EN LA COLINA DE TARA EN EL AMOR Y EN LA GUERRA
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EN EL AMOR Y EN LA GUERRA

Decidí retomar mi vida en cuanto toqué Londres, me era imposible no trabajar, deseaba hacerlo intensamente.

- Necesitas descansar -me pidió mamá-

- Estoy perfectamente, quiero trabajar.

- No estás bien Luisa. Ten confianza en mí, no voy a callarme cuando sienta que no eres sincera, por temor a que te pongas peor.

- Es la verdad, soy enfermera y la gente me necesita.

- ¡Al cuerno con eso, estoy cansada! Háblame, no soy de cristal, hemos sobrevivido ambas, dejemos de protegernos con silencios.

Siempre terminaba haciendo lo mismo, pero cómo decirle sobre la oscuridad que habita en mi interior.

- Luisa háblame, estoy aquí, no me anules. Hemos vivido demasiadas cosas y seguimos en pie, no quiero ser una sombra en tu vida.

- No lo eres -exclamé-

- Lo soy Luisa y me niego a seguir siéndolo.

Me lo he jurado en todos los segundos que creí perderte.

No podría con una sola perdida más y menos aún con la tuya.

Te pierdo cada vez que haces una sombra de mí y yo te dejo por miedo.

¿Crees que no me doy cuenta, crees que no sufro? Sufro igual si lo ocultas.

“No, sería peor si lo supieses”, pensé. No podía decírselo, no era capaz, así que le enseñe una parte de mi oscuridad.

- No puedo descansar, porque si no tengo una rutina, siento que me falta el aire, quiero echar a correr y no parar nunca.

Porque dejo de escuchar al mundo y únicamente me escucho a mí y no lo soporto, tengo tanto dolor y tanta rabia en mi interior.

La rutina me ayuda mantenerlas a raya, me gusta ser enfermera, saca una buena parte de mí y aleja la otra.

- Yo sé dónde puedes trabajar. -dijo llanamente, y fue lo mejor que pudo hacer-

Pierre se fue con Yale tan pronto llegamos a Londres, pero antes de eso pasamos cuatro días en Liverpool recomponiéndonos.

Pierre me explicó el tipo de persona que era la novia de Herrmann, gracias a ella Herr Carnicero, decidió meterse en el partido, e introducirse en el mundo que terminó por destruirlo.

Eso no me hacía sentir mejor, tomé una vida que no tenía pensado tomar.

Aunque fuera una lacra, el Carnicero decidió hacer lo que hizo y le gustó.

Nada lo exculpaba de sus actos, cuáles eran sus motivaciones reales, o si todo iba más allá de ser exitoso o si el éxito radicaba en ser aceptado por ella o por Hitler o por todos los malditos nazis, no me importaba. ¡Ya no!

- Todo acto conlleva la posibilidad de error. Si te metes en esto, te puedes ensuciar las manos. Es algo que pensé serías consciente, aunque eso no evita que sea duro - replicó Pierre-

- Fui prepotente, pensé que podía controlarlo. Me dejé guiar por mi rabia. Elegí un momento que creí perfecto, y posiblemente lo era, pero debí verificar, esperar. Medio hospital me vio entrar a su despacho, estaba tan llena de rabia por lo que dijo que fui imprudente.

- Lo fuiste, no volverás a serlo -afirmó Pierre-

- ¿Cómo puedes saberlo?

- Porque todos nuestros errores se nos graban a fuego. Si no lo hacen, es tu ruina.

- Pero…

- Pero, nada. Además, nos has proporcionado nombres y tratos.

Ese no era tu objetivo, aun así, has sabido ver las oportunidades, eso da cuenta de tus capacidades, mi querida Luisa, y más allá de lo que puedan pensar en la central, eso te ha salvado la vida y la de muchas personas, cientos, posiblemente miles.

Cada transacción que podamos parar, cada apoyo, cada negocio que favorezca al opresor es como luchar en el campo de batalla, y querida con tu información has luchado varias batallas. Piensa en quienes has salvado.

- Nunca te preguntaré a cuántos has matado, sino a cuántos has salvado -dije entendiendo finalmente-

- Te he salvado a ti y a tu madre.

- Lo has hecho.

- ¿Te odió cuando me quedé en París?

- Mucho -se quedó callado un momento y en tono solemne dijo- Voy a decírselo. Alguien me dijo que luche por ella y estoy haciéndolo a diario. Todo es por ella.

- Puedes morir -repliqué-

- Todos morimos.

- ¡Díselo entonces!

- Eso te acabo de decir.

- Pensé que era una pregunta.

- No lo era, pero eres parte importante, la más importante, quiero que lo sepas. Además, creo recordar que me diste tu aprobación. -afirmó Pierre-

- La di, aunque me acabas de decir que no la necesitas -añadí sonriendo-

- Ahora la merezco. No voy a esperar más, ni un solo día más. Tú lo has dicho, puedo morir y no quiero hacerlo sin empezar a vivir. -recalcó emocionado-

- ¿Por qué?

- Porque la amo.

- Eso lo sé, te pregunto por qué sigues hablando conmigo, está en la terraza, ¡ve por ella idiota!

Esa noche mi madre no durmió conmigo.

Mi primer día en el Hospital St. Bartholomew empezó estupendamente.

En primer lugar, no había nazis, ni yo debía aparentar que era una colaboracionista.

En segundo lugar, conocí a Betty Davis que me recordaba mucho a Anne, por su timidez, por su forma de expresarse, por su calma implícita.

No sé, pero me gustó en cuanto hablamos y eso no me pasaba muy a menudo, no era algo que me solía permitir, pero empezaba a hacerlo, no sabía esa nueva actitud a qué me llevaría.

De momento, Jean Luc, Yale, Anne y el doctor Moulian, mi peluquera sin nombre, me demostraron que podía confiar en otras personas, además de mi familia.

Betty era un desastre como enfermera, no por falta de capacidades, si no posiblemente por falta de entrenamiento y conocimientos.

Dudaba en muchas cosas, muchas veces no por no saberlo hacer, intuía, decidí enseñarle todo lo que sabía, era necesario que estuviese bien entrenada, a lo que nos enfrentábamos no podíamos ir sin conocimientos o dudas.

Ella no se lo tomó como una crítica, aceptó de buen talante mi ayuda, pese a ser nueva y ser mi primer día.

No obstante, todo empezó bien hasta que lo vi. Gerald Kavanagh, tal y como lo recordaba, pero hice como si no lo reconociera. No quería dar pie a preguntas que no iba a responder.

- Ella es la enfermera de la que le estaba hablando, Luisa Fontaine -me presentó el director-

- ¿Fontaine? - “otra vez con lo del apellido -pensé, recordando a Lucille”-

- Si, encantada - dije antes que hiciera referencia a mi verdadero apellido-

- Él es el Dr. Kavanagh.

- Gerry –dijo-

- Mucho gusto doctor Kavanagh.

El director lo miró extrañado, supuse que notaba como me miraba. Estaba claro que nos incomodaba vernos.

- Debo llevar estas gasas a la enfermera Davis, a la sala de curas, si me necesitan estaré ahí.

- La enfermera Fontaine está enseñando a la enfermera Davis a realizar una irrigación, Es una enfermera de profesión, la primera promoción de Rennes y está perfectamente cualificada, estoy muy contento por su incorporación.

Tenemos jóvenes enfermeras adiestradas para la guerra y estamos dándoles todo nuestro apoyo, pero estamos desbordados y es muchas veces complicado ayudarlas a mejorar, pero es necesario.

Usted por ser una enfermera diplomada contamos con su ayuda para completar su formación.

- Estoy para lo que se necesite, con permiso, la enfermera me espera -me excusé-

- Sí por supuesto, adelante.

- Con permiso doctores.

Dije alejándome lo más deprisa que pude de ese hombre. No pensaba volverlo a ver en mi vida. Al parecer todavía no comprendía que una cosa es lo que quería y otra lo que la vida me daba. No obstante, casi no lo vi en el hospital, hasta que me enteré de que se fue voluntario a África.

Nunca había viajado a Londres, por lo que no podía imaginar cómo era antes de los bombardeos de la Luftwaffe[24], de la destrucción y la muerte.

La mayor parte de los bombardeos fueron en el centro de la ciudad, por lo que los hospitales se derivaron a otras zonas.

Atendíamos a los soldados, además de las personas que vivían en nuestra zona, gente que antes no recibía atención a nivel hospitalario, ahora debido a la guerra, podían gracias a esta forzada descentralización hospitalaria.

Dada mi formación en la sala de operaciones, muchas veces era solicitada en las cirugías, estaba encantada con la continua formación que me brindaban y yo lo retribuía con las enfermeras estudiantes, como Betty, intentando enseñarles todo lo que sabía cuándo trabajaba con ellas.

Así se sucedían los días entre el trabajo y mi madre. El primer mes ella subió de peso y se veía más saludable, pese a su preocupación por Pierre. Una tarde mientras cenábamos, al ver su mirada pedida, mirada que conocía a la perfección, intenté tranquilizarla.

- No te preocupes mamá, Pierre sabe cuidarse.

- Tú y Pierre, me tenéis agotada, os creéis indestructibles, como si la seguridad dependiera de saber cuidarse.

- Estoy de acuerdo, pero confío en él. Nos ha ayudado muchísimas veces y siempre ha sabido cómo salir indemne. Es la guerra y claro que nada es seguro, pero no podemos hacer nada más que confiar.

- Qué más puedo hacer que esperar, confiar que regrese a nuestro lado y preocuparme por temor a que no lo haga.

- Y es lo que él necesita de ti, que lo esperemos, que confiemos y tienes razón en que no evitemos preocuparnos.

- En eso consiste.

- ¿Consiste el qué?

- El amar.

- Si mamá, al parecer en eso consiste -dije resignada-

Mamá empezó a trabajar en una fábrica donde cosían cientos de calzoncillos para el ejército, se tomaba con buen ánimo su nuevo trabajo. “Mantener limpia y fresca a la tropa me parece más productivo que hacer balas”, me dijo un día.

De vez en cuando salíamos con las muchachas por la noche.

Pensé que tal vez con las reuniones de mi abuela, podría ser una persona más sociable.

Todas pasábamos situaciones difíciles con los pacientes que recibíamos, productos de la guerra que planearon hombres poderosos y locos.

Nosotros sus vasallos luchábamos, construíamos, fabricábamos, remendábamos los trozos de ropa, los trozos de piel, y de vez en cuando hacíamos algo que era para nuestra propia satisfacción.