EN EL AMOR Y EN LA GUERRA #2
Buscando encontrar algo de normalidad, las muchachas bailaban y reían.
Yo sólo estaba, intentaba reír y bailar, como lo hacía en Irlanda, como mentía en París.
Pero, sin un plan trazado no sabía cómo hacerlo, miraba como si fuese la espectadora de una obra previamente elaborada, las muchachas hablaban, reían, coqueteaban y eran jóvenes, yo me sentía perdida, al no conocer los diálogos de esta gran obra que era la vida.
Desde mi último sueño con Killian, en aquel zulo que casi se convierte en mi última morada, mi mente traicionera me asaltaba con los recuerdos de mi última noche de felicidad bajo las estrellas y lo peor de todo es que yo empecé a permitirlo y al dejarla, desató otros recuerdos.
Aquella noche, la más maravillosa y abominable de todas, no nos perdíamos de vista, cada toque, el sutil roce de nuestras manos temblorosas por la calidez de un amor correspondido, invadía mi mente, eran la idea de fondo ante cualquier acción que realizaba.
Si bien antes buscaba al estudiar, trabajar o planificar mi venganza, reprimir mis recuerdos anteriores a ese día y no daba cabida a mi perdida felicidad, ahora lo hacía, evocaba cada feliz recuerdo o buscaba en cada soldado su rostro, su mirada.
La primera noche que acepté salir con ellas me bastó para entender por qué de repente tenía la necesidad de salir, de relacionarme, durante todos estos años mi objetivo ha sido la venganza, en tanto esperaba que él me encontrara, por lo que dejaba pequeñas pistas en el camino.
Ahora en Londres ¿cómo iría hacia mí, ¿cómo me encontraría?
, por eso lo buscaba yo, era la primera vez que estaba en un sitio donde no podría llegar a mí.
Por eso lo buscaba en el hospital, en la cama de cada herido, lo buscaba en las fiestas en cada soldado de permiso, han pasado siete años y de todas las personas que he buscado, es a él al que más ansío encontrar.
Pierre ha tardado décadas, a veces esperando, la mayoría aceptando la pérdida.
Le dije una vez que no estábamos hechos para el amor, pero aun así veo a Killian en mis sueños, en el reflejo de mis anhelos ocultos, en las caras de desconocidos.
Por eso los recuerdos vienen sin avisar a mi mente, como hoy, y mientras practicaba una irrigación en la herida de un soldado, me bastó mirar el plato que puse debajo de la zona a irrigar, para recordar mi lavacara y reír por el recuerdo.
Al paciente le pareció descabellado que riera ante la visión de su herida supurante.
- Espero que ría porque le parece que no hay infección.
- Por eso hago la irrigación, no se preocupe.
- Entonces le dejaré reír cada vez que me atienda. Lo que más me preocupaba, para ser sincero, es que riera por un buen recuerdo y ese sea de su novio o prometido, puesto que, tengo planeado invitarla a salir antes de regresar al frente.
- Antes tendremos que curar su herida.
- Bueno, de eso me ha dicho que no me preocupe y confió en su palabra.
- La risa proviene del recuerdo de mi prometido, deberá ser otra la que disfrute de un baile con usted sargento, claro una vez curemos esa pierna.
- Eso me temía, pero me alegro por sus felices recuerdos, ahora es cada vez más difícil tenerlos.
Ahora y desde hace mucho, pensé. Recuerdo cómo se enfadaba por ese recuerdo.
Era una noche de abril, yo tenía catorce años y él dieciocho, salió a un bar con los chicos y el leal Peter le propuso un reto.
Killian ganó o al menos eso pensaba hasta que subió a mi habitación y me despertó cuando cayó por la ventana.
- ¿Killian qué haces aquí?, ¿qué hora es? -pregunté sintiendo el corazón en la boca por despertarme con el estruendo de su caída-
- No sé, temprano -rio-
- Tarde querrás decir.
- Es muyyyyyyyyyyy tempranoooooooo.
- ¿Qué te pasa, te has golpeado la cabeza al caer?
- ¿Luisa qué pasó? -preguntó mamá desde su habitación-
- Nada, me caí por no encender la luz para ir al baño.
- Hija, con lo torpe que eres, debes estar atenta. Me has dado un susto de muerte.
- Gracias. Buenas noches.
- Es verdad mo Ruadhán eres muyyyy torpe.
- ¡Estás borracho! -exclamé, tan pronto me acerqué a él para taparle la boca, él sonreía-
- ¡Gané a Peter!
- Peter, tenía que ser. ¿No jurabas sobre la biblia que jamás tomarías como Peter?
- Tomé más, he ganado y mantenido mi juramento -afirmó entusiasmado-
- Habla más bajo por Dios o caerás desde la ventana, pero desde el otro lado. Nunca pensé que te convertirías en un borracho como Peter y sí que has roto tu juramento.
- Mo Ruadhán, soy irlandés y creo que para ser borachoooo hay que emborracharse más de una vezzzzzzz -dijo apartando un mechón de mi rostro-
- Eres hermosa, una criatura redencial -añadió-
- ¿Redencial?
- Celestial, eres una estrella, la más luminosa.
- Estás más borracho de lo que pensaba -dije nerviosa- Debo estar horrible con el pelo revuelto y cara de sueño.
- Ven -dijo levantándonos del suelo y llevándonos al espejo, se paró detrás de mí y tocó mi rostro, mientras veíamos nuestro reflejo-
- Eres hermosa mi……
Yo lo contemplaba a él, nerviosa, hasta que me fije en mí y en mis cabellos arremolinados, ¡que parecían un nido de pájaros y de unos enormes!
- ¡Dios no me mires! - grité en tanto corría hacia mi cama, para taparme con las mantas-
- Te miraría siempreeeee. No te escondas de mííí. Quiero decirte algo.
- ¿Cómo subiste sin matarte en el intento?
- Eso no importa, quítate las sábanas.
- ¿Qué pasa? -pregunté, saliendo de mi escondite al notar el cambio en su tono de voz, pues parecía preocupado-
- Quiero decirte algo y he venido decidido a decírtelo hoy, y si no lo digo ya, morirééé.
- ¿Qué han hecho, se han metido en un lio, ya sabía yo…?
- Calla Ruadhán, no ha pasado nada. Déjame hablar.
- Déjame decirte que te pones muy melodramático cuando bebes.
- No puedes hacer silencio un minuto, ¿verdad? Esas son una de las cosas que más me gusta de ti, Rompes mis silenciossss y sólo quiero escucharte y que nunca dejes de hablarmeeee.
- ¿Entonces por qué me mandas a callar?
Se puso a caminar de un lado a otro, dando tumbos.
- Pareces un elefante en un armario, ¡para que te escuchará mi madre! -Paró, rio bajito y dijo en tono solemne o al menos intentaba estar parado y hablar con solemnidad- Luisa desde que te conocí…
En ese momento se puso pálido y se sujetó la boca, le pasé mi lavacara justo antes de que devolviera toda la comida del día. Una vez hubo terminado de vaciar su estómago, en tanto yo le sujetaba la cabeza, se giró, dijo “gracias” tristemente y salió por la ventana lavacara en mano.
- ¿Luisa que demonios está pasando, acaso estás enferma? He oído pasos y como si devolvieses -dijo mi madre parada en mi puerta-
- No, es que me dolía la rodilla por la caída y me puse a saltar para que se me pase y me entró tos.
- ¡Qué rara eres, a quién se le ocurre saltar para que se le pase un dolor de rodilla! ¡A dormir de una vez, son las tres de la madrugada!
- Sí mamá.
En cuanto bajó, corrí hacia la ventana, Killian ya no estaba, ni la lavacara. ¿Cómo demonios bajó sin matarse?, ¿Qué quiso decirme antes de vomitar por borracho?, sentía que había perdido una oportunidad.
Mis recuerdos y principalmente los del día de mi cumpleaños, del último que viví completamente feliz y con todos aquellos a los que amaba, era una mezcla de alegría y dolor infinito, alegría porque él decidió decirlo y yo no lo arruiné, alegría por ver felices y unidos a mis padres.
Dolor porque mi antigua vida acabase ahí, la vida que quise tener, con la vida que pensaba construir un futuro, dolor por ser yo la que siguiera viva, dolor por las vidas que terminaron, dolor porque mi vida se dividía en ese día donde tuve tanta alegría.
Betty era una muchas veces una espectadora, como yo. Era una muchacha tímida, trabajadora, pero temerosa, empecé a notar que las veces que se equivocaba era por miedo.
- Betty, las pinzas que cogiste primero eran las correctas, ¿por qué decidiste cambiarlas en el último segundo?
Muchas veces lo haces con todo y no deberías desconfiar tanto de ti misma, pones nerviosos a los pacientes y sobre todo no crees en lo que sabes y sé que sabes, porque siempre tu primera elección es la correcta.
Siento ser dura contigo, pero necesitas saberlo.
- Gracias Luisa, tienes razón, pero no puedo evitarlo, desde aquel día no puedo.
- ¿Qué pasó, mataste a alguien acaso? -dije sonriendo, pues Betty se lo tomaba todo a la tremenda-
- Si, casi lo hago. Era la sobrina de una vecina mía, la reconocí y pese a que estábamos copados de pacientes y por ser novata no debí hacerlo, decidí quitarle las esquirlas de cristal que tenía en su carita, le dolía mucho.
No pensé que pudiese dañarla, vi aquel pequeño cristal en su cuello, todos los que había extraído eran diminutos y aunque dudé por la zona, ella se quejaba mucho, y yo se lo quité.
- ¿Qué sucedió? – pregunté, en tono preocupado e imaginando las posibilidades de tal acción-
- Le diseccioné la carótida. Esa imagen viene cada vez que debo tomar una decisión. Su rostro, él de su padre, la sangre nublando mi visión, mi mano taponando la arteria y yo rezando porque no muriera por mi incompetencia, por mi ego.
- Lo siento Betty y te entiendo, pero debes tener fe en ti, pese al miedo, porque si no lo haces de nada servirá tu educación, porque la enfermería es una profesión que entraña riesgos, porque la gente depende de nosotros, y porque sería tonto no temer por cada error, pero lo más importante es no permitir que ese miedo anule lo que sí sabemos y que por eso causemos un daño mayor, lo importante es aprender de cada error, porque mi querida Betty, la vida está plagada de errores y si no aprendemos de ellos, lo único que conseguirás es que te destruyan.
Errar por miedo es igual de terrible que errar por falta de él. Dime ¿Qué pasó con la pequeña?