EN LA COLINA DE TARA EN EL AMOR Y EN LA GUERRA #7
79%

EN EL AMOR Y EN LA GUERRA #7

- Por nuestra noche, -bebimos nuestras copas y tomando mi mano continuo-. Vamos a terminarlos en la terraza, necesito un poco de aire. Fuimos a la terraza, él se quitó su chaqueta y me la puso encima, apartó una silla para que me sentara.

- Gracias, cuando tenga frio podemos entrar -le sugerí-

- No te preocupes Luisa, ardo, necesito el frío aire del desierto. ¿Tú estás bien?

Sentía el calor de su cuerpo que quedó en la chaqueta y el agradable olor que desprendía.

- Muy bien,

- Yo también estoy mucho más que muy bien, es más, es la mejor noche de mi vida y todo gracias a ti y ese vestido -dijo eufórico-

- ¿El vestido? - pregunté sonriente, al notar su entusiasmo-

- Ese vestido quita la respiración.

- En situaciones normales, le diría que fue toda una ganga, pero en nuestra precaria situación, al menos nos costó diez buenas comidas y eso es mucho en estos tiempos.

Aunque hemos aprovechado y comido y bebido por cada centavo que hemos gastado en los vestidos, son tiempos difíciles para intentar ir glamurosa – dije riendo como una tonta-.

Creo que me he sobrepasado, con intentar recuperar mi inversión.

- Ha valido cada centavo sólo verte en él y créeme que hubiese pagado mi sueldo de un año por vértelo puesto.

- Imagino que es lo que pagó por el Frac.

- Me lo han prestado, no pensaba venir hoy, me alegro por haberme armado de valor.

- ¿Por qué armado de valor?, no le creeré si me dice que le avergüenza bailar o socializar.

- No particularmente, no tiene nada que ver con la fiesta.

- ¿Puedo preguntar qué teme el intrépido Dr. Kavanagh, que pese a poder evitar el frente, va directo al peligro?, no entiendo qué puede temer usted.

- Hace un momento me llamaste por mi nombre y lo hacías sin formalismos, recuerda, sólo un hombre y una mujer que ahora charlan alegremente.

- Dime ¿qué puedes temer tú?

- Algo que antes ni siquiera se me pasaba por la mente, la soledad.

- Nacemos y morimos solos, doctor.

- No me importaría morir solo, es un precio que estoy dispuesto a pagar si a cambio no vivo solo.

- ¿Por qué nunca te has casado?, tal vez me estoy apresurando y dejaste a tu novia o prometida en Londres.

- No hay nadie, pero espero que eso cambie. Dos martinis -dijo al camarero que pasaba-

- Creo que será la última que beba, no estoy acostumbrada y me siento rara.

- Quizás alegre o posiblemente feliz. Esta noche he visto el cielo lleno de bengalas, y quiero que siga iluminado. Seamos felices, no dañamos a nadie siéndolo. Después de esta copa iremos a bailar, si te parece bien.

- De acuerdo, las chicas se preguntarán dónde estoy.

- Las chicas están disfrutando, no te preocupes. Vivimos preocupados, hoy estamos viviendo el ahora, este momento, un único momento, nunca se repetirá, habrá otros, pero éste es el ahora y el ahora solo lo vivimos una vez.

Pensé en las palabras de Betty y como me había calado, jamás vivía el presente, siempre el preludio de lo que vendría, la preparación para el futuro y mi futuro cambiaba más allá de mi voluntad, sólo tenían poder ahora, el mañana era un desconocido.

Una vez terminamos nuestras copas, seguimos bailando mientras transcurría la noche entre animadas canciones, hasta que volvieron a ser lentas baladas.

Estaba realmente cansada y dejé que Gerald me sujetara entre sus fuertes brazos, me hacía sentir protegida, en ese momento dejé que él se encargara de mí, y me gustó.

Nos quedamos hasta el final de la celebración entre risas y baile. Cuando la orquesta paró no encontré a Betty y Francis, Gerald me dijo que se habían ido hace una hora, él había quedado en llevarme.

- Debí volver con ellas, ¿por qué no me dijiste nada?

- Porque soy feliz, vamos caminando, así haremos que se nos baje el mareo, ¿te parece?

- Sí - dije y él me ofreció su brazo.

Caminamos por las calles del Cairo, y pese al toque de queda, podíamos transitar por las calles que nos llevaban al hospital con un permiso especial.

Todos los militares que nos paraban, terminaban agradeciendo nuestra labor y deseándonos una buena noche.

Al doblar una calle, Gerald me llevó suavemente hacia un antiguo muro de piedra.

- Creo que voy a cometer una estupidez, pero no hago más que desearlo y ¡no puedo más!

No quiero que te sientas violenta, Luisa, mi hermosa y maravillosa Luisa, déjame ser feliz, sé feliz también.

Deseo darte felicidad, no sabes con que intensidad deseo que tus risas duren siempre y ser yo quien te las proporcione, -susurraba con voz rota y acercándose cada vez más a mí.

Yo no me moví, únicamente tensé instintivamente mi cuerpo, pero no lo paré-.

Te besaría ahora mismo, pero no haré nada sin tu consentimiento, di que sí, te lo ruego, nunca he ansiado algo tanto.

Preguntó con sus labios prácticamente pegados a los míos, quería pararlo, pero yo también lo deseaba con igual intensidad.

Hice un gesto afirmativo con la cabeza, sin pensar y él me tomó con su boca y mi cuerpo reaccionó, sin yo tener voluntad alguna nos besamos apasionadamente, sentía sus manos directamente en la piel descubierta de mi espalda, como lo había sentido toda la noche, sus músculos se tensaban por la pasión y me gustaba sentir como lo hacían, me sentía poderosa.

Me giró poniendo mi cara contra la fría piedra y empezó a dejar regueros de besos con sus labios y su lengua en mi espalda.

Besó mi cuello, y volvió a ponerme frente a él para continuar con mi rostro y seguir a mi boca, sus manos bajaron por mi trasero y lo sujetó con fuerza, yo hice lo mismo, él sonrió sensual.

Me dejaba llevar por las sensaciones, fascinada por su sabor, por la fuerte sensación que causaba en mí, jugábamos con nuestras lenguas en un perfecto compás tal como habíamos hecho momentos antes en el salón de baile.

- Luisa, te deseo. Disculpa mi deseo, no debería decírtelo.

- Gerald, - dije y seguí besándolo-

Él continuó besándome y tocándome, pasó a mi pecho y sentía que no podía más, yo también lo deseaba, pero no sabía si podría, pensé en su padre y lo aparté con fuerza.

- No debí decirlo, no te presiono, no quiero nada que no quieras, es mejor que te deje en tu habitación. Quiero que te sientas segura, no quiero que sientas que no tienes el control, lo tienes totalmente. Todo depende de ti, yo haré lo que tú quieras.

- Quiero ir al hospital.

- Si Coronel, lo que usted mande. -dijo haciendo el saludo militar que tanta gracia me hacía-

- ¡Eres un tonto, vamos!

No nos dijimos nada más, yo no pensaba con claridad, el suelo se movía y seguía temblando por el deseo. Él simplemente se quedó callado. Una vez llegamos a la puerta, me besó.

- Dulces sueños mi... Luisa

- Buenas, noches Gerry.

- Me gusta cómo suena en tus labios, dime siempre así.

Cuando entré en la habitación, vi a Francis y Betty que estaban dormidas, me saqué los zapatos y me tiré en plancha en la cama.

- Buenos Días dormilonas -dijo Francis, apartando las cortinas-

La luz del día quemaba mis retinas. Intenté levantarme, pero el dolor y la pesadez de mi cabeza no me lo permitió.

- Es nuestro último día de descanso, vamos a desayunar que os tengo una sorpresa.

- ¡Déjanos en paz! – dijo Betty con voz ronca-

- Tenemos correo chicas, muevan sus preciosos culos.

Bastó escuchar la palabra correo, para ponernos en pie e ir a la mesa donde reposaba nuestro valioso tesoro.

- Juro por mi vida que no volveré a probar una gota de alcohol en lo que me queda de vida -murmuró Betty, compungida-

- Eso debiste prometerlo al soldado Stevens, no ahora a mí. Y tú Luisa, no soltaste a nuestro querido y guapísimo doctor, jamás hubiese pensado que os gustabais.

- Ni yo.

Respondí secamente y fui corriendo al baño a vomitar, me metí en la ducha y dejé que el agua me despejara, las imágenes de la noche anterior saltaban en mi cabeza, cada vez que evocaba sus besos, mi cuerpo respondía, pero mi mente se llenaba de auto recriminación y rabia por haber sido tan idiota.

Con la luz del amanecer acababa nuestra noche de felicidad, de vivir el presente.

No pude evitar pensar en Killian, qué creería de mí si supiese, luego me llené de rabia por pensar en él.

Tal vez había rehecho su vida con otra persona, pero no pude evitar recordar todo lo que vivió, todo el dolor y rabia que he sentido estos sietes años y lo multipliqué por infinito y supe que Killian nunca pudo rehacerse.

Tal vez había muerto hacía mucho tiempo, por eso nunca regreso a mí, en el fondo de mi alma lo sentía vivo, eso era algo que nunca pude negar, porque pese a no saber nada de él, aún lo sentía ligado a mí.

Recordé mi sueño en el zulo de Francia, había sido tan real, sus besos, sus caricias, me había corrido mirando sus ojos, olido su piel, me odié por sentir deseo o felicidad con otro hombre que no fuera Killian, aunque Killlian sólo fuese un sueño, me odié por haberlo traicionado.

Odié además sentir deseo por el hijo de mi torturador, nunca pensé volver a sentirme como una mujer, después de su violación cómo podía haberlo hecho y precisamente con su hijo, cómo podía sentir felicidad con el hijo del que quitó la vida a mi padre y orquestó la muerte de mis hermanas, me di tanto asco que volví a vomitar.

Lloré amargamente sentada en la ducha mientras el agua arrastraba mis lágrimas.

24 de febrero de1942

Hola, cariño mío,

No hemos sabido de ti en semanas, Pierre llama una vez a la semana para decirme que estás bien, ¿cómo lo sabe?

, no tengo ni idea. Al menos aparento no tener la más remota idea de sus actividades y de cómo sabe cosas.

Mi querido Pierre sufre por tener que ocultármelo, lo percibo, pero no tengo la necesidad de conocer todos los detalles, para saber que lo que sea que hace está bien o al menos lo hace por un bien mayor.

Qué complicada es la vida y más en tiempos de guerra, bien lo sabemos nosotras.