EN LA COLINA DE TARA EN EL AMOR Y EN LA GUERRA #3
74%

EN EL AMOR Y EN LA GUERRA #3

- Un cirujano estaba cerca de mí y logró salvarla, es mi héroe. Ahora está en el frente, rezo todas las noches para que vuelva sano y salvo, no sé si lo llegaste a conocer, es el Dr. Kavanagh, un hombre maravilloso.

- Creo que no. - “A mí me salvó una vez la vida también”, pensé-

Pasamos dos meses más de relativa calma, hasta que el Director reunió al personal.

- Hemos solicitado voluntarios estos últimos meses para la campaña de África, como sabéis.

Hace unas horas me ha llegado una carta del Comandante Wavell, comunicándonos que, al haber entrado Alemania, como apoyo del ejército italiano en el conflicto en África, debe instar a todos los hospitales civiles a enviar médicos y enfermeras de manera voluntaria o por sorteo.

A título personal prefiero que todos aquellos que hayan recibido formación para servir en el frente, bien por nosotros o por la Cruz Roja, se presenten voluntarios, así también pueden formar parte de QAIMNS,[25] en el caso de las enfermeras y los RAMC[26] en el caso de los médicos.

Fui incapaz de presentarme voluntaria, la visión de mamá al llegar de Francia me preocupó tanto, que no sería yo la que volviera a causarle ese dolor, se lo dejaría al destino. No pasó mucho tiempo hasta que el listado salió y como siempre el destino jugó en nuestra contra.

Mi madre se quedó deshecha cuando se lo conté. El día que partía a Liverpool, con un tremendo miedo por su estado, llegó el siempre oportuno Pierre.

- Ni un abrazo, ni una sonrisa por mi presencia. Pensé que sería una grata sorpresa. -dijo sonriendo, pero mirando a mamá preocupado-

- ¡Acaso no ves las maletas!, Luisa parte en tres horas a Liverpool y de ahí a África. -exclamó-

- ¡Merde¡- dijo y salió del piso dando un portazo-

Dos horas después regresó.

- No he podido pararlo, si hubiese llegado ayer -dijo en tono de auto reproche-, pero he conseguido que no te envíen al frente. Estarás en un campamento alejado de la zona de conflicto.

- ¡Bendito seas! -dijo mi madre entre lágrimas, mientras lo abrazaba y llenaba de besos-

- Eso es lo que esperaba antes. No te preocupes mi amor, yo velaré por nuestra Luisa.

- Debemos irnos ya a Liverpool, ¿puedo pedirte otro favor?

- Los que quieras -recalcó sin soltar a mamá y atrayéndome con un brazo junto a ellos-

- Va una compañera mía, Betty Davis, ¿puedes intentar que no vaya al frente?

- ¿Beth Davis? -preguntó cómicamente-

- Sí -afirmé, curvando los ojos-, es un nombre común, no se ha convertido en enfermera la actriz.

- Hubiese sido interesante interceder por ella, en todo caso me lo deben, no hay problema. Ahora abrazarme y nos vamos hacia Liverpool.

“El nuevo y mejorado Pierre”, pensé, y los abracé, agradeciendo a papá que lo enviara para que mamá no padeciera por mí, no hubiese soportado dejarla así.

Zarpamos desde el puerto de Liverpool en el MV Abosso, pese al peligro de bombardeo de la Kriegsmarine[27] y de Regia Marina[28], que era una posibilidad en todo momento, porque, aunque nuestro barco fuese civil, llevaba un convoy militar.

La lucha que libraban en esa zona era por algo de tan vital importancia para el futuro de la guerra como, nada menos, que el combustible.

Sin él toda batalla sería fútil. La mayor cantidad de combustible proviene de oriente y la mejor ruta es el canal de Suez, el bando que controlase el canal, controlaba la guerra.

Por eso cada convoy con alimentos, tropas, médicos, y suministros médicos era atacado tan pronto era detectado.

Nuestro barco hacía poco tiempo había sido torpedeado por un acorazado, pero salvo unos cuantos desperfectos pudo llegar a puerto.

En nuestro caso el mayor problema fue superar la enfermedad del mar, en todo el viaje siempre hubo un grupo alineado en la borda expulsando al mar la comida ingerida en el día.

Finalmente, nuestro convoy llegó a Suez sin ningún contratiempo y de ahí en tren por la zona del canal hacia nuestro campamento.

La visión del territorio africano era tan distinta a lo que hasta entonces había conocido, los cultivos se agolpaban a las orillas del delta del Nilo, en un sistema de grandes canales que a su vez se ramificaban en otros más pequeños, extendiéndose en hectáreas de cultivo, lo que contrastaba a su vez con la con la orografía árida del desierto.

Los poblados con casas de tonalidades arena, pequeños y rudimentarios espacios donde compartían habitáculo los animales y personas, se hallaban a los lados de la vía, los niños y mendigos se agolpaban a ambos lados de las vías solicitando cualquier obsequio que fuésemos capaces de dar, mientras el tren disminuía la velocidad al entrar en sus poblados.

Me preguntaba qué tenían que ver estas personas con la guerra de sus colonos, quienes los convertían en mendigos en sus propias tierras, adueñándose de algo que jamás debió pertenecerles.

Ahora luchaban en ella, en tanto esta gente que miraba desde mi ventana, cultivaba, pastoreaba y vivía una vida anclada en otro tiempo, se encontraba sin querer en medio de esta guerra de titanes, ellos no lucharían por su libertad, sino para ser oprimidos por otro.

Llegamos a Quassasin, pequeño poblado agrícola, en él se erguía el campamento, uno enorme, nos sorprendió ver las hileras e hileras de tiendas de campaña que se extendían hasta donde mi vista alcanzaba.

Estaba lleno de soldados aliados y prisioneros de guerra italianos, entre ellos gente local, niños de menos de quince años, luchando en una guerra que nadie les explicó.

El teniente encargado de recibirnos nos explicó cómo el ejército italiano los reclutaba para engrosar sus filas de manera ficticia, esos pequeños eran enviados a la vanguardia, dejando a los soldados de mayor edad en la retaguardia, básicamente eran carne de cañón.

Por eso los encontramos felices de hallarse como prisioneros de guerra.

Filas de letrinas y duchas se extendían a los lados del campamento, fue alentador saber que los teníamos, pero lo que nos maravilló fueron los hospitales dispuestos en la zona, contaban con rayos x, salas de operación, laboratorios patológicos.

El nuestro era el 2 Hospital General Británico, lleno de camas y camillas, jamás había visto tal cantidad de enfermos y heridos.

El Dr. Rogers, médico encargado de nuestro recibimiento en el hospital, nos informó sobre los requerimientos en las adversas condiciones de trabajar en el desierto.

- Lo más importante es protegerse de los posibles gérmenes que traiga consigo la arena, como pueden comprobar está en todas partes, da igual que se limpie diariamente, al final del día puedes usarla de papel.

-dijo mientras escribía usando su dedo sobre una mesa-.

Las camas se encuentran ubicadas unos centímetros por debajo del suelo y colocamos estas mamparas para proteger a los heridos de ésta.

Todo el instrumental debe ser debidamente cubierto, en general todo debe ser protegido, para lo cual usamos estas lonas.

Nos enorgullecemos de realizar intervenciones quirúrgicas tal como lo haría cualquier hospital civil en Londres, pero no somos nada si no luchamos contra nuestro mayor enemigo, la arena, nuestro segundo enemigo el calor y tercero las moscas.

Tras una breve visión de los enfermos pudimos notar que el olor a infecciones, excrementos, vómitos y orines mezclado con el cálido y denso aire del desierto hacían la atmosfera insoportable, cientos de moscas campaban a sus anchas, al igual que la arena.

Entendíamos que, pese a todo el esfuerzo puesto en curar, la dura climatología en un hospital de campaña complicaba nuestra labor.

- ¿Cómo podremos realizarlo? -preguntó Betty, tapándose la nariz y mirando aterrorizada las hileras de heridos a nuestro alrededor-

- Tranquilidad Betty es lo que necesitan ver estas personas, calma y confianza.

Debemos estar en todas partes y poder atender individualmente a cada uno.

Deben estar aterrorizados, todo lo que han vivido, muchos no volverán o no lo harán como han venido.

No tienen a la gente que aman a su lado, es su momento más vulnerable.

Son nuestras caras las que miraran buscando consuelo, y a muchos sólo podremos brindarles eso.

- ¿Y eso cómo se supone que lo haremos?

- No lo sé, empecemos por no demostrar que nos sentimos desbordadas, aguantar el hedor hasta que nos acostumbremos a él. Empezar por ahí, demostrar lo opuesto a como nos sentimos, hasta que ya no sea necesario fingir.

- ¡Tengo miedo!

- Yo también, sólo finjo que no.

Llenos de trabajo, una vez terminada nuestra jornada, terminábamos rendidos en nuestras tiendas de campaña, en cuanto poníamos la cabeza en el duro camastro nos quedábamos dormidos.