no pares hasta que hayas terminado, no quiero que esto se prolongue más de lo necesario -acto seguido se puso un trozo de madera en la boca-
- Está bien. – dije y empecé-
Betty aguantó sin moverse todo el proceso. Una vez acabé, continué suturando la herida que tenía en la cabeza.
- Ahora dime ¿cuántos dedos ves?
- Dos, es 27 de agosto de 1942, me llamo Beth Davis como la actriz y recuerdo que nos bombardearon, eso no lo preguntaste, pero sé que lo harás.
- Muy bien, no tienes una conmoción. Betty debo salir ya no escucho más detonaciones, tienes que quedarte sola un momento, ahora vuelvo.
- No te preocupes, no me moveré -ironizó con una mueca semejante a una sonrisa-
En cuanto salí vi al conductor y su acompañante acribillados.
Llevábamos un camión cisterna y siete con provisiones, debía agradecer que sólo uno con combustible fuese el que nos acompañaba, los otros habían salido un día antes desde el puerto de Alejandría.
La explosión del camión cisterna había arrasado con cuatro camiones de la comitiva, los cuales se encontraban destruidos por las llamas junto a sus ocupantes, temí que el combustible o el fuego pudiera encender el nuestro, pero bajo la duna se encontraba distante al resto, el depósito de combustible lo había revisado al salir y se veía intacto.
Fui directamente a los otros tres camiones, en los dos primeros no quedaba nadie con vida, el último llevaba la artillería antiaérea, dos de los soldados que la manejaban estaban vivos, uno con graves quemaduras se encontraba inconsciente, el otro tenía un trozo de la estructura metálica de los camiones clavada en el muslo derecho.
Nosotros éramos los únicos supervivientes del grupo de 30 personas que habíamos partido hacía unas horas.
El teniente me pidió que le sacara el trozo de metal, bajé a por el morral médico para atenderlo.
- ¿Cree que regresen? -pregunté preocupada por estar al descubierto-
- Era un pájaro solitario, lo hemos derribado, aunque demasiado tarde -señaló tristemente, mirando la destrucción a nuestro alrededor-
Tardé veinte minutos en bajar, volver a subir la duna y encontrar todo lo necesario, incluida una camilla para bajar al otro soldado.
En cuanto le quité el trozo de metal y suturé la herida, pusimos al teniente con quemaduras en la camilla, lo bajamos al camión y lo ubicamos al lado de Betty, sus constantes eran muy bajas, tenía varias quemaduras en el cuerpo, agradecí que no estuviese consciente, no teníamos suficiente morfina, únicamente nos quedaba una caja con cuatro ampollas para ambos, el resto se habían roto.
Le limpié con solución salina lo mejor que pude y le apliqué apósitos de ácido bórico, inyecté suero con sulfa para evitar la infección y morfina, poco más podía hacer con lo que teníamos, salvo buscar ayuda.
Volví a suturar la herida del teniente y la tapé con un parche de sulfadiazina, pues se había abierto y desgarrado por el esfuerzo al bajar a su compañero.
No teníamos forma de comunicarnos con el campamento, la única radio había volado por los aires y la última comunicación se había realizado hacía dos horas, además de que la posición exacta del convoy no era dada por radio, el teniente nos comunicó que, en el momento de la última conexión se les había informado que ellos estaban siendo atacados, motivo por lo que suponía que nadie vendría a rescatarnos en un futuro cercano.