EN LA COLINA DE TARA EN EL AMOR Y EN LA GUERRA #4
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EN EL AMOR Y EN LA GUERRA #4

A principios de año llegaron a nuestro campamento las Ratas de Tobruk[29].

El Afrika Corps[30] del Gral. Rommel había logrado conquistar Tobruk, puerto de vital importancia para el abastecimiento de las tropas.

Las Ratas, era el nombre que peyorativamente les habían puesto en un programa de radio a estos soldados australianos, por encontrarse hacinados en un sistema de túneles y cuevas alrededor de Tobruk.

Estos valientes soldados habían decidido proteger la ciudad en un asedio que duró 240 días y asimilaron con orgullo ese nombre.

Las Ratas vivieron el asedio bajo situaciones límites, en condiciones extremas, nadie podía sentir más que respeto por esos hombres, pese a haber perdido el puerto finalmente.

Una oleada de heridos se dirigía a diversos hospitales de la zona, nosotros los aguardábamos con todo dispuesto para atenderlos, esperando principalmente mutilaciones, quemaduras, y casos de gangrena, por el tiempo transcurrido debido a la distancia y el calor del desierto, que jugaba en su contra.

Repasábamos todo el instrumental, medicamentos, gasas, jeringas, unidades de plasma, todo estaba dispuesto para su llegada.

Cuando nos informaron que el convoy con los heridos se acercaba, el Dr. Richarson recapituló.

- Recuerden el procedimiento. Primero etiquetar a los pacientes, deben estar seguros sobre la etiqueta que van a usar, de eso depende la vida de cada soldado y el correcto uso del sistema, somos las piezas de una maquinaria y pocas piezas, si una falla, fallan todas.

Un error en el triaje de un paciente, tanto si es viable o no para ser tratado, rompe la maquinaria.

Recuerden, por cada recurso que gastemos en imposibles perderemos a uno posible, o por cada paciente que no atendamos y pudo ser salvado, hemos fracasado.

De vosotros depende quién vive o muere, éste es el primer paso y fundamental para continuar correctamente con el proceso.

Luego los codificaremos por su gravedad, debemos ser lo más rápidos posible en cada diagnóstico.

Tienen que mantener la calma, si no eso dificultará su buen juicio.

Suerte equipo, confió en vosotros. ¡En un momento estaremos en nuestro campo de batalla!

Mientras veíamos como se acercaba el convoy, por un momento el tiempo se detuvo, sólo escuchábamos el ruido de motor de los camiones, y de repente se encontraban delante nuestro y todo pasó a gran velocidad.

- ¡Un médico!, gritaba un soldado sujetando las entrañas de su compañero.

Piernas, brazos diseccionados, rostros desfigurados, gritos inhumanos.

Los camilleros bajaban a los soldados y los poníamos en hileras fuera del hospital.

Empezamos a etiquetarlos. La primera etiqueta que puse fue al hombre que llevaba sus órganos sujetos por su compañero, posiblemente llevaba muerto más de un día, puesto que ya no estaba en rigor mortis.

Pasé a otro paciente, su compañero me sujetó fuertemente del brazo.

- ¿Por qué se va?, Samuel debe ser atendido ahora mismo.

- Pronto vendrá alguien, debo seguir etiquetando a los demás.

- No lo entiende, no puede esperar. ¡Se está muriendo, atiéndalo ya!

- Cálmese soldado, primero debo…

- Ya me dijo qué debe hacer. Ahora yo le digo lo que tiene que hacer, salve a mi amigo. Ha luchado por llegar vivo hasta aquí, no lo va a matar una perra incompetente. -sacó su fusil y me apuntó- lo vas a ingresar ahora, ¡quita esa puta etiqueta, no está muerto!

- Soldado Stevens, baje el fusil ahora mismo, la enfermera está haciendo su trabajo. Yo me encargaré del teniente Rivers.

- Lo siento doctor, deben operarlo.

- Luisa, continua con el triaje, no podemos perder más tiempo -ordenó Gerald Kavanagh, reclinándose ante el cadáver del soldado Rivers-

El impacto de verlo redujo el que ya tenía al ver el fusil apuntándome. Mas seguí con el duro proceso de decidir entre la vida y la muerte. No me paré a pensar en él, ni en el soldado, me focalicé en cada hombre que yacía esperando por vivir.

Una vez se etiquetaba al paciente, se le ingresaba al hospital o a las tiendas que se adecuaron para asistir a los moribundos.

En las salas de operaciones, en cuanto salía uno, casi sin esterilizar, entraba el siguiente.

Kilos de gasas llenas de sangre eran sacadas para volver a llenar el contenedor con más.

Se limpiaba rápidamente el suelo de quirófano para no resbalarnos con la sangre del suelo.

Sacábamos metralla, balas, brazos y piernas.

Decidimos tratar las extremidades que podían ser salvadas con el yeso del Método Trueta, pronto lo llamarían el Yeso Tobruk.

Cambiábamos turnos entre quirófano y los casos que no lo requerían.

Una vez terminé el mío en quirófano, me dediqué a atender a las heridas con peligro de gangrena, con ayuda de Betty.

- Mira Betty, debes extirpar la zona afectada, evitando los grandes vasos y nervios. No olvides quitar parte del tejido sano, luego pondremos un apósito de gasa estéril seca.

- ¿Durante cuánto tiempo debe estar?

- Dos días al menos, si hay infección irrigamos la zona. Si no hay infección aplicaremos el yeso.

- Y a esperar.

- A esperar -repitió-

Ese proceso evitaría la gangrena en la mayoría de los soldados tratados.

Apenas descansábamos en el frenético acto de salvar cientos de vidas. Entre los soldados que tan valientemente habían soportado el ataque diario durante tantísimo tiempo y las brigadas que fueron enviadas en su ayuda en el último combate, el número de heridos se contaba por centenas.

Las cantidades de plasma no eran suficientes, por lo que recogíamos las donaciones de las brigadas que se encontraban en el campamento, esos periodos eran en los que podíamos descansar la mente, ya que no el cuerpo.

- ¡Bendito sea Dr. Kavanagh! -exclamó Betty desde el otro lado de la atestada sala, al ver por primera vez al doctor- ¡Me alegra que siga con nosotros!

- ¡Eso al menos intento Betty, me alegra volverla a ver! -respondió rápidamente y siguió suturando una herida-

Y nosotras continuamos con nuestro trabajo.

Horas más tarde pudimos descansar por primera vez.

Cuando nos despertamos, nos costó levantarnos; nuestras manos entumecidas, los músculos agarrotados por llevar tantos cuerpos, tantos miembros, y por la misma tensión muscular de hacerlo.

Pese a que debíamos seguir trabajando no nos medicamos, ya que éramos conscientes de lo limitado de nuestros recursos; nadie los gastaría por un dolor tan banal.

En cuanto nos lavamos, racionando el gasto de agua, comimos y empezamos con nuestra jornada.

A los dos días quitamos los yesos, el olor a putrefacción era insoportable. Parecía que nos habíamos acostumbrado a los olores, pero me había equivocado.

El Dr. Kavanagh, me solicitó para asistirle con la limpieza de las heridas.

Una vez llevábamos abiertos diez, mi estómago no lo soportó más por el hedor que desprendían infestando toda la larga sala.

Intenté recomponerme, pero al ver decenas de gusanos en una de ellas, devolví todos mis alimentos en el mismo contenedor donde dejábamos los yesos.

- Luisa, es mejor que salgas.

- No es necesario.

- Cuando te recuperes, vuelves.

- ¡No es necesario!, -me sequé el sudor de la frente, desinfecté mis manos y seguí trabajando - ¿Está herida se ha gangrenado al estar plagada de gusanos?

- Luisa, no comentes nada de los gusanos, este soldado está sedado, pero habrá los que no. ¡No los alarmes!

- Tiene razón, lo siento -dije molesta conmigo misma, por mi estúpido error-

- No te preocupes, siempre es impactante la primera vez, no debes suponer nada ni por el olor, ni por el pus, ni “los amigos” que hemos encontrado, la temperatura juega un papel importante en el proceso.

Debemos irrigar la herida, desprender todo deshecho y si el tejido tiene un sano tono rosado, la cerraremos.

En caso contrario, lo volvernos a intentar, al menos una vez más, pero estoy seguro de que hoy tendremos un gran día cerrando heridas.

Tal como lo dijo, el noventa por ciento, pese a la espantosa imagen, presentaba un tejido sano. Con el resto empezamos desde cero. Era maravilloso que fuésemos capaces de salvarles de la amputación.

- Nuestro objetivo será enviar a hombres completos con sus seres amados, - dijo el doctor, una vez culminado el día-

Pese a trabajar todo el día codo con codo, no mencionó nada sobre Irlanda o su padre.

No fue hasta el cuarto día que pude permitirme salir y tomar el aire por unos minutos, un pequeño tiempo para mí.

No obstante, ni bien salí de la tienda, encontré fumando con la mirada perdida en las dunas al soldado del primer día.

Pensé regresar al hospital, pero antes de volver sobre mis pasos, notó mi presencia y se giró.

- ¡Enfermera, a usted quería ver desde hace unos días!

- Dígame soldado – contesté aparentando calma, él se acercó a mí-

- Siento mucho lo del otro día, - respondió mientras tiraba el cigarrillo, que había terminado de fumar-. Permítame presentarme soy Damien Stevens – me dio la mano con firmeza-

- Yo soy Luisa Fontaine. No sé preocupe por eso, no lo hago yo. Comprendo que estaba desesperado por su compañero.

- ¡Mi hermano, eso era para mí, Sta. Fontaine! Crecimos juntos en Melbourne, nos alistamos juntos, él llegó a teniente y yo me quedé en un simple soldado raso. ¿Le molesta si fumo?, -preguntó-

- Adelante.

Se sacó el cigarrillo que llevaba detrás de la oreja, lo golpeó tres veces en la bota, como si se tratara de un ritual tan anclado en él que lo hacía casi sin darse cuenta, encendió el cigarrillo que iluminó su rostro en la oscura noche y prosiguió.